martes, 31 de enero de 2012

Angustia



En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminan por la playa como dos cormoranes heridos. Va delante una mujer joven que a cada pocos pasos vuelve atrás su mirada para comprobar que la sigue un hombre algo mayor que ella.
La isla, de origen coralino, es una de las miles que forman Micronesia. No hay rastro de vegetación ni por supuesto de pájaros o animales de cualquier especie. Una fina lluvia azota persistentemente sus cuerpos haciendo más difícil, si cabe, la marcha.   
- Venga. Tenemos que ver que es eso- dice la mujer señalando una pequeña construcción de hormigón que se levanta sobre un promontorio.
- No puedo más- responde el hombre con voz entrecortada.
- Hay que hacer un esfuerzo. Es nuestra única esperanza.
Tras un penoso vía crucis, consiguen llegar a lo que parece un viejo puesto de observación, de los que construyeron los japoneses en la segunda guerra mundial. La entrada está franqueada por una pequeña puerta medio podrida por la lluvia. Aunque están exhaustos, ambos se precipitan al interior.
A primera vista podría pensarse que acaban de abandonarlo sus inquilinos. La tronera está orientada hacia el mar. A un lado hay una mesa de escritorio sobre la que se amontonan varias cuartillas enmohecidas. En una esquina, bajo una repisa que debió ser la despensa, hay un plato de aluminio. El suelo tiene una ligera pendiente con un orificio que sirve de desagüe.
La mujer intenta abrir el cajón de la mesa, pero la humedad ha hinchado la madera haciendo de la mesa y el cajón un bloque.
- Mira a ver si puedes tú- dice ella.
El hombre sale al exterior y vuelve con una piedra de tamaño mediano con la que golpea el frente del escritorio mientras sujeta el cajón.  Al fin, consigue abrirlo. En su interior hay un lápiz, una foto amarillenta de una joven japonesa y una pistola de señales náuticas.
- Estamos salvados- grita el hombre y se abraza a la mujer.
- No estoy segura de que funcione. Han pasado muchos años.
- Sólo hay un cartucho, así que no podemos probarlo.
La incertidumbre junto al cansancio y al hambre hacen mella  en ellos que se dejan caer en el suelo. Ambos saben que no tienen posibilidad de sobrevivir en aquel islote inhóspito y sólo se salvarán si les localizan las patrullas de rescate. Aquella noche hacen turnos para dormir. El primer turno de guardia le corresponde al hombre que sale de la casamata para poder vigilar mejor. La lluvia ha cesado aunque el cielo está cubierto de nubes que impiden ver la luna. Mientras vela se pregunta si les estarán buscando y si funcionará la pistola. 
En el silencio de la noche, sólo interrumpido por el batir de las olas contra las rocas, se oye un lejano rumor.
- ¡Un avión!, ¡un avión! grita mientras se abalanza al interior de la casamata en busca de la pistola que había dejado sobre la mesa.
Tropieza con la mujer que se ha levantado sobresaltada por sus gritos. A tientas la mujer logra encontrar el arma.
- Ya la tengo- dice y se dirige rápidamente hacia la puerta seguida del hombre.
El ruido proviene efectivamente de un avión de salvamento marítimo que ha salido de Guam en su búsqueda. Se oye cada vez más próximo y de pronto surge entre las nubes, casi en la vertical de la isla,.  La mujer levanta la pistola hacia el cielo. Luego, con un rápido movimiento, apunta a la cabeza del hombre y aprieta con fuerza el gatillo.
¡Pum!
Alberto da un brinco en la cama. Está empapado en sudor. A su lado Concha duerme encogida sobre sí misma.
- Ha sido sólo un sueño. Voy a volver a dormirme. ¡Pero de mañana no pasa que aclare lo del chupetón!

José L. Cereceda  

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