sábado, 6 de octubre de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Un hombre de suerte
Jordi se consideraba un hombre de suerte. Había nacido en
una familia acomodada que le había proporcionado cariño, una exquisita
educación y un apellido ilustre. Antes de terminar sus estudios había empezado
a trabajar en la empresa familiar como adjunto a la Dirección. En la Escuela de Negocios había
conocido a Mercedes y, casi de inmediato, se enamoraron. Cuando ella se graduó se
casaron y se fueron a vivir a un piso que la familia de Mercedes tenía en
Pedralbes.
Al venir los gemelos decidieron, de común acuerdo, que era
preferible que ella dejara su trabajo en el banco y se dedicara a cuidarlos. Al
año, Mercedes le dijo a su marido que sentía que se estaba consumiendo y necesitaba volver a trabajar por lo que
tomaron una niñera para que se hiciera cargo de los niños mientras ellos
estaban fuera.
Por motivos de trabajo, Jordi tiene que viajar con
frecuencia a Madrid. Siempre que le es posible, prefiere ir y volver en el día.
Aunque la capital le gusta, odia las noches solitarias en el impersonal hotel
en el que a veces ha tenido que alojarse, porque una reunión se ha alargado más
de la cuenta. Por eso, hoy se siente particularmente afortunado. Para la hora
de la comida ha conseguido cerrar el contrato en el Ministerio y dispone de dos
horas hasta tomar el AVE que le devuelva a casa.
A la salida del Ministerio ve un anuncio de una exposición
sobre Rafael que se celebra en el Museo del Prado. Rafael es uno de sus
pintores favoritos. Quedó prendado de él cuando estuvo con Mercedes en Roma.
Consulta el horario y comprueba que puede hacer una visita rápida. La verdad es
que le apetece muchísimo, pero también le gustaría llegar pronto a casa y poder
jugar un rato con los gemelos, antes de bañarlos. Podría cambiar el billete y
llegar a casa una hora u hora y media antes de lo previsto. Jordi duda.
Opción A
La visita a la exposición de Rafael ha merecido la pena.
Aunque ha sido necesariamente rápida y no ha podido dedicar a cada cuadro más
de medio minuto, a Jordi le ha producido una extraordinaria impresión. Tiene
que comentárselo a Mercedes para que, aprovechando uno de sus viajes, venga a
verla.
El tren llega con puntualidad a la estación de Sants. Luce
un sol brillante. El suelo está mojado y el aire se siente limpio tras la
tormenta. Jordi toma un taxi y le indica al conductor la dirección de su casa.
En el camino pasan por delante de un hotel a cuyas puertas hay una
aglomeración. Al parecer, se hospeda un grupo musical famoso y sus fans llevan
horas esperando que salgan para pedirles un autógrafo.
Cuando Jordi llega a su casa encuentra a su mujer, todavía
con ropa de calle, que está en la habitación de los niños, sentada en el suelo
con ellos, sonriente, cantando una canción infantil. Mercedes tiene el pelo ligeramente húmedo. La
luz que entra por la ventana, tamizada por los visillos, realza el tono dorado
de sus cabellos. Jordi se agacha para besar a su esposa. Después se quita la
chaqueta, se desabrocha el nudo de la corbata y sentándose en el suelo se une
al coro:
-
“Una babosa. ¿Será peligrosa? ¿La piso o no la
piso? Uy, la pise. ¡Pobre babosa!”
Opción B
Jordi está contento porque ha podido cambiar el billete para
salir una hora antes. Ha tenido que pagar un extra porque ese tren es directo
pero así llegará todavía con más antelación. Piensa que podía llamar a Mercedes
para avisarla, pero prefiere darle la sorpresa. Le comentará lo de la
exposición de Rafael por si a ella le apetece ir a verla. Tal vez podrían
aprovechar uno de sus viajes o hacer una escapada romántica de fin de semana.
El tren llega con puntualidad a la estación de Sants. El
cielo está encapotado y el ambiente es bochornoso, presagiando tormenta. Jordi
toma un taxi y le indica al conductor la dirección de su casa. En el camino
pasan por delante de un hotel a cuyas puertas hay una aglomeración. Al parecer,
se hospeda un grupo musical famoso y sus fans están esperando que salgan para
pedirles un autógrafo. El taxi tiene que aminorar la velocidad hasta casi
pararse. Jordi mira hacia la entrada del hotel y ve una pareja que sale,
abrazados por la cintura y comiéndose a besos. Jordi se fija en el culo de la
mujer. Su vestido le recuerda uno que se estrenó Mercedes hace poco y el peinado
es como el de Mercedes. La pareja deja de besarse para tomar aliento y entonces
pueden verse sus rostros. El taxista se sobresalta cuando ve que Jordi abre
violentamente la puerta y sale mascullando: ¡La moto, yo la mato!.
viernes, 1 de junio de 2012
La fiera
El último curso de primaria
fue un calvario. Mi padre era militar y le habían destinado a aquella ciudad en
octubre por lo que empecé en el colegio dos meses después de que hubieran
comenzado las clases. A pesar de este retraso, no me costó mucho coger el ritmo
del grupo. El nivel no era demasiado alto y yo había superado el curso anterior
con muy buenas notas. Los profesores, en
general, eran agradables y el colegio tenía un patio grande con soportales y un
gran campo de deportes.
Podía haber sido un buen
sitio sino hubiera sido por los tres matones que había en la clase de al lado.
El primer día que fui al colegio, durante el recreo, me rodearon y empezaron a
burlarse de mi pelo:
-
Panocha,
panochita- dijo el que parecía el jefe, un gigante que medía diez centímetros
más que yo.
-
¿Qué traes de
desayuno?- preguntó otro más pequeño, mientras me empujaba contra la pared.
-
A ver, danos
eso- dijo el tercero, tomando el bocadillo que yo asustado les mostré.
-
No se te ocurra
chivarte o te damos una paliza- me advirtió el mayor.
Se fueron a un extremo del
patio a repartirse el botín y yo me quedé hambriento y humillado, ante la
mirada furtiva de los demás compañeros.
El resto del curso se
repitió la escena casi todos los días. Yo comencé a comportarme mal en clase
para ser castigado sin recreo y poder así evitar el suplicio. Al terminar las
clases procuraba salir de los primeros para esquivarlos en el camino de regreso
a casa, pero no siempre lo conseguía y en ese caso tenía que soportar sus
empujones, zancadillas y tirones de pelo. Algún día tuve que salir corriendo,
huyendo de ellos y llegué a casa acalorado por la carrera y por la impotencia.
Mi madre me preguntó la causa y yo le conté que había echado una carrera con uno
de mis compañeros que vivía en una casa cercana.
El final de curso lo viví
como el preso al que se le termina la condena. Mi madre y mis hermanos pequeños
se fueron a la playa nada más terminar las clases. Yo tuve que quedarme con mi
padre todo el mes de julio porque tenía que recuperar las matemáticas y el
inglés. Mis padres contrataron un profesor particular que me daba dos horas de
clase diaria. Vivía en un barrio cercano y yo iba a su casa a primera hora de
la mañana.
Un día de mediados de julio,
al salir de clase, iba caminando abstraído, preocupado en buscar la sombra de
los árboles cuando oí un grito burlón:
-
¡Panochita!
Era el más pequeño de mis
verdugos que venía de frente por la misma acera. Intenté esquivarle pero se
puso frente a mí y me impidió el paso, comenzando a empujarme mientras seguía
con sus insultos. Traté de dar la vuelta, pero el maldito Polichinela fue más
rápido y me cortó el paso. Me volví a girar y el enano empezó a saltar para
darme collejas. Al sentir el golpe de su mano en la cabeza, me asaltó una furia
asesina. Me revolví, solté los libros que llevaba y le agarré por el cuello apretando
con fuerza. Sorprendido y asustado, empezó a mover sus cortos brazos como las
aspas de un molino y a patalear, intentando zafarse, sin conseguirlo. En ese
momento yo era insensible al dolor y sus patadas y arañazos no me hacían más
efecto que las picaduras de un mosquito.
Su cara se iba poniendo cada
vez más roja. Pasó una mujer con un niño a nuestro lado y se apartó mirándome
con miedo mientras murmuraba:
-
Sinverguenza.
Gamberro.
Quise gritar que no era lo
que parecía, que yo era la víctima, que sólo me estaba defendiendo e inconscientemente
aflojé la presión de mis manos, momento que aprovechó mi presa para salir
corriendo, boqueando para tomar aire.
Me quedé paralizado, mirando
mis manos con horror. Me agaché a recoger los libros y un temblor recorrió todo
mi cuerpo. Tuve que sentarme en el suelo porque no estaba seguro de poder mantener
el equilibrio. Estaba embriagado de victoria y de asco, de poder y de miedo.
Estuve así un buen rato, hasta que recuperé el control. Cuando me levanté, dos
lágrimas corrían por mis mejillas.
viernes, 25 de mayo de 2012
Volver a empezar
Aunque me esté mal el decirlo, creo que soy uno de los
mejores ejemplares de mi especie. Construido en acero inoxidable, con una
capacidad de 180 litros,
puedo soportar un peso de 300 kgs sin que se me doblen las barras y mis ruedas
pueden girar independientemente para mejorar mi maniobrabilidad.
Hace cinco años comencé a trabajar en un hipermercado de una
renombrada cadena. Los clientes se convertían en mis dueños temporales
liberándome, mediante un óbolo reemborsable, de la cuerda de presos a la cual
estaba unido y al instante parecían poseídos por una fiebre que les hacía
desear todo lo que veían. Parecía como si les escandalizara la desnudez de mi
esqueleto de acero, sin nada de piel alrededor, y quisieran taparla con los
productos del lineal.
Los clientes que menos me cansaban eran los recién casados.
Sólo recorrían el pasillo central, donde estaban las ofertas, y aunque hacían
amago de coger muchas cosas, casi nunca las cargaban. Los ancianos hacían
largas paradas en la sección de embutidos y pescados, por lo que el recorrido
era muy descansado. A mí lo que más me gustaba era que me tomara un matrimonio con
un niño pequeño. En ese caso, desplegaban la pequeña plataforma que tengo junto
a la agarradera y le sentaban allí. Entonces el niño se transformaba en un
pequeño Colón, señalando con su manita los objetos de su deseo que se despertaba
apasionado, casi violento, al atravesar la sección de juguetes.
En todo ese tiempo no sufrí ningún percance digno de mención
ni avería que me impidiera trabajar un solo día. Cada mes me hacían una
revisión general seguida de limpieza. ¡Cómo me gustaba sentir el frío chorro de
agua y el cosquilleo del cepillo que eliminaba los restos que pudiera tener,
dejándome resplandeciente! Después de eso me sentía como nuevo.
El mes pasado no hubo revisión. Un día, sin razón aparente,
nos sustituyeron por unos carritos de plástico más ligeros y más baratos, según
decía uno de los empleados, aunque a mí me parecieron unos blandengues. Nos
subieron a un camión sucio y viejo y nos llevaron a una chatarrería en el
extrarradio donde nos arrojaron junto a un montón de viejas lavadoras y
frigoríficos. Allí he estado expuesto a las inclemencias del tiempo, viendo
como mis vecinos iban desapareciendo poco a poco y escuchando sus gemidos
cuando eran engullidos y aplastados por la gran máquina que hay delante del
horno.
miércoles, 23 de mayo de 2012
ALEGRIA
¡ Lo que me he podido reír !.
Realmente Kiko, es muy divertido, pero no se queda corta
Susi, que tiene cada ocurrencia.
¡ Anda que bien !.
Ha quedado un pedazo de tarta, de la que trajo Dori !.
Ahora que todos se han marchado, me la comeré relajadamente, y sin atragantarme
por la risa.
Dori, es una gran repostera. Y sabe que es de las tartas
que más me gustan.
¡ Que rica, ummm, está en su punto !.
De pronto, suena el timbre del telefonillo de la puerta.
Charo, soltando la cuchara, y con un trocito de tarta aún
en la boca, se levantó del butacón de rayas naranja, en el que estaba sentada,
para abrir la puesta, a la vez que se decía así misma…
¡ Eso es que, se les ha olvidado algo !… ¿Quién es?. Preguntó Charo.
Anda abre, que soy yo, dijo Kiko. Vale, vale, ya te abro.
Al abrir la puerta… Charo exclamó: ¿Pero que es esto?
Un montón de globos de colores, y las risas de todos sus
amigos en la puerta, le cantaban…Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te
deseamos todos, cumpleaños feliz. ¡Es
que se nos había olvidado !
Y entregándole los globos a Charo, se marcharon todos por
las escaleras riéndose, y jugueteando.
Charo se quedó sorprendida, y partiéndose de risa, con
los globos de colores en la mano, mientras les decía. ¡ Gracias chicos !.
¡¡¡ Es que tienen cada cosa !!!.
Cerrando la puerta de su casa. Charo con los globos
agarrados, sin dejar de mirar los bonitos colores, se dirigió al butacón de rayas
naranja, se dejó caer sobre el, y sin soltar los globos, cogió la cuchara, y
con una gran sonrisa, siguió degustando
la rica tarta, mientras se decía.
¡ Que día tan bonito, y que rica, que está la tarta…ummm
!.
sábado, 12 de mayo de 2012
Resurrección
Acabo de volver del
tanatorio y todavía resuenan en mis oídos los lamentos desgarrados de María, la
mujer de Alfonso. He estado poco rato.
Cuando he pasado a ver su cadáver se me ha hecho un nudo en la garganta y mis
ojos se han empañado. Con mi mano izquierda he retirado dos lágrimas que
amenazaban con escaparse y he ocultado mi rostro durante un rato porque en mi
interior, aparte del lógico pesar por la muerte inesperada de un compañero,
casi un amigo, no he podido reprimir una alegría salvaje, ya que era yo el que
tenía que estar allí, era yo el que tenía que haber tomado aquel avión y a
última hora le pedí a Alfonso que fuera en mi lugar a presentar el proyecto.
Creo que su mujer lo notó y también su madre que me echó una mirada severa y se
limitó a decirme “Gracias” cuando le di el pésame.
En la antesala del
tanatorio se había formado un corrillo con varios compañeros de trabajo. Al acercarme
al grupo han cesado las conversaciones y todos se han dirigido a mí para
preguntarme por mi estado de ánimo. Imagino
que estarían hablando de mi suerte. Alguno seguro que habría preferido que
hubiera sido yo el que viajara en el avión siniestrado. Les he dejado enseguida
con la excusa de que me sentía fatal y me he ido a recoger el coche para venir
a casa.
Al llegar al aparcamiento he
visto que las recientes lluvias habían formado un charco. Podía haberlo vadeado
fácilmente pero he sentido unas ganas irrefrenables de saltar sobre él, así que
he retrocedido un par de pasos, he abierto el paraguas y tomando carrerilla lo
he cruzado y después he seguido corriendo, girando sobre mi mismo y cantando.
Un par de señoras se han vuelto a mirarme y yo he hecho el gesto de saludarlas
con un inexistente sombrero. Entonces se han vuelto sonriendo y han seguido su
camino.
Mañana en el entierro no
se si podré mostrarme suficientemente compungido. Me imagino que todos los de
la oficina me mirarán de reojo para ver mi reacción. Sobre todo, me da miedo
enfrentarme otra vez a María y no saber que decirle. Me asusta su mirada y estoy
seguro que no podré mirarla a los ojos si se quita las gafas negras que se ha
puesto para ocultar sus lágrimas. No es que no sienta empatía, pero creo que
mis frases de consuelo sonarán falsas. Nunca he sabido qué decir en estas
situaciones, más allá de “Esta vida es una mierda” o “Siempre se van los
mejores”, pero esta vez ni siquiera me atrevo a pronunciarlas.
Sólo se me ocurre
ofrecerme por si necesitan algo y hablar con la chica de personal, para que
tramite lo antes posible la indemnización con la compañía de seguros. He mirado
la póliza y es increíble, valemos más muertos que vivos. No sé si me estaré
volviendo paranoico pero cuando le he comentado a Maite lo que iba a cobrar la
mujer de Alfonso, me ha parecido ver una mirada de envidia.
jueves, 19 de abril de 2012
LA ENVIDIA
Eran las ocho de la tarde cuando, Juana y Luis, llegaron a la puerta de su casa. Estaban satisfechos, con todos los preparativos que durante varios días habían estado organizando.
--Este año parece que si lo hemos conseguido, comentó Luis.
--Si, pienso que si, respondió Juana, estoy deseando que llegue mañana sábado, para ver sus caras. Seguro que en esta ocasión, no sospechan nada.
--¿Que opinas?. Luis, asintió con la cabeza, y dijo antes de meter la llave, en la cerradura, de la puerta. --¡ Ahora, a seguir disimulando !. Abrieron la puerta, y saludaron. -- ¡ Hola, somos nosotros !. De repente escucharon por el pasillo, un ruido, como de potrillos galopando, eran Jorge y Kiko, que venían a su encuentro. --¡ Hola mamá, hola papá !. Abalanzándose los dos niños, sobre ellos. El abuelo también venía corriendo tras los dos nietos, exclamando:
--¡ Me alegro, de que ya estéis de vuelta !.
Se han portado muy bien. Y comenzó a dar su informe de todas las cosas que habían hecho los tres juntos esa tarde.
--Los recogí del colegio, les llevé al parque, han merendado, y hasta han terminado, todos los deberes que les mandaron en el colegio.
--Ahora comenzaba yo, a contarles un cuento.
--Si, si, un cuento muy divertido. De cuando el abuelo era pequeño, dijo Jorge.
Juana intervino: --eso está bien, y prosiguió. Gracias abuelo, por cuidarlos.
--Gracias a vosotros, por confiar en mí. Respondió muy satisfecho el abuelo.
--Ahora me voy, que la abuela estará a punto de llegar a casa, de sus clases.
--¿Abuelo, vienes mañana, a jugar con nosotros?. Preguntó Jorge. --Si, mañana vengo un ratito, y la abuela también.
--Vale, vale, saltaban de alegría los dos niños,dándole un abrazo a su abuelo, mientras este comenzaba a ponerse su chaqueta, para marcharse.
Kiko de pronto, salió corriendo dirección a la cocina. --¿Dónde vas?.
Le preguntó su papá. --Por el dibujo, que le he pintado a mi abuela, contestó según venía ya, con el dibujo en la mano. --Toma, abuelo, dáselo a la abuela.
--En cuanto llegue a casa, se lo daré de tu parte, dijo el abuelo. Hasta mañana a todos. Y se fue, bajando por las escaleras, con el dibujo en la mano. (No le gustaba bajar en el ascensor)
El resto de la noche, trascurrió con la rutina de cada día.
A la mañana siguiente, Juana, después de preparar el desayuno para todos, fue a despertar a los niños.
Al entrar en la habitación, se sorprendió al ver que Jorge no estaba en su cama. Y pensó que estaría en el baño. Fue a buscarle, pero…tampoco estaba allí, ¡ Que raro ! ¿Dónde se habrá escondido?.
--¿Jorge, donde estás ?. Pero Jorge no contestaba. ¡ Que raro es esto !.
Juana, agudizando el oído, le pareció escuchar, hip, hip…el sonido, venía del cuarto de estar, se acercó y encontró a Jorge, en un rincón llorando.
--¿Qué te pasa hijo ? --Nada, hip. --¿Como que nada?. Cuéntame que pasa, a ver si tiene solución. Jorge se abrazó a su mamá, y comenzó a llorar más fuerte.
--¿Te duele algo?. --No hip, no me duele nada. --¿No quieres contarle a mamá, lo que te hace llorar?. hip, hip, seguía llorando Jorge, sin soltarse de su mamá. --Tranquilo hijo, vamos a ver tu problema. Lentamente Jorge, comenzó a decir entre sollozos: --He visto una bicicleta roja, en el salón, con un lazo, y el nombre de Kiko. Pero Kiko, es más pequeño que yo. Y a él le queréis más que a mí, por eso a Kiko, le compráis bicicleta, y a mí, que soy más grande, no. Hip, hip…Y comenzó a llorar, con más fuerza.
Juana comprendiendo los sentimientos de su hijo, le susurró al oído: --Jorge, has mirado en el pasillo?. --No, hip. ¿Que hay en el pasillo, hip, hip?.
--Ve a mirarlo, luego vienes, y me lo cuentas. Jorge se soltó lentamente del cuello de su madre, limpiándose con el brazo las lágrimas, mientras seguía, hip, hip según caminaba al pasillo. De pronto, se escuchó a Jorge gritar.
--¡ Mamá, papá ! y dando saltos, llegó hasta donde se encontraba su mamá.
--¡ Hay una bicicleta azul, en el pasillo, y en el lazo, tiene mi nombre !. Venid, venid. Su papá acudió corriendo a la llamada de su hijo.
kiko, con tantos gritos se despertó, y saltando de la cama, fue a ver que pasaba. Todos estaban contentos, y sin saber por qué, él también se puso contento. --¿Qué pasa Jorge? La preguntó Kiko, a su hermano. Jorge le respondió. --Tengo una bici, tengo una bici. --¡Que bien Jorge, que bien !. ¿Me llevarás de paquete un ratito, cuando vallamos al parque?.
Que bien, lo pasaremos con tu bici, y que bonita es.
Jorge, sin parar de mirar, y acariciar su bicicleta azul, le dijo a su hermano:
--Ve al cuarto de estar, mira lo que tienes allí. --Voy Jorge. Respondió Kiko.
Juana en ese momento, abrazó a su hijo Jorge, y acercándose a su oído le dijo: --La envidia no es buena, los envidiosos, pocas veces están contentos.
HIJO, RECUERDA. ¡ LA ENVIDIA, ES UNA PERDIDA DE TIEMPO !.
Esa tarde, se reunieron toda la familia, para celebrar el cumpleaños de los dos niños. Jorge y Kiko, soplaron las velas de la rica tarta, que su mamá había preparado. Y colorín colorado, este cuento con un feliz cumpleaños, ha terminado.
jueves, 29 de marzo de 2012
Y volveré
Recuerdo Eniesta. Por sus calles
empinadas paseé mi juventud y en la escalinata de su catedral, un domingo de
junio a la salida de misa, conocí a Martín. Hace veintitrés años que vine a
Madrid y desde entonces sólo he vuelto en una ocasión, al poco de nacer mi
hijo. Fue el viaje más triste de mi vida. Llegué a Eniesta con el niño en el tren correo, de madrugada. Evitando a las pocas personas que circulaban a esas horas fui hasta la inclusa y allí le dejé, sin nada que
pudiera permitir su identificación y averiguar su origen. Desde aquel día he
lamentado mi cobardía.
No debía haber huido cuando tuve
las primeras señales de que la relación con Martín había dado fruto. Al fin y
al cabo, nosotros éramos una pareja que, como tantas otras, había decidido
vivir al día. La guerra había trastocado nuestra existencia, instalándonos en
la incertidumbre permanente e impulsándonos a tomar la vida a borbotones. Al empezar la contienda, sus estancias en el frente eran cortas y nuestros reencuentros fugaces y apasionados. Luego, su batallón fue destinado cerca de Madrid y sus visitas se espaciaron. Cuando me dijeron que Martín había muerto durante un contraataque de los moros
en el cerro Garabitas me desmayé. Al día siguente empezaron los vómitos. Todos
pensaron que era el impacto de la noticia pero yo sabía la verdad. Me faltó
valor para afrontarlo y escapé con unos cómicos, antes de que los síntomas de
mi embarazo fueran evidentes.
En Madrid busqué alguna
ocupación. No era fácil, en mi estado,
encontrar trabajo en una ciudad que estaba prácticamente sitiada. Fui
camarera, escribiente y auxiliar en un despacho de pan. Incluso estuve un
tiempo, después del parto, como ama de
cría. Al acabar la guerra, no había muchas oportunidades para los que no
podíamos acreditar nuestra fidelidad al bando vencedor. Y así empecé a ir a los locales que frecuentaban
los soldados y cambié mi nombre cien veces, ayer Rocío, hoy Lola, mañana quién
sabe. En Pasapoga, donde he atendido a la clientela durante los últimos ocho
años, me conocen por Charo, la pelirroja.
Aunque no he vuelto a Eniesta en
todo este tiempo, nunca he dejado de interesarme por mi hijo. Supe que con tres
años tuvo unas fiebres que estuvieron a punto de llevárselo de este mundo.
También me enteré cuando hizo la primera comunión y cuando aprobó el
bachillerato. Sólo tengo una foto suya con el equipo de fútbol del instituto.
Apareció en el periódico local cuando ganaron el campeonato juvenil, en el 56.
Desde hace unos meses no dejo de
pensar en volver. Ya no tengo familia allí, pero está él. Me he enterado que va
a casarse con una hija de los Barahona. ¡Lo que no daría yo por ser la madrina en su boda! Seguramente, dentro de un año tendrán
un crío que sacarán a pasear por la alameda. Sueño con conocer a ese niño, con
ver como crece, con acariciar su pelo y besar su mejilla. He pensado retirarme
y con el dinero que tengo ahorrado montar una tienda de modas o de lencería en
Eniesta, cerca de la casa de mi hijo. Así podría coincidir con él de forma
natural, incluso podría llegar a entablar relación con su mujer. No quiero
perder esta oportunidad, pero tengo miedo de que alguien me reconozca. A veces
me despierto agitada porque sueño que mi hijo descubre avergonzado que soy su
madre. Hay algo peor que ser hijo de nadie y es ser hijo de puta.
Hoy, al fin, me he decidido. Me haré un corte de pelo sencillo y me lo teñiré de castaño. Y volveré. El equipaje ya lo tengo preparado. Casi todo lo que voy a llevar está guardado en el
pequeño baúl que me traje cuando vine a Madrid. El resto de mis cosas, los
vestidos, la bisutería y las otras herramientas de trabajo, como esa
pitillera plateada que siempre llevo vacía, voy a dejárselo a las chicas. En
Eniesta llamarían demasiado la atención. He decidido irme el próximo domingo,
coincidiendo con el comienzo de las fiestas de la Patrona. Entre tanto
forastero, mi llegada pasará desapercibida. Ahora sólo me queda encontrar quién
nos lleve de vuelta a mi baúl y a mí.
viernes, 16 de marzo de 2012
Faraday o el ángel de la guarda
Aquel 11 de marzo, el tren nº 21.435 con destino Alcobendas se
detuvo apenas un minuto en la estación de Alcalá de Henares. Los usuarios
situados en el andén, conocedores de la
brevedad de la parada, apenas esperaron a que se apearan unos cuantos estudiantes
procedentes de Guadalajara y se apresuraron a subir rápidamente, mientras
sonaba el silbato que advertía de la próxima partida del convoy.
Son las 7:10 de la mañana cuando el tren reinicia su marcha.
Los viajeros que acaban de subir buscan el mejor acomodo posible. Los que han logrado
sentarse podrán aprovechar el viaje para
leer una novela o revisar los apuntes del último día. La mayoría sin embargo va
de pie en la plataforma y sólo podrán entretenerse observando el tráfico de la
carretera que circula paralela a las vías o mirando por encima del hombro el
periódico de algún viajero más afortunado.
Entre los pasajeros que subieron en Alcalá hay un joven de
unos 25 años que se ha situado en el espacio entre dos asientos, agarrándose a
la barra con una mano. A sus pies tiene una mochila que parece comprada
recientemente. Escudriña con la mirada todo el vagón y mira el reloj
repetidamente. En la inspección, su mirada se cruza con una mujer tocada con un
velo que tiene acurrucado sobre su pecho un niño de unos dos años.
En las siguientes cuatro estaciones se incorporan nuevos
viajeros. Casi nadie desciende en ellas. Cuando el tren se aproxima a Vicálvaro,
los pasajeros que van a bajar en esa estación comienzan a prepararse, tomando
sus pertenencias y el joven aprovecha para subir la mochila al portaequipajes
que hay sobre los asientos. Después, sin apresurarse, se aproxima a la puerta
para bajarse en la siguiente estación. Vuelve la cabeza con la esperanza de ver
a la mujer del velo preparase para bajar, pero sigue en su asiento, con el niño
en la misma postura. -¡Es una pena!- piensa, pero destierra inmediatamente el
sentimiento de piedad y se abrocha la cremallera de la sudadera. En cuanto el
tren se para y se abren las puertas baja con rapidez los dos escalones y se
dirige hacia los torniquetes del Metro.
Cuando llegó a su casa, en el centro de Madrid, lo primero
que hizo fue encender la televisión. Esperaba que en los noticiarios de la
mañana informaran del suceso. Sin embargo, la presentadora siguió relatando los
actos de la campaña electoral que el viernes tocaba a su fin. Estaba confuso.
Él sólo tenía que colocar la mochila que le habían entregado y otro se
encargaría de hacer la llamada que activaría el mortífero mecanismo. Pasó toda
la mañana pegado al televisor. En el Telediario del mediodía dijeron que se
habían encontrado en cuatro trenes de cercanías trece mochilas conteniendo un
potente explosivo que sería activado mediante la llamada de un teléfono móvil.
Seguramente para proteger la macabra carga de la humedad, la habían envuelto en
papel de aluminio.
sábado, 10 de marzo de 2012
EL NIÑO QUE JUGABA CON MUÑECAS
Después de la cena, nos levantamos los tres de la mesa, y nos
dirigimos a la salita de estar. Para degustar unas exóticas infusiones
de: Jazmín, manzanilla, menta, melisa, y un toque de canela, endulzadas
con azúcar morena.
La acogedora salita de estar, en donde nos acomodamos, las paredes eran de color salmón, que hacían reasaltar las cortinas de raso, en diferentes tonos pastel, que a su vez hacia resaltar, el color fresa de los grandes y cómodos butacones, con sus reposa-pies, situados sobre la pequeña alfombra bordada con rosas, sobre un fondo fresa muy pálido, realizada en la Real Fabrica de Tapices de la Granja en Segovia, y que estaban frente a la encendida chimenea francesa, que hacía cambiar los colores de la lámpara situada en el techo de cristales de diferentes tonalidades, haciendo bonitos juego de luces conjuntando con las cortinas y los candelabros que bien situados sobre la chimenea permanecían encendidos. La suave música del concierto de Aranjuez envolvía la cálida salita de estar.
Teresa fue la primera en romper el silencio. ¡Quién nos iba a decir cuando éramos pequeños y los tres jugábamos con muñecas, lo que hoy tenemos y que estaríamos aquí!.
Jacinta añadió, aún recuerdo cuando venían nuestros primos y amigas a casa y en más de una ocasión que a veces no me gustaría recordad, se burlaban de ti Juanjo, por que jugabas con muñecas, pero fueron pasando los años, y ahora nadie se burla, incluso hay quienes nos tiene algo de pelusilla…
No penséis en eso, replicó Juanjo. Lo importante es que hemos ayudado a personas con grandes valías, y mañana será un día esplendido y espectacular, cuando anunciemos en la pasarela Fashion Week Madrid ,nuestra despedida en el diseño dando paso a nuevas generaciones en las que hay personas muy preparadas para ocupar importantes puestos dentro de la moda, el diseño, la costura y el ámbito de la alta costura, nuestros objetivos están más que cumplidos. Ahora es tiempo de seguir ayudando .Teresa puntualizó… Este hermano pequeño nuestro, siempre pensando en ayudar a los demás, como si durante toda su vida no lo hubiese hecho de diferentes formas como dando clases, instruyendo a nuevos aprendices, capacitando a modelos, diseñando ropa para la familia que solo cuando llegamos donde llegamos se acordaron de nosotros… ¡Vale Ya !. interrumpió Jacinta . Juanjo siempre ha tenido un gran corazón al igual que una gran visión de futuro, y nosotras siempre le hemos apoyado, contribuyendo también con nuestros diseños y sugerencias que siempre aceptó, valoró y como buen relaciones publicas realizamos un buen equipo entre los tres hermanos, siendo lo que somos hoy.
Juanjo con voz suave y cariñosa dijo: Gracias Teresa y gracias Jacinta, sin vuestra ayuda cuando éramos pequeños, y me enseñasteis a jugar con las muñecas defendiéndome cuando me tachaban de lo que no soy. Haciéndome ver grandes valores como el de ser sensible ante el arte, el diseño, la costura, y sobre todo de la importancia y sensibilidad de la mujer para captar cosas, que a veces no se valoran.
Mañana será otra vez, un gran día para la moda en España. Sí y también para ti, dijeron las dos hermanas al unísono…después de esta coincidencia, les dio la risa a los tres hermanos y siguieron disfrutando de su exótica infusión en una relajante velada familiar.
La acogedora salita de estar, en donde nos acomodamos, las paredes eran de color salmón, que hacían reasaltar las cortinas de raso, en diferentes tonos pastel, que a su vez hacia resaltar, el color fresa de los grandes y cómodos butacones, con sus reposa-pies, situados sobre la pequeña alfombra bordada con rosas, sobre un fondo fresa muy pálido, realizada en la Real Fabrica de Tapices de la Granja en Segovia, y que estaban frente a la encendida chimenea francesa, que hacía cambiar los colores de la lámpara situada en el techo de cristales de diferentes tonalidades, haciendo bonitos juego de luces conjuntando con las cortinas y los candelabros que bien situados sobre la chimenea permanecían encendidos. La suave música del concierto de Aranjuez envolvía la cálida salita de estar.
Teresa fue la primera en romper el silencio. ¡Quién nos iba a decir cuando éramos pequeños y los tres jugábamos con muñecas, lo que hoy tenemos y que estaríamos aquí!.
Jacinta añadió, aún recuerdo cuando venían nuestros primos y amigas a casa y en más de una ocasión que a veces no me gustaría recordad, se burlaban de ti Juanjo, por que jugabas con muñecas, pero fueron pasando los años, y ahora nadie se burla, incluso hay quienes nos tiene algo de pelusilla…
No penséis en eso, replicó Juanjo. Lo importante es que hemos ayudado a personas con grandes valías, y mañana será un día esplendido y espectacular, cuando anunciemos en la pasarela Fashion Week Madrid ,nuestra despedida en el diseño dando paso a nuevas generaciones en las que hay personas muy preparadas para ocupar importantes puestos dentro de la moda, el diseño, la costura y el ámbito de la alta costura, nuestros objetivos están más que cumplidos. Ahora es tiempo de seguir ayudando .Teresa puntualizó… Este hermano pequeño nuestro, siempre pensando en ayudar a los demás, como si durante toda su vida no lo hubiese hecho de diferentes formas como dando clases, instruyendo a nuevos aprendices, capacitando a modelos, diseñando ropa para la familia que solo cuando llegamos donde llegamos se acordaron de nosotros… ¡Vale Ya !. interrumpió Jacinta . Juanjo siempre ha tenido un gran corazón al igual que una gran visión de futuro, y nosotras siempre le hemos apoyado, contribuyendo también con nuestros diseños y sugerencias que siempre aceptó, valoró y como buen relaciones publicas realizamos un buen equipo entre los tres hermanos, siendo lo que somos hoy.
Juanjo con voz suave y cariñosa dijo: Gracias Teresa y gracias Jacinta, sin vuestra ayuda cuando éramos pequeños, y me enseñasteis a jugar con las muñecas defendiéndome cuando me tachaban de lo que no soy. Haciéndome ver grandes valores como el de ser sensible ante el arte, el diseño, la costura, y sobre todo de la importancia y sensibilidad de la mujer para captar cosas, que a veces no se valoran.
Mañana será otra vez, un gran día para la moda en España. Sí y también para ti, dijeron las dos hermanas al unísono…después de esta coincidencia, les dio la risa a los tres hermanos y siguieron disfrutando de su exótica infusión en una relajante velada familiar.
viernes, 2 de marzo de 2012
El despertador
El despertador se lo había
regalado Fermín cuando eran novios. Era uno de los primeros modelos de
radio-despertador, bajito y de ancha base, con una pantalla digital de leds
verdes y mandos a los lados. Al
principio a Tonia le parecía maravilloso eso de despertarse suavemente con
música en lugar de sobresaltarse cuando sonaba la estridente campanilla de su
antiguo reloj. Por la noche, al acostarse, activaba el despertador si tenía que
madrugar al día siguiente y sintonizaba su emisora favorita, programando la
radio para que se apagara a los veinte minutos. Decía que la arrullaba y se
quedaba dormida aunque en la tertulia radiofónica estuvieran discutiendo tirios
y troyanos.
Durante treinta años, aquel aparato
había marcado el ritmo de sus vidas. Había sido la voz que les había recordado sus
obligaciones cada mañana y el encargado de que no perdieran el avión aquel año
que fueron a Disneyland. Gracias a él sus hijos llegaron a tiempo al examen de
selectividad y Tonia había logrado todos los años el complemento de puntualidad
que daban en su empresa.
Y hoy había fallado. Esta
mañana, en lugar de encenderse a las 6:40 como estaba programado, permaneció
mudo. Los minutos fueron corriendo en su pantalla sin que nada rompiera el
silencio en el dormitorio, hasta que Fermín entreabrió un ojo y le llamó la
atención la claridad que entraba por la ventana. Entonces se incorporó y miró
al reloj. Cuando vió la hora que señalaba dio un brinco y exclamó:
- ¡Coño! ¡Son las siete y
veinte! ¡Voy a llegar tarde!- Y mientras decía esto se levantaba, se ponía su
batín y se dirigía apresuradamente al baño.
Tonia más pausada, se fue a
la cocina, puso la cafetera y se sentó en una silla. Estaba en actitud
pensativa, sujetándose la cabeza con el brazo que tenía apoyado en la mesa. Cuando
el café estuvo listo, se levantó y preparó dos tazas. Tomó una de ellas y se
volvió a sentar. Fermín apareció ajustándose el nudo de la corbata con la
habilidad que da la práctica continuada.
-
¿Qué haces ahí
sentada?- le dijo a su mujer y continuó sin esperar respuesta:
-
¿Seguro que
pusiste anoche el despertador?
-
Pues claro-
contestó ella.
Fermín fue al dormitorio para
terminar de vestirse y de paso, comprobó que efectivamente, el despertador
estaba programado para que la radio se encendiera a la hora de costumbre.
Cuando volvió a la cocina tomó la taza de café que le había preparado Tonia y
le dijo a su mujer:
-
Ese maldito
trasto nos la ha jugado. Habrá que jubilarlo.
-
¡Ni hablar! -
contesta ella.
-
¿No pensarás que
lo voy a llevar a arreglar? Ya no habrá piezas para ese equipo.
-
No quiero
arreglarlo, ni quiero cambiarlo por uno nuevo- respondió Tonia.
-
¿Entonces que
quieres?
-
No lo sé. Bueno
sí, quiero despertarme cada día cuando me lo pida el cuerpo.
Se levantó, fue al dormitorio
y volvió con el despertador apagado.
-
A partir de ahora
estará en la cocina- dijo conectándolo a un enchufe que había sobre la
encimera. En la radio empezó a sonar una canción de Withney Houston.
-
¡Tú estás loca!
¿A qué hora nos despertaremos mañana? ¿A las 8? ¿Y pasado, a las 6? Ya te
puedes ir olvidando del premio de puntualidad este mes- dijo Fermín
-
Me importa un
bledo- le contestó ella
-
Y yo, ¿qué le voy
a decir a mi jefe cuando llegue cada día a una hora?
-
!Dile lo que quieras!¡Dile que
te suba el sueldo! De momento, yo hoy me tomo el día libre.
jueves, 23 de febrero de 2012
Dos centavos
Héctor Giroux envuelto en su gabán negro y con un sombrero de copa sobre su cabeza penetra en el edificio, sube hasta el apartamento de Gastón y llama al timbre. Le abre el propio Gastón ya que ese día su criado tiene la tarde libre.
- Bienvenido Mr. Giroux- dice mientras le invita a pasar con un gesto de su mano.
- Muchas gracias por haberme recibido Mr. Leroux- responde el visitante.
Héctor es un hombre de mediana edad, alto y fornido. Su cara ancha, cruzada por una cicatriz, las pobladas cejas y el fuerte mentón le dan un aspecto fiero. Aunque va vestido elegantemente, no puede ocultar que ha tenido una vida agitada. Su anfitrión es bastante mayor que él y camina con dificultad apoyándose en un bastón. Un largo pasillo les conduce hasta una biblioteca decorada con muy buen gusto. Una de las paredes está cubierta por una estantería con puertas de cristal. Enfrente hay una chimenea en la que arde un vivo fuego y en su lateral cuelga un pesado atizador. En una de las esquinas hay un reloj de pared. En el centro de la sala hay una mesa y cuatro sillas estilo Imperio.
- ¡Qué vista más extraordinaria tiene desde aquí!- dice Héctor señalando el ventanal.
- ¡Es verdad! Mi dormitorio también da a este lado, así que desde hace tres años, lo primero que veo cuando me levanto es la torre Eiffel.
Tras unos minutos de charla insustancial, Héctor aborda el asunto que le ha llevado allí.
- Me hubiera gustado estar en la subasta en la que Ud. se hizo con los Misioneros Hawaianos, pero desgraciadamente estaba de viaje y cuando me enteré ya había tenido lugar.
- Ya llevaba algún tiempo tras esos sellos- responde Gastón esbozando una sonrisa.
- Yo los persigo desde hace más de dos años, aunque en realidad sólo me interesa el de 2 centavos. ¿Podría verlo?
- ¡Cómo no!
Gastón se dirige a la estantería, abre una de las puertas y toma un clasificador encuadernado en piel verde. Lo pone sobre la mesa, se sienta y comienza a pasar las hojas lentamente, deteniéndose en cada una de ellas para observar los sellos con deleite, como si recordara una conquista con cada uno.
Héctor está de pie, al lado de Gastón. Observa impaciente mientras este último pasa las hojas.
- Aquí está- dice el anciano mostrando orgulloso la hoja en la que se encuentra el famoso sello de 2 centavos.
Héctor se inclina y toma la hoja. Su mirada se ilumina. El corazón se le acelera y comienza a salivar.
- ¡Qué maravilla!- exclama.
- Quiero comprárselo. ¡Pídame lo que quiera! – insiste. El tono de su voz es casi de súplica.
- No se lo vendería por nada del mundo- contesta Gastón e intenta recuperar la hoja, pero Héctor la aparta con un rápido movimiento.
El anciano se levanta y se vuelve hacia Héctor con el semblante enfadado.
- Haga el favor de devolvérmelo- le dice
- No pienso hacerlo. Este sello debió ser mío y lo será, por las buenas o por las malas- responde Héctor con tono amenazador. Toda su cara ha enrojecido destacando más la siniestra cicatriz.
- ¡Sinvergüenza, ladrón!- grita el anciano mientras alza su bastón. Héctor retrocede para esquivar al viejo y se acerca a la chimenea. Toma el atizador y golpea con fuerza la cabeza del anciano que cae fulminado.
El asesino, parsimoniosamente, guarda la hoja con el sello de 2 centavos en su chaqueta. Después devuelve el clasificador a la estantería, se pone su sombrero y su gabán y abandona el apartamento. En el momento de cerrar la puerta suenan las campanadas en el reloj de pared y el campanario de una iglesia cercana le da la réplica.
José L. Cereceda
lunes, 20 de febrero de 2012
M A N U E L
MANUEL
No sé cómo empezar. Podría decirles cómo me llamo,
pero eso no hace al caso, pues la historia que tengo que relatarles no es mía,
sino el encargo de alguien que ya no está aquí para contarla. Como novia suya
que era, y creo que para mi desgracia, siempre seré, me duele tener que decir
que lo perdí por una rival a la que amaba más que a mí y únicamente me consuela
pensar, que aquella loca pasión lo dominaba aún más que el aprecio a su propia
vida.
Todo comenzó la mañana de un día tranquilo.
Demasiado tal vez pues extrañamente, ni los pájaros cantaban. El hotel de
Ensenada en el que trabajábamos ambos; él, de mozo en la recepción y yo de
tortillera en la cocina, estaba como siempre lleno de turistas gringos. El
ladrido de las sirenas de coches de policía y camiones militares rompió para siempre, al menos en
mí, aquella paz. Por los altavoces, nerviosamente, advertían que ya venía y en
menos de una hora llegaría aquí. Nos apremiaban a todos a que buscáramos
resguardo en las colinas más elevadas y alejadas del mar, o los que no pudieran,
subiesen a los pisos más altos de los edificios donde, aseguraban, no había
nada que temer. Tan sólo una hora antes, se había producido en medio del
Pacífico un fuerte seísmo que había formado un tsunami, que a ochocientos kilómetros
por hora, la velocidad de un reactor, venía derechito a la costa oeste de
México donde nos encontrábamos.
Fui corriendo a la recepción, donde estaba mi
Manuel ayudando a los turistas más viejos a entrar en los ascensores. En cuanto
me vio, me agarró del brazo, me hizo subir a uno de ellos y fuimos hasta el
último piso. Allá, me llevó al cuarto de la plancha, sin ventanas y situado en
la fachada posterior al mar.
—Lupita,
acá no te pasará nada. Oigas lo que oigas y pase lo que pase, no salgas de aquí.
Quiero que me lo prometas.
Yo asentí con la cabeza y lo miré preocupada.
—Pero
Manuel. ¿Es que no te vas a quedar conmigo? Este lugar es seguro ¿no?
—Lo es,
pero yo he de marcharme. Ya casi no queda tiempo. Esa ola gigante es un
regalo que Dios me envía. Llevo muchos años pidiéndosela día y noche y me la ha
concedido. Es un regalo muy caro pues va a costar miles de vidas y sería pecado
despreciarlo. He de marcharme ya: cuando la ola esté próxima a la costa, se
levantará como una pared dos veces más alta que este hotel. Ahí será imposible
surfearla. Tengo que alejarme hasta donde el fondo es más profundo, donde la
pendiente de la ola será más suave y si ando listo podré montarla. Sólo tendré
una oportunidad.
—¿Y si no
la agarras? ¿Qué será de ti?
—Que habré fracasado. La ola me pasará por debajo
y la perderé para siempre. Podré volver a la costa en la tabla y habré salvado
la vida, pero seré por siempre el más desgraciado de los hombres. Por eso te
dejo ahorita mismo. Si hay suerte y
todo sale como espero, no volveremos a vernos.
Mi
mirada de pena lo conmovió pero no le hizo cambiar de opinión.
—Cuando
todo haya pasado, escribe lo que he hecho para que el mundo conozca mi hazaña.
Lupita, ahí te dejo: sé feliz. Vendrás conmigo en mi tabla y en mi corazón. Adiós.
Eso
dijo exactamente y después se marchó sin más. Me asomé a una ventana que daba
al mar y pude verlo subir en la zodiac del hotel con su tabla bajo el brazo.
Arrancó el motor y partió a toda velocidad trazando tras de sí una línea blanca que se adentraba rápidamente en el azul del
mar.
No volví a verlo más y por eso sé que lo consiguió y pasó montado en su ola por encima de las veinte plantas del Hotel. Cumplo su última voluntad dando fe de que Manuel Zapata Chávez, ha sido el primer hombre en surfear un Tsunami de sesenta metros de altura, si es que tal hazaña sirve para algo, que lo dudo.
José Miguel Bel
20/02/12
Nosotros
Su
primer recuerdo es de una tarde soleada de domingo, el día en que cumplió cinco
años, yendo de la mano de su padre a ver jugar al Flamengo, el equipo de fútbol
local. Después ha habido muchos domingos de fútbol, algunos dichosos, otros
tristes, pero ninguno como aquel.
Hoy
también va a ser un domingo inolvidable. Se juega en Maracaná la final de la Copa del Mundo que enfrenta a
Brasil y Uruguay y Joao está seguro que su equipo va a ganar el Mundial. Ha
quedado con su pandilla para ir juntos a ver el partido. Son todos jóvenes,
entre los dieciocho y veinte años. Van riendo, cantando y agitando pequeños
banderines. Por el camino se les van uniendo gente de todas las edades, formando
una marea humana ruidosa y multicolor que avanza hacia el estadio.
Conseguir
la entrada no ha sido fácil. Joao ha tenido que ahorrar durante todo un año,
privándose de ir al cine o al baile. Pero ha merecido la pena. Cualquier
sacrificio vale la pena para ver al capitán de tu selección alzar la copa. Y
eso es lo que esperan él y los miles de aficionados que se agolpan en las
puertas de entrada.
Al fin
se abren las puertas. Joao y sus amigos suben los escalones de dos en dos hasta
que alcanzan sus localidades. Están ansiosos porque comience el partido. Sobre
el césped una escuela de samba está realizando una exhibición. La música de la
banda que acompaña a los danzantes no logra sobreponerse al ruido de las
conversaciones y los cánticos que salen de la grada.
Cuando
saltan los equipos al terreno de juego, el estadio retumba. Los jugadores
brasileños son recibidos con fuertes aplausos y sus rivales con una sonora
pitada. Después, como por milagro, se hace el silencio para oír los respectivos
himnos nacionales.
En la
primera parte, Brasil tiene varias ocasiones de gol, pero el portero uruguayo
consigue mantener imbatida su portería. La cara de Joao refleja la tensión
vivida y también una ligera desilusión. Poco después de reanudarse el encuentro
el brasileño Friaca logra el primer gol y el estadio se viene abajo. Ciento
cincuenta mil gargantas gritan ¡Gol! , los tambores retumban y estallan
multitud de petardos.
Los
aficionados brasileños comienzan a celebrar anticipadamente el triunfo. Joao, abrazado
a sus amigos da saltos de alegría mientras la banda de música ataca Brasil campeao. Ya sólo queda esperar a
que termine el partido. Sin embargo, pasados unos minutos Uruguay empata el
partido y cuando faltan pocos minutos para el final logra el segundo gol que
supone ganar el torneo.
La
sorpresa ha hecho callar a Joao. Calla Maracaná y calla Brasil entero. Sólo se
oye el ruido de un helicóptero que sobrevuela el estadio y que hasta entonces
había pasado inadvertido. Joao está cabizbajo, con la cabeza entre las manos. Parece
noqueado y no es capaz de articular ninguna palabra. En silencio, sigue las
evoluciones del juego con la esperanza de que su equipo consiga remontar el
resultado.
Cuando
el árbitro pita el final del partido las lágrimas comienzan a correr por sus
mejillas. Sin esperar a la ceremonia de entrega de trofeos Joao y sus amigos se
disponen a abandonar el estadio. En la salida se cruzan con un hombre que
también llora. Le acompaña un niño de nueve años y tez morena que le dice:
-No
llores papá. Te prometo que algún día nosotros ganaremos el Mundial.
José L. Cereceda
martes, 14 de febrero de 2012
JAULAS
JAULAS
Entro a las diez de la noche en el portal de mi casa, alumbrado
por una bombilla de treinta vatios encerrada en un fanal de vidrio opaco por el
polvo y las cagadas de mosca, sin pintar desde la posguerra. Antes de llegar a
la puerta de cristales, ya se escucha el bisbiseo, inquietante, venenoso, de la
serpiente asomada a la puerta de su madriguera, destilando como cada día desde
hace un año, la ponzoña que fabrica por las noches, en el oído de la vecina
ociosa, o la maledicente, o simplemente la bondadosa sin fuerzas para escapar
de la atracción de su mirada y su lengua bífida. De su trampa. El ruido de los
cristales desencajados del marco al abrirse la puerta, hace que se calle y me mire
inexpresiva.
—Hola —digo, mientras Remedios, la portera, y su
confidente me contestan con un gruñido.
Como siempre, paso lo más rápido que puedo, economizando al
máximo el saludo. Podría decir “Buenas tardes”, “Buenas”, o “¿Qué tal?”, pero
serían unas letras de más que me resisto a gastar. Sólo quiero escabullirme saltando
los escalones de dos en dos, tratando en vano de que la crujiente madera
centenaria me deje llegar desapercibido a mi casa, en el primer piso.
—Y ¿qué hace con el niño? ¿Lo deja sólo? —pregunta interesada
la vecina cómplice.
—Se lo cuida otra perdida como ella. Canguro, la llama. A veces,
cuando el querido no se queda a dormir
con ella, la tal Canguro se marcha en el coche con él. Yo creo que lo
comparten.
—¿El coche?
— ¡Ay, mujer!, parece usted tonta. El coche no: el querido.
—¡Ah, claro! La de cosas que tendrá que ver la criatura con
esa golfa de madre, ¡pobre!...
…bsss…bsss…bsss… estoy segura de que esa
es… bsss…bsss…bsss… le digo que esa
se acuesta con el primero que… bsss…bsss…bsss…
Si yo le contara… bsss…bsss…bsss…
Entro en casa y me tumbo un rato en la cama. Me duele la
cabeza. A estas horas Marga, la perdida del segundo, estará durmiendo con
Jaime, su hijo de tres años acurrucado a su lado. Jaime tiene su propia habitación,
pero siempre acaba en la cama de su madre. Esa “golfa” que tiene que levantarse
a las seis, llevarlo a la guardería y después trabajar ocho horas, o algo más
si hace falta —que casi
siempre hace—, en la caja de un
Mercadona.
A Reme nunca le oigo decir esos chismes, porque siempre calla
al verme, aunque a veces creo percibir su inquietante siseo desde mi cama. También,
cuando entro de noche en el portal después de ir de copas con los amigos, me lo
cuentan como mudos testigos, los chasquidos metálicos de la cerradura, las sucias
paredes, los cristales ruidosos y las cucarachas que huyen en desbandada a sus
nidos, algunos de ellos en los rincones de su propio chiscón, al que entran apresuradas
agachándose por la rendija de debajo de la puerta.
Después, en la madrugada,
sólo se oye el silencio, porque la amargura no hace ruido. No más que el de
unas lágrimas tragadas con esfuerzo y una glándula que segrega veneno nuevo. No
me hace falta escuchar nada para verla, sola, indefensa, cuando tras haber
abierto las dos mitades de la puerta de su cubil —la superior para mirar; la
inferior para entrar—, pasa al antro, mira la mesa de camilla sobre la que están
dos botellas de vino barato vacías y en el estante, el marco de plata renegrida
en el que, junto a la de su boda en blanco y negro, hay otra foto en color
desvaído de ella misma con una chica joven, pálida y de ojos tan tristes que se
diría que están muertos y que, vaya donde vaya, parecen seguirla implacables. Finalmente,
entra en el escaso dormitorio sin ventana donde, sobre la antigua cama
metálica, Paco, su marido, el hombre de la eterna camiseta sucia, que no habla
y sólo fuma y bebe, abotargado y sudoroso, ronca como un cerdo mostrando la
indecencia de su incompleta y amarillenta dentadura. Junto a la cama, una
cortina a medio descorrer tras la que, en el rincón, se adivina en la penumbra la
silueta de un somier con un colchón de lana arrollado, frío y vacío desde hace
un año.
Pobre Remedios, Reme. Te conozco hace muchos años y te
compadezco porque tú no tienes la culpa de ser como eres. También fuiste joven,
hermosa y tenías sueños allá en tu tierra. Tal vez la culpa sea de este Demonio
de Madrid, que os atrajo con cantos de sirena a la construcción y al servicio
doméstico, haciéndoos abandonar vuestro pueblo de cielo claro y aire limpio en el Alto
Aragón. O del samaritano que un mal día os ofreció la portería cuando aún erais
jóvenes; aquel agujero inmundo, en el que los tres os enterrasteis en vida. O simplemente
la tuvo la propia vida. Perra vida.
Aunque si te lo preguntan a ti, Reme, dirás que la tengo yo.
Y quizá lleves razón. Yo abrí la puerta de la jaula a aquel pajarillo
acobardado que nunca hubiera pensado que fuera de ella, la gente vivía, reía y
amaba. Sobre todo amaba. Y le hice perder el miedo a la libertad a la que tanto
temía, empujándola a que volara muy lejos. Tanto, que no volverás a verla más.
Y lo sabes.
Lo siento Reme. O no,
no lo siento. No sé. Tal vez una noche se te acabe el veneno y dejes de
odiarnos. A mí, a Marga, a ella, especialmente a ella, y a todos los pajarillos
que un día deciden escapar de sus jaulas.
José
Miguel Bel
6 de febrero
de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
La barca
En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminan por la playa como dos cormoranes heridos.
Desde lo alto de unas rocas alguien los observa escondido. Mailin, un niño maorí de catorce años, viene a jugar a este islote desde que era pequeño y nunca había visto a dos personas con ese aspecto por allí. Intrigado, sigue con atención sus movimientos. Se pregunta quiénes serán esos hombres y qué haran en su islote. Parecen cansados, tristes y perdidos. El también está triste. Ultimamente las cosas con su padre no van bien y por eso le gusta venir a la isla, para pensar y estar tranquilo.
Durante un buen rato los hombres no se mueven. Mailin decide volver a su pequeño barco y regresar a casa. Se ha hecho tarde y no quiere discutir con su padre otra vez. Cuando está a punto de marcharse, uno de los hombres se pone de pie y comienza a gritar algo que no comprende. Parece deseperado, levanta los brazos al cielo y llora. Mailin se siente muy apenado y también un poco asustado. Tal vez aquellos hombres eran peligrosos, tal vez era un imprudente quedándose allí. ¿ Y si le veían ?. Mejor era esconderse bien y esperar a que volvieran a dormirse.
Entonces los náufragos empezaron a andar de nuevo : habían decidido inspeccionar la isla. Probablemente estarían hambrientos y sedientos. Caminaban por la playa y pronto llegarían a donde estaba su barquito. ¿ Y si se llevaban su barca ?. Mailin no sabía qué hacer y solo podía pensar en lo enfadado que estaría su padre. Decidió bajar de su escondite a ir a buscar su barco. Si se daba prisa llegaría antes que ellos. Corrió por la ladera cuanto pudo, casi estaba llegando cuando se dio cuenta de que los dos hombres habían visto la barca y también a él. Ellos también intentaban correr pero estaban tan malheridos que apenas podían hacerlo. Mailin subió al bote y remó con fuerza mar adentro. De repente sentía pánico, aquellos hombres le gritaban, le imploraban, se metían en el agua siguiéndolo. Por un momento pensó que lo alcanzarían.
Mientras remaba se iba sintiendo aliviado pero no podía dejar de pensar en la mirada de aquellos hombres, entre furiosa y suplicante, como si todo su destino dependiera de aquel humilde barco. Los remordimientos iban aumentando y pasado el susto, solo quedaba el pesar. Se sintió cobarde y mezquino. Entonces, en un arrebato de temeridad, dio media vuelta y se puso a remar en sentido contrario, rumbo al islote otra vez.
Cuando avistó la playa, los hombres estaban sentados, sin reaccionar ante su presencia. Parece que no creían lo que veían. Mailin les hizo un gesto invitandoles a subir a la barca y ellos, sin pensarselo dos veces, subieron a bordo, llorando de alivio y de alegría, al sentirse salvados por aquel ángel maorí.
viernes, 10 de febrero de 2012
Cotilleo morboso
Era una bonita mañana de primavera, Paloma se fue a pasear por
el parque cercano a su casa y se encontró a su amiga Candela.
* !! Paloma, qué alegría ¡¡. Tenía muchas ganas de verte y además te vas a sorprender con el notición que tengo que darte.
* Yo también me alegro de verte y ya me tienes intrigada con esa noticia que anuncias con tanto entusiasmo. Vayamos a tomar algo mientras conversamos.
Ambas amigas se dirigen a la terraza junto al estanque y una vez servidas las bebidas, se dirigen mutuamente miradas llenas de complicidad.
* Y bien, cuenta, cuenta – dice Paloma.
* Pues verás, -- continua Candela. Hace un par de días estaba en el vestuario del gimnasio y escucho una conversación a dos desconocidas que me dejó impactada. Hablaban de una forma un tanto enigmática, pero yo puse mis cinco sentidos en estado de alerta y no te imaginas lo que pude ir asociando.
* Vamos, vamos, Candela. Ve al grano y no me intrigues más, -- comenta Paloma.
* Atenta, pues. Comentaban entre ellas sobre los efectos que producían unas pastillas que ambas consumían para mantenerse en forma. Noté a una de ellas muy preocupada y además yo la veía excesivamente delgada. Anoté mentalmente el nombre de las susodichas pastillas, cuando las nombraron y con la curiosidad que me caracteriza, llegué a casa y empecé a indagar en Internet. Sorpréndete : el principal efecto secundario de ese producto es el riesgo a un cáncer. ¿Tu crees que vale la pena correr ese riesgo por estar en forma?
* Por supuesto que no – respondió Paloma. Vamos a olvidarnos de la figura y vayamos a deleitarnos con una gran mariscada.
* !! Paloma, qué alegría ¡¡. Tenía muchas ganas de verte y además te vas a sorprender con el notición que tengo que darte.
* Yo también me alegro de verte y ya me tienes intrigada con esa noticia que anuncias con tanto entusiasmo. Vayamos a tomar algo mientras conversamos.
Ambas amigas se dirigen a la terraza junto al estanque y una vez servidas las bebidas, se dirigen mutuamente miradas llenas de complicidad.
* Y bien, cuenta, cuenta – dice Paloma.
* Pues verás, -- continua Candela. Hace un par de días estaba en el vestuario del gimnasio y escucho una conversación a dos desconocidas que me dejó impactada. Hablaban de una forma un tanto enigmática, pero yo puse mis cinco sentidos en estado de alerta y no te imaginas lo que pude ir asociando.
* Vamos, vamos, Candela. Ve al grano y no me intrigues más, -- comenta Paloma.
* Atenta, pues. Comentaban entre ellas sobre los efectos que producían unas pastillas que ambas consumían para mantenerse en forma. Noté a una de ellas muy preocupada y además yo la veía excesivamente delgada. Anoté mentalmente el nombre de las susodichas pastillas, cuando las nombraron y con la curiosidad que me caracteriza, llegué a casa y empecé a indagar en Internet. Sorpréndete : el principal efecto secundario de ese producto es el riesgo a un cáncer. ¿Tu crees que vale la pena correr ese riesgo por estar en forma?
* Por supuesto que no – respondió Paloma. Vamos a olvidarnos de la figura y vayamos a deleitarnos con una gran mariscada.
Momentos de Cambios
Cada mañana al despertar, Rosa contempla desde la cama el cielo, que
poco a poco, se va aclarando y la cúpula de una iglesia cercana. Es una cúpula de estilo bizantino, cubierta de mosaicos multicolores, que tiene a Rosa fascinada.
Esta mañana, al contemplar dicha cúpula, el recuerdo de las últimas vacaciones, hizo reflexionar a Rosa sobre los cambios que había sufrido su vida desde ese momento.
Viajó sola a Estambul, con la intención de descubrir cada rincón de esa maravillosa ciudad. Tras contemplar una espléndida puesta de sol en el Bósforo y tomar una ligera cena, se retiró a descansar.
Comienza el nuevo día con gran vitalidad e ilusión. Durante toda la mañana no para de deambular, hasta que al mediodía el estómago le reclama un poco de atención. No tardó en encontrar un restaurante, que le resultó muy acogedor. Para acompañar la comida pide una copa de vino y ahí viene la sorpresa: muy educadamente le informan que no pueden servir alcohol a las damas. Ofendida, se levanta y se encamina hacia la salida. Los pocos comensales (en su mayoría hombres) la contemplan sorprendidos, especialmente porque va sola.
Sale tan atolondrada a la calle, que tropieza con un peatón. Al disculparse, el atropellado la identifica como compatriota y se presenta. Pedro es un malagueño entrado en años. Pintor, un tanto bohemio, que llegó a Estambul por un encargo concreto, pero ya lleva allí veinte años.
Cuando Rosa le cuenta a Pedro lo que acaba de ocurrir en el restaurante, éste se ofrece para acompañarla a otro lugar, donde no tendrá que prescindir del vino en la comida. Allí se dirigen y la conversación que mantienen durante el almuerzo hará que la vida profesional de Rosa de un giro de 180 grados.
Al regresar a Madrid, nuestra protagonista tiene en mente nuevos proyectos, que no tarda en llevar a la práctica.
Siempre se sintió un tanto frustrada por no haber podido realizar sus sueños de estudiar Bellas Artes. Siguiendo el fluir de la vida, ha realizado distintos trabajos y el que ha tenido últimamente como secretaria, no colmaba sus anhelos. Su encuentro con Estambul y especialmente con Pedro, le lleva a la decisión de aceptar un trabajo de dibujante en un estudio de Arquitectura y aquí tenemos a Rosa, lápiz en ristre, por la calles de Madrid dibujando cuanto edificio interesante encuentra a su paso y sintiéndose totalmente realizada. El tener una jornada flexible, le va a permitir además iniciar su carrera en Bellas Artes.
poco a poco, se va aclarando y la cúpula de una iglesia cercana. Es una cúpula de estilo bizantino, cubierta de mosaicos multicolores, que tiene a Rosa fascinada.
Esta mañana, al contemplar dicha cúpula, el recuerdo de las últimas vacaciones, hizo reflexionar a Rosa sobre los cambios que había sufrido su vida desde ese momento.
Viajó sola a Estambul, con la intención de descubrir cada rincón de esa maravillosa ciudad. Tras contemplar una espléndida puesta de sol en el Bósforo y tomar una ligera cena, se retiró a descansar.
Comienza el nuevo día con gran vitalidad e ilusión. Durante toda la mañana no para de deambular, hasta que al mediodía el estómago le reclama un poco de atención. No tardó en encontrar un restaurante, que le resultó muy acogedor. Para acompañar la comida pide una copa de vino y ahí viene la sorpresa: muy educadamente le informan que no pueden servir alcohol a las damas. Ofendida, se levanta y se encamina hacia la salida. Los pocos comensales (en su mayoría hombres) la contemplan sorprendidos, especialmente porque va sola.
Sale tan atolondrada a la calle, que tropieza con un peatón. Al disculparse, el atropellado la identifica como compatriota y se presenta. Pedro es un malagueño entrado en años. Pintor, un tanto bohemio, que llegó a Estambul por un encargo concreto, pero ya lleva allí veinte años.
Cuando Rosa le cuenta a Pedro lo que acaba de ocurrir en el restaurante, éste se ofrece para acompañarla a otro lugar, donde no tendrá que prescindir del vino en la comida. Allí se dirigen y la conversación que mantienen durante el almuerzo hará que la vida profesional de Rosa de un giro de 180 grados.
Al regresar a Madrid, nuestra protagonista tiene en mente nuevos proyectos, que no tarda en llevar a la práctica.
Siempre se sintió un tanto frustrada por no haber podido realizar sus sueños de estudiar Bellas Artes. Siguiendo el fluir de la vida, ha realizado distintos trabajos y el que ha tenido últimamente como secretaria, no colmaba sus anhelos. Su encuentro con Estambul y especialmente con Pedro, le lleva a la decisión de aceptar un trabajo de dibujante en un estudio de Arquitectura y aquí tenemos a Rosa, lápiz en ristre, por la calles de Madrid dibujando cuanto edificio interesante encuentra a su paso y sintiéndose totalmente realizada. El tener una jornada flexible, le va a permitir además iniciar su carrera en Bellas Artes.
jueves, 9 de febrero de 2012
A.G.U.A.
El despacho es sencillo e impersonal. Tras la mesa, en una silla de oficina con alto respaldo y ruedas giratorias, se sienta un hombre de mediana edad, con bastantes entradas y espalda cargada. Al otro lado de la mesa, sobre una silla confidente sin reposabrazos, está un joven rubio con gafas redondas de montura metálica y mirada miope.
- ¿Ha recibido Ud. los informes de los secretarios provinciales?- pregunta el hombre de más edad.
- Me falta sólo el de Granada, don Manuel – responde el joven mirando su cuaderno de notas.
- ¿Algo destacado?
- Lo de siempre. Que si de este año no pasa que Ud. dimita, que si esto no puede seguir así, que si patatín, que si patatán. Bueno, hay una cosa nueva. En Sevilla corre el rumor de que va a presentarse Carmona.
- ¿Carmona? ¡Pero si apenas hace dos años que ha entrado! Mire Ud., yo llevo aquí veinte años por algo. No puede ser presidente de A.G.U.A. cualquier mindundi. Porque, vamos a ver García, ¿qué méritos puede alegar ese tío?
El joven García pasa rápidamente las hojas de su cuaderno y, rehuyendo la mirada de su jefe, contesta:
-Parece ser que la Renfe le tiene prohibido viajar en AVE porque siempre que va él, tiene retraso el tren.
- ¿Y eso qué? ¿Acaso lo va a comparar con lo que yo tengo acreditado?
-Desde luego que no. Lo de que se quemara el edificio Windsor el día en que Ud. dejó el coche en el aparcamiento de AZCA no es fácil de superar.
-¿Y qué me dice de lo de Lehman Brothers?
-Es verdad, aquello si que fue grande. Compra Ud. doscientas acciones y a la semana siguiente quiebra la empresa. Ahora que este Carmona, por lo que dicen tampoco es manco. Me han comentado que sacó las oposiciones un mes antes de que bajaran el sueldo a los funcionarios.
-¡Habladurías! ¡No, si ahora dirán que iba en el Costa Crucero cuando chocó con los arrecifes!
Don Manuel se levanta de su asiento y se acerca a la pared en la que cuelga un calendario con una imagen de las Torres Gemelas humeantes.
- Las elecciones son el mes que viene. ¿qué se le ocurre que hagamos?- dice dirigiéndose a García.
-Se le pueden enviar diez décimos de lotería, cada uno con terminación diferente. Así seguro que le toca alguno.
- Si, pero eso me saldría por un pico. Mejor le mandamos un elefante con la trompa hacia arriba y herraduras en las cuatro patas. Prepárelo todo García.
Y sin mirar a su interlocutor, vuelve a sentarse en su silla y comienza a hojear unos papeles, dando por terminada la entrevista.
El joven se levanta para retirarse. Camino de la puerta se para delante del calendario que está ligeramente ladeado y lo endereza. Es el calendario que envían a todos los socios. Sobre el fondo de la foto, en grandes letras destaca el anagrama A.G.U.A. y debajo, en letra más pequeña su significado: Asociación de Gafes Unidos de Andalucía.
José L. Cereceda
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