viernes, 15 de junio de 2012

Un hombre de suerte


Jordi se consideraba un hombre de suerte. Había nacido en una familia acomodada que le había proporcionado cariño, una exquisita educación y un apellido ilustre. Antes de terminar sus estudios había empezado a trabajar en la empresa familiar como adjunto a la Dirección. En la Escuela de Negocios había conocido a Mercedes y, casi de inmediato,  se enamoraron. Cuando ella se graduó se casaron y se fueron a vivir a un piso que la familia de Mercedes tenía en Pedralbes.
Al venir los gemelos decidieron, de común acuerdo, que era preferible que ella dejara su trabajo en el banco y se dedicara a cuidarlos. Al año, Mercedes le dijo a su marido que sentía que se estaba consumiendo  y necesitaba volver a trabajar por lo que tomaron una niñera para que se hiciera cargo de los niños mientras ellos estaban fuera.   
Por motivos de trabajo, Jordi tiene que viajar con frecuencia a Madrid. Siempre que le es posible, prefiere ir y volver en el día. Aunque la capital le gusta, odia las noches solitarias en el impersonal hotel en el que a veces ha tenido que alojarse, porque una reunión se ha alargado más de la cuenta. Por eso, hoy se siente particularmente afortunado. Para la hora de la comida ha conseguido cerrar el contrato en el Ministerio y dispone de dos horas hasta tomar el AVE que le devuelva a casa.
A la salida del Ministerio ve un anuncio de una exposición sobre Rafael que se celebra en el Museo del Prado. Rafael es uno de sus pintores favoritos. Quedó prendado de él cuando estuvo con Mercedes en Roma. Consulta el horario y comprueba que puede hacer una visita rápida. La verdad es que le apetece muchísimo, pero también le gustaría llegar pronto a casa y poder jugar un rato con los gemelos, antes de bañarlos. Podría cambiar el billete y llegar a casa una hora u hora y media antes de lo previsto. Jordi duda.
Opción A
La visita a la exposición de Rafael ha merecido la pena. Aunque ha sido necesariamente rápida y no ha podido dedicar a cada cuadro más de medio minuto, a Jordi le ha producido una extraordinaria impresión. Tiene que comentárselo a Mercedes para que, aprovechando uno de sus viajes, venga a verla.
El tren llega con puntualidad a la estación de Sants. Luce un sol brillante. El suelo está mojado y el aire se siente limpio tras la tormenta. Jordi toma un taxi y le indica al conductor la dirección de su casa. En el camino pasan por delante de un hotel a cuyas puertas hay una aglomeración. Al parecer, se hospeda un grupo musical famoso y sus fans llevan horas esperando que salgan para pedirles un autógrafo.
Cuando Jordi llega a su casa encuentra a su mujer, todavía con ropa de calle, que está en la habitación de los niños, sentada en el suelo con ellos, sonriente, cantando una canción infantil.  Mercedes tiene el pelo ligeramente húmedo. La luz que entra por la ventana, tamizada por los visillos, realza el tono dorado de sus cabellos. Jordi se agacha para besar a su esposa. Después se quita la chaqueta, se desabrocha el nudo de la corbata y sentándose en el suelo se une al coro:
-        “Una babosa. ¿Será peligrosa? ¿La piso o no la piso? Uy, la pise. ¡Pobre babosa!”



Opción B
Jordi está contento porque ha podido cambiar el billete para salir una hora antes. Ha tenido que pagar un extra porque ese tren es directo pero así llegará todavía con más antelación. Piensa que podía llamar a Mercedes para avisarla, pero prefiere darle la sorpresa. Le comentará lo de la exposición de Rafael por si a ella le apetece ir a verla. Tal vez podrían aprovechar uno de sus viajes o hacer una escapada romántica de fin de semana.
El tren llega con puntualidad a la estación de Sants. El cielo está encapotado y el ambiente es bochornoso, presagiando tormenta. Jordi toma un taxi y le indica al conductor la dirección de su casa. En el camino pasan por delante de un hotel a cuyas puertas hay una aglomeración. Al parecer, se hospeda un grupo musical famoso y sus fans están esperando que salgan para pedirles un autógrafo. El taxi tiene que aminorar la velocidad hasta casi pararse. Jordi mira hacia la entrada del hotel y ve una pareja que sale, abrazados por la cintura y comiéndose a besos. Jordi se fija en el culo de la mujer. Su vestido le recuerda uno que se estrenó Mercedes hace poco y el peinado es como el de Mercedes. La pareja deja de besarse para tomar aliento y entonces pueden verse sus rostros. El taxista se sobresalta cuando ve que Jordi abre violentamente la puerta y sale mascullando:  ¡La moto, yo la mato!.

viernes, 1 de junio de 2012

La fiera


El último curso de primaria fue un calvario. Mi padre era militar y le habían destinado a aquella ciudad en octubre por lo que empecé en el colegio dos meses después de que hubieran comenzado las clases. A pesar de este retraso, no me costó mucho coger el ritmo del grupo. El nivel no era demasiado alto y yo había superado el curso anterior con muy buenas notas.  Los profesores, en general, eran agradables y el colegio tenía un patio grande con soportales y un gran campo de deportes.
Podía haber sido un buen sitio sino hubiera sido por los tres matones que había en la clase de al lado. El primer día que fui al colegio, durante el recreo, me rodearon y empezaron a burlarse de mi pelo:
-          Panocha, panochita- dijo el que parecía el jefe, un gigante que medía diez centímetros más que yo.
-          ¿Qué traes de desayuno?- preguntó otro más pequeño, mientras me empujaba contra la pared.
-          A ver, danos eso- dijo el tercero, tomando el bocadillo que yo asustado les mostré.
-          No se te ocurra chivarte o te damos una paliza- me advirtió el mayor.
Se fueron a un extremo del patio a repartirse el botín y yo me quedé hambriento y humillado, ante la mirada furtiva de los demás compañeros.
El resto del curso se repitió la escena casi todos los días. Yo comencé a comportarme mal en clase para ser castigado sin recreo y poder así evitar el suplicio. Al terminar las clases procuraba salir de los primeros para esquivarlos en el camino de regreso a casa, pero no siempre lo conseguía y en ese caso tenía que soportar sus empujones, zancadillas y tirones de pelo. Algún día tuve que salir corriendo, huyendo de ellos y llegué a casa acalorado por la carrera y por la impotencia. Mi madre me preguntó la causa y yo le conté que había echado una carrera con uno de mis compañeros que vivía en una casa cercana.
El final de curso lo viví como el preso al que se le termina la condena. Mi madre y mis hermanos pequeños se fueron a la playa nada más terminar las clases. Yo tuve que quedarme con mi padre todo el mes de julio porque tenía que recuperar las matemáticas y el inglés. Mis padres contrataron un profesor particular que me daba dos horas de clase diaria. Vivía en un barrio cercano y yo iba a su casa a primera hora de la mañana.        
Un día de mediados de julio, al salir de clase, iba caminando abstraído, preocupado en buscar la sombra de los árboles cuando oí un grito burlón:
-          ¡Panochita!
Era el más pequeño de mis verdugos que venía de frente por la misma acera. Intenté esquivarle pero se puso frente a mí y me impidió el paso, comenzando a empujarme mientras seguía con sus insultos. Traté de dar la vuelta, pero el maldito Polichinela fue más rápido y me cortó el paso. Me volví a girar y el enano empezó a saltar para darme collejas. Al sentir el golpe de su mano en la cabeza, me asaltó una furia asesina. Me revolví, solté los libros que llevaba y le agarré por el cuello apretando con fuerza. Sorprendido y asustado, empezó a mover sus cortos brazos como las aspas de un molino y a patalear, intentando zafarse, sin conseguirlo. En ese momento yo era insensible al dolor y sus patadas y arañazos no me hacían más efecto que las picaduras de un mosquito.
Su cara se iba poniendo cada vez más roja. Pasó una mujer con un niño a nuestro lado y se apartó mirándome con miedo mientras murmuraba:
-          Sinverguenza. Gamberro.
Quise gritar que no era lo que parecía, que yo era la víctima, que sólo me estaba defendiendo e inconscientemente aflojé la presión de mis manos, momento que aprovechó mi presa para salir corriendo, boqueando para tomar aire.
Me quedé paralizado, mirando mis manos con horror. Me agaché a recoger los libros y un temblor recorrió todo mi cuerpo. Tuve que sentarme en el suelo porque no estaba seguro de poder mantener el equilibrio. Estaba embriagado de victoria y de asco, de poder y de miedo. Estuve así un buen rato, hasta que recuperé el control. Cuando me levanté, dos lágrimas corrían por mis mejillas.