jueves, 23 de febrero de 2012

Dos centavos



El apartamento de Gastón Leroux está en uno de los típicos edificios burgueses del VIII arrondissement. Este distrito, uno de los más elegantes de Paris, está habitado por gente rica e influyente y no tiene apenas comercios por lo que es muy tranquilo. En las frías noches de invierno, es difícil encontrar a alguien caminando por sus calles y sólo de vez en cuando pasa algún carruaje. 

Héctor Giroux envuelto en su gabán negro y con un sombrero de copa sobre su cabeza penetra en el edificio, sube hasta el apartamento de Gastón y llama al timbre. Le abre el propio Gastón ya que ese día su criado tiene la tarde libre.

-  Bienvenido Mr. Giroux- dice mientras le invita a pasar con un gesto de su mano.
-  Muchas gracias por haberme recibido Mr. Leroux- responde el visitante.

Héctor es un hombre de mediana edad, alto y fornido. Su cara ancha, cruzada por una cicatriz, las pobladas cejas y el fuerte mentón le dan un aspecto fiero. Aunque va vestido elegantemente, no puede ocultar que ha tenido una vida agitada. Su anfitrión es bastante mayor que él y camina con dificultad apoyándose en un bastón. Un largo pasillo les conduce hasta una biblioteca decorada con muy buen gusto. Una de las paredes está cubierta por una estantería con puertas de cristal. Enfrente hay una chimenea en la que arde un vivo fuego y en su lateral cuelga un pesado atizador. En una de las esquinas hay un reloj de pared. En el centro de la sala hay una mesa y cuatro sillas estilo Imperio.

-  ¡Qué vista más extraordinaria tiene desde aquí!- dice Héctor señalando el ventanal.
- ¡Es verdad! Mi dormitorio también da a este lado, así que desde hace tres años, lo primero que veo cuando me levanto es la torre Eiffel.

Tras unos minutos de charla insustancial, Héctor aborda el asunto que le ha llevado allí.

- Me hubiera gustado estar en la subasta en la que Ud. se hizo con los Misioneros Hawaianos, pero desgraciadamente estaba de viaje y cuando me enteré ya había tenido lugar. 
-  Ya llevaba algún tiempo tras esos sellos- responde Gastón esbozando una sonrisa.
- Yo los persigo desde hace más de dos años, aunque en realidad sólo me interesa el de 2 centavos. ¿Podría verlo?
-  ¡Cómo no!

Gastón se dirige a la estantería, abre una de las puertas y toma un clasificador encuadernado en piel verde. Lo pone sobre la mesa, se sienta y comienza a pasar las hojas lentamente, deteniéndose en cada una de ellas para observar los sellos con deleite, como si recordara una conquista con cada uno.

Héctor está de pie, al lado de Gastón. Observa impaciente mientras este último pasa las hojas.

- Aquí está- dice el anciano mostrando orgulloso la hoja en la que se encuentra el famoso sello de 2 centavos.

Héctor se inclina y toma la hoja. Su mirada se ilumina. El corazón se le acelera y comienza a salivar.

-  ¡Qué maravilla!- exclama.
-  Quiero comprárselo. ¡Pídame lo que quiera! – insiste. El tono de su voz es casi de súplica.
-  No se lo vendería por nada del mundo- contesta Gastón e intenta recuperar la hoja, pero Héctor la aparta con un rápido movimiento.

El anciano se levanta y se vuelve hacia Héctor con el semblante enfadado.

- Haga el favor de devolvérmelo- le dice
- No pienso hacerlo. Este sello debió ser mío y lo será, por las buenas o por las malas- responde Héctor con tono amenazador. Toda su cara ha enrojecido destacando más la siniestra cicatriz.  
- ¡Sinvergüenza, ladrón!- grita el anciano mientras alza su bastón. Héctor retrocede para esquivar al viejo y se acerca a la chimenea. Toma el atizador y golpea con fuerza la cabeza del anciano que cae fulminado.

El asesino, parsimoniosamente, guarda la hoja con el sello de 2 centavos en su chaqueta. Después devuelve el clasificador a la estantería, se pone su sombrero y su gabán y abandona el apartamento. En el momento de cerrar la puerta suenan las campanadas en el reloj de pared y el campanario de una iglesia cercana le da la réplica. 

José L. Cereceda

lunes, 20 de febrero de 2012

M A N U E L


                                                  MANUEL


No sé cómo empezar. Podría decirles cómo me llamo, pero eso no hace al caso, pues la historia que tengo que relatarles no es mía, sino el encargo de alguien que ya no está aquí para contarla. Como novia suya que era, y creo que para mi desgracia, siempre seré, me duele tener que decir que lo perdí por una rival a la que amaba más que a mí y únicamente me consuela pensar, que aquella loca pasión lo dominaba aún más que el aprecio a su propia vida.
Todo comenzó la mañana de un día tranquilo. Demasiado tal vez pues extrañamente, ni los pájaros cantaban. El hotel de Ensenada en el que trabajábamos ambos; él, de mozo en la recepción y yo de tortillera en la cocina, estaba como siempre lleno de turistas gringos. El ladrido de las sirenas de coches de policía y camiones  militares rompió para siempre, al menos en mí, aquella paz. Por los altavoces, nerviosamente, advertían que ya venía y en menos de una hora llegaría aquí. Nos apremiaban a todos a que buscáramos resguardo en las colinas más elevadas y alejadas del mar, o los que no pudieran, subiesen a los pisos más altos de los edificios donde, aseguraban, no había nada que temer. Tan sólo una hora antes, se había producido en medio del Pacífico un fuerte seísmo que había formado un tsunami, que a ochocientos kilómetros por hora, la velocidad de un reactor, venía derechito a la costa oeste de México donde nos encontrábamos.
Fui corriendo a la recepción, donde estaba mi Manuel ayudando a los turistas más viejos a entrar en los ascensores. En cuanto me vio, me agarró del brazo, me hizo subir a uno de ellos y fuimos hasta el último piso. Allá, me llevó al cuarto de la plancha, sin ventanas y situado en la fachada posterior al mar.
Lupita, acá no te pasará nada. Oigas lo que oigas y pase lo que pase, no salgas de aquí. Quiero que me lo prometas.
Yo asentí con la cabeza y lo miré preocupada.
—Pero Manuel. ¿Es que no te vas a quedar conmigo? Este lugar es seguro ¿no?
—Lo es, pero yo he de marcharme. Ya casi no queda tiempo. Esa ola gigante es un regalo que Dios me envía. Llevo muchos años pidiéndosela día y noche y me la ha concedido. Es un regalo muy caro pues va a costar miles de vidas y sería pecado despreciarlo. He de marcharme ya: cuando la ola esté próxima a la costa, se levantará como una pared dos veces más alta que este hotel. Ahí será imposible surfearla. Tengo que alejarme hasta donde el fondo es más profundo, donde la pendiente de la ola será más suave y si ando listo podré montarla. Sólo tendré una oportunidad.
—¿Y si  no la agarras? ¿Qué será de ti?
—Que habré fracasado. La ola me pasará por debajo y la perderé para siempre. Podré volver a la costa en la tabla y habré salvado la vida, pero seré por siempre el más desgraciado de los hombres. Por eso te dejo ahorita mismo. Si hay suerte y todo sale como espero, no volveremos a vernos.
Mi mirada de pena lo conmovió pero no le hizo cambiar de opinión.
—Cuando todo haya pasado, escribe lo que he hecho para que el mundo conozca mi hazaña. Lupita, ahí te dejo: sé feliz. Vendrás conmigo en mi tabla y en mi corazón. Adiós.
Eso dijo exactamente y después se marchó sin más. Me asomé a una ventana que daba al mar y pude verlo subir en la zodiac del hotel con su tabla bajo el brazo. Arrancó el motor y partió a toda velocidad trazando tras de sí  una línea blanca  que se adentraba rápidamente en el azul del mar.

No volví a verlo más y por eso sé que lo consiguió y pasó montado en su ola por encima de las veinte plantas del Hotel. Cumplo su última voluntad dando fe de que Manuel Zapata Chávez, ha sido el primer hombre en surfear un Tsunami de sesenta metros de altura, si es que tal hazaña sirve para algo, que lo dudo.
José Miguel Bel
                                                                                                                                                    
       20/02/12

Nosotros



Joao había nacido en Pelotas. Entendámonos, no es sólo que, como es natural, había venido desnudo a este mundo, sino que vió la luz en la ciudad brasileña que lleva ese nombre.  Al poco de nacer, su familia se trasladó a Río y allí ha vivido desde entonces.
Su primer recuerdo es de una tarde soleada de domingo, el día en que cumplió cinco años, yendo de la mano de su padre a ver jugar al Flamengo, el equipo de fútbol local. Después ha habido muchos domingos de fútbol, algunos dichosos, otros tristes, pero ninguno como aquel.
Hoy también va a ser un domingo inolvidable. Se juega en Maracaná la final de la Copa del Mundo que enfrenta a Brasil y Uruguay y Joao está seguro que su equipo va a ganar el Mundial. Ha quedado con su pandilla para ir juntos a ver el partido. Son todos jóvenes, entre los dieciocho y veinte años. Van riendo, cantando y agitando pequeños banderines. Por el camino se les van uniendo gente de todas las edades, formando una marea humana ruidosa y multicolor que avanza hacia el estadio.
Conseguir la entrada no ha sido fácil. Joao ha tenido que ahorrar durante todo un año, privándose de ir al cine o al baile. Pero ha merecido la pena. Cualquier sacrificio vale la pena para ver al capitán de tu selección alzar la copa. Y eso es lo que esperan él y los miles de aficionados que se agolpan en las puertas de entrada.
Al fin se abren las puertas. Joao y sus amigos suben los escalones de dos en dos hasta que alcanzan sus localidades. Están ansiosos porque comience el partido. Sobre el césped una escuela de samba está realizando una exhibición. La música de la banda que acompaña a los danzantes no logra sobreponerse al ruido de las conversaciones y los cánticos que salen de la grada.
Cuando saltan los equipos al terreno de juego, el estadio retumba. Los jugadores brasileños son recibidos con fuertes aplausos y sus rivales con una sonora pitada. Después, como por milagro, se hace el silencio para oír los respectivos himnos nacionales.
En la primera parte, Brasil tiene varias ocasiones de gol, pero el portero uruguayo consigue mantener imbatida su portería. La cara de Joao refleja la tensión vivida y también una ligera desilusión. Poco después de reanudarse el encuentro el brasileño Friaca logra el primer gol y el estadio se viene abajo. Ciento cincuenta mil gargantas gritan ¡Gol! , los tambores retumban y estallan multitud de petardos.
Los aficionados brasileños comienzan a celebrar anticipadamente el triunfo. Joao, abrazado a sus amigos da saltos de alegría mientras la banda de música ataca Brasil campeao. Ya sólo queda esperar a que termine el partido. Sin embargo, pasados unos minutos Uruguay empata el partido y cuando faltan pocos minutos para el final logra el segundo gol que supone ganar el torneo.
La sorpresa ha hecho callar a Joao. Calla Maracaná y calla Brasil entero. Sólo se oye el ruido de un helicóptero que sobrevuela el estadio y que hasta entonces había pasado inadvertido. Joao está cabizbajo, con la cabeza entre las manos. Parece noqueado y no es capaz de articular ninguna palabra. En silencio, sigue las evoluciones del juego con la esperanza de que su equipo consiga remontar el resultado.
Cuando el árbitro pita el final del partido las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas. Sin esperar a la ceremonia de entrega de trofeos Joao y sus amigos se disponen a abandonar el estadio. En la salida se cruzan con un hombre que también llora. Le acompaña un niño de nueve años y tez morena que le dice:
-No llores papá. Te prometo que algún día nosotros ganaremos el Mundial.

José L. Cereceda

martes, 14 de febrero de 2012

JAULAS


                                                                               JAULAS  

  
Entro a las diez de la noche en el portal de mi casa, alumbrado por una bombilla de treinta vatios encerrada en un fanal de vidrio opaco por el polvo y las cagadas de mosca, sin pintar desde la posguerra. Antes de llegar a la puerta de cristales, ya se escucha el bisbiseo, inquietante, venenoso, de la serpiente asomada a la puerta de su madriguera, destilando como cada día desde hace un año, la ponzoña que fabrica por las noches, en el oído de la vecina ociosa, o la maledicente, o simplemente la bondadosa sin fuerzas para escapar de la atracción de su mirada y su lengua bífida. De su trampa. El ruido de los cristales desencajados del marco al abrirse la puerta, hace que se calle y me mire inexpresiva.

—Hola —digo, mientras Remedios, la portera, y su confidente me contestan con un gruñido.

Como siempre, paso lo más rápido que puedo, economizando al máximo el saludo. Podría decir “Buenas tardes”, “Buenas”, o “¿Qué tal?”, pero serían unas letras de más que me resisto a gastar. Sólo quiero escabullirme saltando los escalones de dos en dos, tratando en vano de que la crujiente madera centenaria me deje llegar desapercibido a mi casa, en el primer piso.

 —¿Sabe?, ahora anda con otro. El sábado les oí llegar de madrugada, riéndose y armando escándalo. Como no duermo… ¡A mí me la va a dar esa mosquita muerta!

—Y ¿qué hace con el niño? ¿Lo deja sólo? —pregunta interesada la vecina cómplice.

—Se lo cuida otra perdida como ella. Canguro, la llama. A veces, cuando el querido no se queda  a dormir con ella, la tal Canguro se marcha en el coche con él. Yo creo que lo comparten.

—¿El coche?

— ¡Ay, mujer!, parece usted tonta. El coche no: el querido.

—¡Ah, claro! La de cosas que tendrá que ver la criatura con esa golfa de madre, ¡pobre!...

    …bsss…bsss…bsss… estoy segura de que esa es… bsss…bsss…bsss… le digo que esa se acuesta con el primero que… bsss…bsss…bsss… Si yo le contara… bsss…bsss…bsss…

   Entro en casa y me tumbo un rato en la cama. Me duele la cabeza. A estas horas Marga, la perdida del segundo, estará durmiendo con Jaime, su hijo de tres años acurrucado a su lado. Jaime tiene su propia habitación, pero siempre acaba en la cama de su madre. Esa “golfa” que tiene que levantarse a las seis, llevarlo a la guardería y después trabajar ocho horas, o algo más si hace falta —que casi siempre hace—, en la caja de un Mercadona.

A Reme nunca le oigo decir esos chismes, porque siempre calla al verme, aunque a veces creo percibir su inquietante siseo desde mi cama. También, cuando entro de noche en el portal después de ir de copas con los amigos, me lo cuentan como mudos testigos, los chasquidos metálicos de la cerradura, las sucias paredes, los cristales ruidosos y las cucarachas que huyen en desbandada a sus nidos, algunos de ellos en los rincones de su propio chiscón, al que entran apresuradas agachándose por la rendija de debajo de la puerta.  

  Después, en la madrugada, sólo se oye el silencio, porque la amargura no hace ruido. No más que el de unas lágrimas tragadas con esfuerzo y una glándula que segrega veneno nuevo. No me hace falta escuchar nada para verla, sola, indefensa, cuando tras haber abierto las dos mitades de la puerta de su cubil —la superior para mirar; la inferior para entrar—, pasa al antro, mira la mesa de camilla sobre la que están dos botellas de vino barato vacías y en el estante, el marco de plata renegrida en el que, junto a la de su boda en blanco y negro, hay otra foto en color desvaído de ella misma con una chica joven, pálida y de ojos tan tristes que se diría que están muertos y que, vaya donde vaya, parecen seguirla implacables. Finalmente, entra en el escaso dormitorio sin ventana donde, sobre la antigua cama metálica, Paco, su marido, el hombre de la eterna camiseta sucia, que no habla y sólo fuma y bebe, abotargado y sudoroso, ronca como un cerdo mostrando la indecencia de su incompleta y amarillenta dentadura. Junto a la cama, una cortina a medio descorrer tras la que, en el rincón, se adivina en la penumbra la silueta de un somier con un colchón de lana arrollado, frío y vacío desde hace un año.

Pobre Remedios, Reme. Te conozco hace muchos años y te compadezco porque tú no tienes la culpa de ser como eres. También fuiste joven, hermosa y tenías sueños allá en tu tierra. Tal vez la culpa sea de este Demonio de Madrid, que os atrajo con cantos de sirena a la construcción y al servicio doméstico, haciéndoos abandonar vuestro  pueblo de cielo claro y aire limpio en el Alto Aragón. O del samaritano que un mal día os ofreció la portería cuando aún erais jóvenes; aquel agujero inmundo, en el que los tres os enterrasteis en vida. O simplemente la tuvo la propia vida. Perra vida.

Aunque si te lo preguntan a ti, Reme, dirás que la tengo yo. Y quizá lleves razón. Yo abrí la puerta de la jaula a aquel pajarillo acobardado que nunca hubiera pensado que fuera de ella, la gente vivía, reía y amaba. Sobre todo amaba. Y le hice perder el miedo a la libertad a la que tanto temía, empujándola a que volara muy lejos. Tanto, que no volverás a verla más. Y lo sabes.

 Lo siento Reme. O no, no lo siento. No sé. Tal vez una noche se te acabe el veneno y dejes de odiarnos. A mí, a Marga, a ella, especialmente a ella, y a todos los pajarillos que un día deciden escapar de sus jaulas.

  

                                                                                                                                  José Miguel Bel

     6 de febrero de 2012

sábado, 11 de febrero de 2012

La barca

En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminan por la playa como dos cormoranes heridos.

Desde lo alto de unas rocas alguien los observa escondido. Mailin, un niño maorí de catorce años, viene a jugar a este islote desde que era pequeño y nunca había visto a dos personas con ese aspecto por allí. Intrigado, sigue con atención sus movimientos. Se pregunta quiénes serán esos hombres y qué haran en su islote. Parecen cansados, tristes y perdidos. El también está triste. Ultimamente las cosas con su padre no van bien y por eso le gusta venir a la isla, para pensar y estar tranquilo.

Durante un buen rato los hombres no se mueven. Mailin decide volver a su pequeño barco y regresar a casa. Se ha hecho tarde y no quiere discutir con su padre otra vez. Cuando está a punto de marcharse, uno de los hombres se pone de pie y comienza a gritar algo que no comprende. Parece deseperado, levanta los brazos al cielo y llora. Mailin se siente muy apenado y también un poco asustado. Tal vez aquellos hombres eran peligrosos, tal vez era un imprudente quedándose allí. ¿ Y si le veían ?. Mejor era esconderse bien y esperar a que volvieran a dormirse.

Entonces los náufragos empezaron a andar de nuevo : habían decidido inspeccionar la isla. Probablemente estarían hambrientos y sedientos. Caminaban por la playa y pronto llegarían a donde estaba su barquito. ¿ Y si se llevaban su barca ?. Mailin no sabía qué hacer y solo podía pensar en lo enfadado que estaría su padre. Decidió bajar de su escondite a ir a buscar su barco. Si se daba prisa llegaría antes que ellos. Corrió por la ladera cuanto pudo, casi estaba llegando cuando se dio cuenta de que los dos hombres habían visto la barca y también a él. Ellos también intentaban correr pero estaban tan malheridos que apenas podían hacerlo. Mailin subió al bote y remó con fuerza mar adentro. De repente sentía pánico, aquellos hombres le gritaban, le imploraban, se metían en el agua siguiéndolo. Por un momento pensó que lo alcanzarían.

Mientras remaba se iba sintiendo aliviado pero no podía dejar de pensar en la mirada de aquellos hombres, entre furiosa y suplicante, como si todo su destino dependiera de aquel humilde barco. Los remordimientos iban aumentando y pasado el susto, solo quedaba el pesar. Se sintió cobarde y mezquino. Entonces, en un arrebato de temeridad, dio media vuelta y se puso a remar en sentido contrario, rumbo al islote otra vez.

Cuando avistó la playa, los hombres estaban sentados, sin reaccionar ante su presencia. Parece que no creían lo que veían. Mailin les hizo un gesto invitandoles a subir a la barca y ellos, sin pensarselo dos veces, subieron a bordo, llorando de alivio y de alegría, al sentirse salvados por aquel ángel maorí.

viernes, 10 de febrero de 2012

Cotilleo morboso

Era una bonita mañana de primavera, Paloma se fue a pasear por el parque cercano a su casa y se encontró a su amiga Candela.

* !! Paloma, qué alegría ¡¡. Tenía muchas ganas de verte y además te vas a sorprender con el notición que tengo que darte.
* Yo también me alegro de verte y ya me tienes intrigada con esa noticia que anuncias con tanto entusiasmo. Vayamos a tomar algo mientras conversamos.

Ambas amigas se dirigen a la terraza junto al estanque y una vez servidas las bebidas, se dirigen mutuamente miradas llenas de complicidad.

* Y bien, cuenta, cuenta – dice Paloma.
* Pues verás, -- continua Candela. Hace un par de días estaba en el vestuario del gimnasio y escucho una conversación a dos desconocidas que me dejó impactada. Hablaban de una forma un tanto enigmática, pero yo puse mis cinco sentidos en estado de alerta y no te imaginas lo que pude ir asociando.
* Vamos, vamos, Candela. Ve al grano y no me intrigues más, -- comenta Paloma.
* Atenta, pues. Comentaban entre ellas sobre los efectos que producían unas pastillas que ambas consumían para mantenerse en forma. Noté a una de ellas muy preocupada y además yo la veía excesivamente delgada. Anoté mentalmente el nombre de las susodichas pastillas, cuando las nombraron y con la curiosidad que me caracteriza, llegué a casa y empecé a indagar en Internet. Sorpréndete : el principal efecto secundario de ese producto es el riesgo a un cáncer. ¿Tu crees que vale la pena correr ese riesgo por estar en forma?
* Por supuesto que no – respondió Paloma. Vamos a olvidarnos de la figura y vayamos a deleitarnos con una gran mariscada.

Momentos de Cambios

Cada mañana al despertar, Rosa contempla desde la cama el cielo, que
poco a poco, se va aclarando y la cúpula de una iglesia cercana. Es una cúpula de estilo bizantino, cubierta de mosaicos multicolores, que tiene a Rosa fascinada.

Esta mañana, al contemplar dicha cúpula, el recuerdo de las últimas vacaciones, hizo reflexionar a Rosa sobre los cambios que había sufrido su vida desde ese momento.

Viajó sola a Estambul, con la intención de descubrir cada rincón de esa maravillosa ciudad. Tras contemplar una espléndida puesta de sol en el Bósforo y tomar una ligera cena, se retiró a descansar.

Comienza el nuevo día con gran vitalidad e ilusión. Durante toda la mañana no para de deambular, hasta que al mediodía el estómago le reclama un poco de atención. No tardó en encontrar un restaurante, que le resultó muy acogedor. Para acompañar la comida pide una copa de vino y ahí viene la sorpresa: muy educadamente le informan que no pueden servir alcohol a las damas. Ofendida, se levanta y se encamina hacia la salida. Los pocos comensales (en su mayoría hombres) la contemplan sorprendidos, especialmente porque va sola.

Sale tan atolondrada a la calle, que tropieza con un peatón. Al disculparse, el atropellado la identifica como compatriota y se presenta. Pedro es un malagueño entrado en años. Pintor, un tanto bohemio, que llegó a Estambul por un encargo concreto, pero ya lleva allí veinte años.

Cuando Rosa le cuenta a Pedro lo que acaba de ocurrir en el restaurante, éste se ofrece para acompañarla a otro lugar, donde no tendrá que prescindir del vino en la comida. Allí se dirigen y la conversación que mantienen durante el almuerzo hará que la vida profesional de Rosa de un giro de 180 grados.

Al regresar a Madrid, nuestra protagonista tiene en mente nuevos proyectos, que no tarda en llevar a la práctica.

Siempre se sintió un tanto frustrada por no haber podido realizar sus sueños de estudiar Bellas Artes. Siguiendo el fluir de la vida, ha realizado distintos trabajos y el que ha tenido últimamente como secretaria, no colmaba sus anhelos. Su encuentro con Estambul y especialmente con Pedro, le lleva a la decisión de aceptar un trabajo de dibujante en un estudio de Arquitectura y aquí tenemos a Rosa, lápiz en ristre, por la calles de Madrid dibujando cuanto edificio interesante encuentra a su paso y sintiéndose totalmente realizada. El tener una jornada flexible, le va a permitir además iniciar su carrera en Bellas Artes.

jueves, 9 de febrero de 2012

A.G.U.A.



El despacho es sencillo e impersonal. Tras la mesa, en una silla de oficina con alto respaldo y ruedas giratorias, se sienta un hombre de mediana edad, con bastantes entradas y espalda cargada. Al otro lado de la mesa, sobre una silla confidente sin reposabrazos, está un joven rubio con gafas redondas de montura metálica y mirada miope.

- ¿Ha recibido Ud. los informes de los secretarios provinciales?- pregunta el hombre de más edad.

- Me falta sólo el de Granada, don Manuel – responde el joven mirando su cuaderno de notas.

- ¿Algo destacado?

- Lo de siempre. Que si de este año no pasa que Ud. dimita, que si esto no puede seguir así, que si patatín, que si patatán. Bueno, hay una cosa nueva. En Sevilla corre el rumor de que va a presentarse Carmona.

- ¿Carmona? ¡Pero si apenas hace dos años que ha entrado! Mire Ud., yo llevo aquí veinte años por algo. No puede ser presidente de A.G.U.A. cualquier mindundi. Porque, vamos a ver García, ¿qué méritos puede alegar ese tío?

El joven García pasa rápidamente las hojas de su cuaderno y, rehuyendo la mirada de su jefe, contesta:

-Parece ser que la Renfe le tiene prohibido viajar en AVE porque siempre que va él, tiene retraso el tren.

- ¿Y eso qué? ¿Acaso lo va a comparar con lo que yo tengo acreditado?

-Desde luego que no. Lo de que se quemara el edificio Windsor el día en que Ud. dejó el coche en el aparcamiento de AZCA no es fácil de superar.

-¿Y qué me dice de lo de Lehman Brothers?

-Es verdad, aquello si que fue grande. Compra Ud. doscientas acciones y a la semana siguiente quiebra la empresa. Ahora que este Carmona, por lo que dicen tampoco es manco. Me han comentado que sacó las oposiciones un mes antes de que bajaran el sueldo a los funcionarios.

-¡Habladurías! ¡No, si ahora dirán que iba en el Costa Crucero cuando chocó con los arrecifes! 

Don Manuel se levanta de su asiento y se acerca a la pared en la que cuelga un calendario con una imagen de las Torres Gemelas humeantes.

- Las elecciones son el mes que viene. ¿qué se le ocurre que hagamos?- dice dirigiéndose a García.

-Se le pueden enviar diez décimos de lotería, cada uno con terminación diferente. Así seguro que le toca alguno.

- Si, pero eso me saldría por un pico. Mejor le mandamos un elefante con la trompa hacia arriba y herraduras en las cuatro patas. Prepárelo todo García.

Y sin mirar a su interlocutor, vuelve a sentarse en su silla y comienza a hojear unos papeles, dando por terminada la entrevista.

El joven se levanta para retirarse. Camino de la puerta se para delante del calendario que está ligeramente ladeado y lo endereza. Es el calendario que envían a todos los socios. Sobre el fondo de la foto, en grandes letras destaca el anagrama A.G.U.A. y debajo, en letra más pequeña su significado: Asociación de Gafes Unidos de Andalucía.

José L. Cereceda

lunes, 6 de febrero de 2012

MI CHISME

El viernes pasado estando yo, en la parada del autobús, para irme a las rebajas. Pude ver que venía al mismo autobús una amiga. Después de saludarnos me comentó, que ella acudía a las rebajas, yo la comenté que también.
Llegó el autobús, subimos y viendo que había dos asientos libres, nos sentamos juntas.
Comenzamos mi amiga y yo a charlar de distintas cosas, pero no sé como, tocamos un tema, que me sorprendió.
Comenzó diciéndome:
Mi portero era muy limpio, fregaba el portal y la escalera con agua limpia, al que añadía un detergente con un agradable olor. Los cristales estaban relucientes, hasta el punto que alguna vez me vi tentada a decirle al portero: ¡ A ver si me limpia los de mi casa !.
No, no te preocupes, que no llegué a decírselo. Los dorados, estaban que parecían realmente de oro, de lo brillantes que los dejaba. Y así todas las cosas.
Un día le escuchamos quejarse, porque llegaron unos vecinos con un perro a la casa, y decía el portero que se hacía pis en el ascensor, reprendiendo a los dueños para que fuesen más cuidadosos. Parece que no le gustan mucho los perros al portero.
La mujer del portero fuma, y el portero alguna vez ha comentado, no hay quien le quite esa dependencia a mi mujer.
El portero reprendía a los vecinos que fumaban en el ascensor, y que a veces le dejaban las colillas en el suelo. Y el olor no era agradable, en un espacio tan pequeño como es un ascensor, cosa que los demás vecinos le dimos la razón.
El portero nos ha contado a los vecinos, que él se fumaba un puro, cuando ganaba su equipo de futbol. No debía de fumarse muchos, pues siempre estaba renegando de que no ganaban el partido.
Después de contarte estas cosas, ahora viene mi enfado. A lo que yo la pregunté ¿Has tenido algún enfrentamiento con tu portero?. ¡No aún no!. Pero resulta que hace 2 o 3 años se fue de vacaciones, nos contó a los vecinos su viaje. ¡Cosa normal !. Pero resulta, que se compró y también le regalaron en su viaje, varias cajas de puros.
Ahora desde por la mañana temprano, se fuma un puro, y otro, y otro. Y no veas, que perfume tenemos en toda la casa, a parte de las telas de araña. No sé si todo esto es normal, pero a mí me parece muy raro.
Un detalle: Su mujer se ha prejubilado el año pasado. Me dirás ¿que tiene que ver eso?. Verás: ahora tenemos colillas por las escaleras, los cristales están…puf. Los dorados ya no son dorados. Para verle en la portería, hay que concertar cita, pues no sabemos ningún vecino donde se mete en las horas de la portería. El cartero trae paquetes, y se los tiene que llevar, a no ser que abra el portal algún vecino. También te diré que se ha comprado un perro, que no es de los pequeños. Y que el perro, nos gruñe a los vecinos.
El otro día, se tiró a mí el perrito de las narices. ¡Menudo susto me dio!. Menos mal que consiguió el portero arrastrarlo, si arrastrarlo hacia el portal. Luego me pidió disculpas.
Pero a otro vecino también se le ha tirado el perro. Por suerte solo le dio un gran susto, por la mañana antes de irse a trabajar.
Yo pienso me dijo mi amiga: Como se ha prejubilado la mujer, y tienen una casa en la playa…, algo tiene que ver su cambio con esto.
¿Tú que opinas?.
Y llegó el autobús a Callao, parada final en donde nos bajamos todos del autobús.

RosaMari

jueves, 2 de febrero de 2012

Náufragos


En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminaban por la playa como dos cormoranes heridos. Ambos procedían de un crucero que naufragó y cuando intentaron sobrevivir nadando con todas sus fuerzas, lo hicieron en dirección contraria a los equipos de rescate. Cuando estaban al borde del agotamiento, un pez los transportó sobre su lomo, hasta depositarlos en el islote donde ahora se encuentran.
Nuestros dos protagonistas, uno llamado John ( ejecutivo de Walt Street ) y el otro Eduard (conserje de un edificio de oficinas, también en Manhatan ), tienen un carácter muy distinto uno de otro. John es impetuoso, impaciente e hiperactivo, mientras que Eduard es pura calma y reflexión.
Pasados varios días tras el naufragio, las posibilidades de ser rescatados son cada vez menores, debido a la distancia que se encuentran del lugar del suceso. John está continuamente irritable y desesperado, lamentando no disponer de su móvil, su portátil o su e-pad para poder comunicarse y pedir auxilio. Eduard soporta al compañero con tranquilidad y confía que de algún lado surgirá la ayuda que necesitan.
¡! EUREKA ¡! De pronto en el horizonte divisan un barco, que puede suponer su salvación. John, dando saltos de júbilo, comienza a gritar y a agitar los brazos para llamar la atención del susodicho barco. Viendo que sus llamadas no dan resultado y el barco sigue su rumbo, sin dirigirse a la isla, incrimina a su compañero por no unirse a sus gritos de auxilio. Eduard mientras tanto ha estado pacientemente buscando ramas secas en aquel islote tan inhóspito y cuando ha conseguido una cantidad suficiente, recurre a dos pedruscos (que si son abundantes allí) y los frota con todas sus fuerzas hasta conseguir una pequeña llamita que prende las ramas. Poco a poco, se va formando una hoguera, la cual genera un humo que cada vez asciende con más fuerza y se hace visible desde el barco. Alertada la tripulación, cambian el rumbo del barco y por fin termina el infortunio de los náufragos.


Magdalena Blanco - Febrero 2012

SOPAS DE AJO

Mi abuela vivió sola en su casa del pueblo hasta que tuvo casi ochenta años. Desde que mi abuelo murió, y eso fue muy pronto, porque yo casi ni le recuerdo, hasta que un día de golpe y porrazo algo cambió en su mirada y tuvimos que traerla a la ciudad a vivir con nosotros. Fue entonces cuando comprendí con claridad eso que llaman los saltos generacionales,  que hacen que los nietos se entiendan mejor con sus abuelos de lo que se entienden con sus padres. Mi madre se enfadaba con mi abuela continuamente, al igual que yo lo hacía con ella, y en cambio mi abuela y yo nos llevábamos a las mil maravillas.
Siempre tendré en mi recuerdo aquellos tres años que vivió con nosotros, hasta que aquello, que había hecho presencia en su mirada, se la llevó por delante. Durante esos tres años se instaló en nuestra casa el olor a pueblo que mi abuela llevaba impregnado en sus ropas, su pelo blanco como el algodón y sus manos de trabajadora. Todas las mañanas me despertaba temprano y salía corriendo de la cama para poder verla, ahí sentada en la cocina, con los cristales de las ventanas empañados por su calor humano, con la hogaza de pan del día anterior apoyada en su regazo como un violín y con el cuchillo en mano como el arco cortando pequeños trozos de rebanada de pan, que sonaban a notas musicales al caer al puchero de barro. Era todo un ritual, el agua hirviendo, el olor a ajo machacado en el mortero, el pimentón, ah el pimentón, ese era el principal problema entre mi madre y ella, picante o no. Esa era la discusión eterna de todas la mañanas, y la que yo me encargaba de boicotear cambiando el bote de pimentón dulce por el picante en cuanto mi madre salía de la cocina o se despistaba.
Sigo acordándome aún de aquellos años, cuando vuelvo a la casa familiar y rompo con el salto generacional cortándole a mi madre un trozo de chorizo picante a escondidas, cuando mi hermana mayor se despista de la cocina, y me parece ver en los ojos de ella aquel brillo que veía en los de mi abuela.

Sofía Menéndez
27.01.12