jueves, 29 de marzo de 2012

Y volveré



Recuerdo Eniesta. Por sus calles empinadas paseé mi juventud y en la escalinata de su catedral, un domingo de junio a la salida de misa, conocí a Martín. Hace veintitrés años que vine a Madrid y desde entonces sólo he vuelto en una ocasión, al poco de nacer mi hijo. Fue el viaje más triste de mi vida. Llegué a Eniesta con el niño en el tren correo, de madrugada. Evitando a las pocas personas que circulaban a esas horas fui hasta la inclusa y allí le dejé, sin nada que pudiera permitir su identificación y averiguar su origen. Desde aquel día he lamentado mi cobardía.
No debía haber huido cuando tuve las primeras señales de que la relación con Martín había dado fruto. Al fin y al cabo, nosotros éramos una pareja que, como tantas otras, había decidido vivir al día. La guerra había trastocado nuestra existencia, instalándonos en la incertidumbre permanente e impulsándonos a tomar la vida a borbotones. Al empezar la contienda, sus estancias en el frente eran cortas y nuestros reencuentros fugaces y apasionados. Luego, su batallón fue destinado cerca de Madrid y sus visitas se espaciaron. Cuando me dijeron que Martín había muerto durante un contraataque de los moros en el cerro Garabitas me desmayé. Al día siguente empezaron los vómitos. Todos pensaron que era el impacto de la noticia pero yo sabía la verdad. Me faltó valor para afrontarlo y escapé con unos cómicos, antes de que los síntomas de mi embarazo fueran evidentes.
En Madrid busqué alguna ocupación. No era fácil, en mi estado,  encontrar trabajo en una ciudad que estaba prácticamente sitiada. Fui camarera, escribiente y auxiliar en un despacho de pan. Incluso estuve un tiempo, después del parto,  como ama de cría. Al acabar la guerra, no había muchas oportunidades para los que no podíamos acreditar nuestra fidelidad al bando vencedor.  Y así empecé a ir a los locales que frecuentaban los soldados y cambié mi nombre cien veces, ayer Rocío, hoy Lola, mañana quién sabe. En Pasapoga, donde he atendido a la clientela durante los últimos ocho años, me conocen por Charo, la pelirroja.
Aunque no he vuelto a Eniesta en todo este tiempo, nunca he dejado de interesarme por mi hijo. Supe que con tres años tuvo unas fiebres que estuvieron a punto de llevárselo de este mundo. También me enteré cuando hizo la primera comunión y cuando aprobó el bachillerato. Sólo tengo una foto suya con el equipo de fútbol del instituto. Apareció en el periódico local cuando ganaron el campeonato juvenil, en el 56.
Desde hace unos meses no dejo de pensar en volver. Ya no tengo familia allí, pero está él. Me he enterado que va a casarse con una hija de los Barahona. ¡Lo que no daría yo por ser la madrina en su boda! Seguramente, dentro de un año tendrán un crío que sacarán a pasear por la alameda. Sueño con conocer a ese niño, con ver como crece, con acariciar su pelo y besar su mejilla. He pensado retirarme y con el dinero que tengo ahorrado montar una tienda de modas o de lencería en Eniesta, cerca de la casa de mi hijo. Así podría coincidir con él de forma natural, incluso podría llegar a entablar relación con su mujer. No quiero perder esta oportunidad, pero tengo miedo de que alguien me reconozca. A veces me despierto agitada porque sueño que mi hijo descubre avergonzado que soy su madre. Hay algo peor que ser hijo de nadie y es ser hijo de puta.
Hoy, al fin, me he decidido. Me haré un corte de pelo sencillo y me lo teñiré de castaño. Y volveré. El equipaje ya lo tengo preparado. Casi todo lo que voy a llevar está guardado en el pequeño baúl que me traje cuando vine a Madrid. El resto de mis cosas, los vestidos, la bisutería y las otras herramientas de trabajo, como esa pitillera plateada que siempre llevo vacía, voy a dejárselo a las chicas. En Eniesta llamarían demasiado la atención. He decidido irme el próximo domingo, coincidiendo con el comienzo de las fiestas de la Patrona. Entre tanto forastero, mi llegada pasará desapercibida. Ahora sólo me queda encontrar quién nos lleve de vuelta a mi baúl y a mí.

viernes, 16 de marzo de 2012

Faraday o el ángel de la guarda



Aquel 11 de marzo, el tren nº 21.435 con destino Alcobendas se detuvo apenas un minuto en la estación de Alcalá de Henares. Los usuarios situados en el andén,  conocedores de la brevedad de la parada, apenas esperaron a que se apearan unos cuantos estudiantes procedentes de Guadalajara y se apresuraron a subir rápidamente, mientras sonaba el silbato que advertía de la próxima partida del convoy.  

Son las 7:10 de la mañana cuando el tren reinicia su marcha. Los viajeros que acaban de subir buscan el mejor acomodo posible. Los que han logrado sentarse podrán  aprovechar el viaje para leer una novela o revisar los apuntes del último día. La mayoría sin embargo va de pie en la plataforma y sólo podrán entretenerse observando el tráfico de la carretera que circula paralela a las vías o mirando por encima del hombro el periódico de algún viajero más afortunado.

Entre los pasajeros que subieron en Alcalá hay un joven de unos 25 años que se ha situado en el espacio entre dos asientos, agarrándose a la barra con una mano. A sus pies tiene una mochila que parece comprada recientemente. Escudriña con la mirada todo el vagón y mira el reloj repetidamente. En la inspección, su mirada se cruza con una mujer tocada con un velo que tiene acurrucado sobre su pecho un niño de unos dos años.

En las siguientes cuatro estaciones se incorporan nuevos viajeros. Casi nadie desciende en ellas. Cuando el tren se aproxima a Vicálvaro, los pasajeros que van a bajar en esa estación comienzan a prepararse, tomando sus pertenencias y el joven aprovecha para subir la mochila al portaequipajes que hay sobre los asientos. Después, sin apresurarse, se aproxima a la puerta para bajarse en la siguiente estación. Vuelve la cabeza con la esperanza de ver a la mujer del velo preparase para bajar, pero sigue en su asiento, con el niño en la misma postura. -¡Es una pena!- piensa, pero destierra inmediatamente el sentimiento de piedad y se abrocha la cremallera de la sudadera. En cuanto el tren se para y se abren las puertas baja con rapidez los dos escalones y se dirige hacia los torniquetes del Metro.

Cuando llegó a su casa, en el centro de Madrid, lo primero que hizo fue encender la televisión. Esperaba que en los noticiarios de la mañana informaran del suceso. Sin embargo, la presentadora siguió relatando los actos de la campaña electoral que el viernes tocaba a su fin. Estaba confuso. Él sólo tenía que colocar la mochila que le habían entregado y otro se encargaría de hacer la llamada que activaría el mortífero mecanismo. Pasó toda la mañana pegado al televisor. En el Telediario del mediodía dijeron que se habían encontrado en cuatro trenes de cercanías trece mochilas conteniendo un potente explosivo que sería activado mediante la llamada de un teléfono móvil. Seguramente para proteger la macabra carga de la humedad, la habían envuelto en papel de aluminio.



sábado, 10 de marzo de 2012

Aquí hay muchos noveles


Magia potagia. El grupo creció!


EL NIÑO QUE JUGABA CON MUÑECAS

Después de la cena, nos levantamos los tres de la mesa, y nos dirigimos a la salita de estar. Para degustar unas exóticas infusiones de: Jazmín, manzanilla, menta, melisa, y un toque de canela, endulzadas con azúcar morena.
La acogedora salita de estar, en donde nos acomodamos, las paredes eran de color salmón, que hacían reasaltar las cortinas de raso, en diferentes tonos pastel, que a su vez hacia resaltar, el color fresa de los grandes y cómodos butacones, con sus reposa-pies, situados sobre la pequeña alfombra bordada con rosas, sobre un fondo fresa muy pálido, realizada en la Real Fabrica de Tapices de la Granja en Segovia, y que estaban frente a la encendida chimenea francesa, que hacía cambiar los colores de la lámpara situada en el techo de cristales de diferentes tonalidades, haciendo bonitos juego de luces conjuntando con las cortinas y los candelabros que bien situados sobre la chimenea permanecían encendidos. La suave música del concierto de Aranjuez envolvía la cálida salita de estar.
Teresa fue la primera en romper el silencio. ¡Quién nos iba a decir cuando éramos pequeños y los tres jugábamos con muñecas, lo que hoy tenemos y que estaríamos aquí!.
Jacinta añadió, aún recuerdo cuando venían nuestros primos y amigas a casa y en más de una ocasión que a veces no me gustaría recordad, se burlaban de ti Juanjo, por que jugabas con muñecas, pero fueron pasando los años, y ahora nadie se burla, incluso hay quienes nos tiene algo de pelusilla…
No penséis en eso, replicó Juanjo. Lo importante es que hemos ayudado a personas con grandes valías, y mañana será un día esplendido y espectacular, cuando anunciemos en la pasarela Fashion Week Madrid ,nuestra despedida en el diseño dando paso a nuevas generaciones en las que hay personas muy preparadas para ocupar importantes puestos dentro de la moda, el diseño, la costura y el ámbito de la alta costura, nuestros objetivos están más que cumplidos. Ahora es tiempo de seguir ayudando .Teresa puntualizó… Este hermano pequeño nuestro, siempre pensando en ayudar a los demás, como si durante toda su vida no lo hubiese hecho de diferentes formas como dando clases, instruyendo a nuevos aprendices, capacitando a modelos, diseñando ropa para la familia que solo cuando llegamos donde llegamos se acordaron de nosotros… ¡Vale Ya !. interrumpió Jacinta . Juanjo siempre ha tenido un gran corazón al igual que una gran visión de futuro, y nosotras siempre le hemos apoyado, contribuyendo también con nuestros diseños y sugerencias que siempre aceptó, valoró y como buen relaciones publicas realizamos un buen equipo entre los tres hermanos, siendo lo que somos hoy.
Juanjo con voz suave y cariñosa dijo: Gracias Teresa y gracias Jacinta, sin vuestra ayuda cuando éramos pequeños, y me enseñasteis a jugar con las muñecas defendiéndome cuando me tachaban de lo que no soy. Haciéndome ver grandes valores como el de ser sensible ante el arte, el diseño, la costura, y sobre todo de la importancia y sensibilidad de la mujer para captar cosas, que a veces no se valoran.
Mañana será otra vez, un gran día para la moda en España. Sí y también para ti, dijeron las dos hermanas al unísono…después de esta coincidencia, les dio la risa a los tres hermanos y siguieron disfrutando de su exótica infusión en una relajante velada familiar.

viernes, 2 de marzo de 2012

El despertador



El despertador se lo había regalado Fermín cuando eran novios. Era uno de los primeros modelos de radio-despertador, bajito y de ancha base, con una pantalla digital de leds verdes y mandos a los lados.  Al principio a Tonia le parecía maravilloso eso de despertarse suavemente con música en lugar de sobresaltarse cuando sonaba la estridente campanilla de su antiguo reloj. Por la noche, al acostarse, activaba el despertador si tenía que madrugar al día siguiente y sintonizaba su emisora favorita, programando la radio para que se apagara a los veinte minutos. Decía que la arrullaba y se quedaba dormida aunque en la tertulia radiofónica estuvieran discutiendo tirios y troyanos.

Durante treinta años, aquel aparato había marcado el ritmo de sus vidas. Había sido la voz que les había recordado sus obligaciones cada mañana y el encargado de que no perdieran el avión aquel año que fueron a Disneyland. Gracias a él sus hijos llegaron a tiempo al examen de selectividad y Tonia había logrado todos los años el complemento de puntualidad que daban en su empresa.

Y hoy había fallado. Esta mañana, en lugar de encenderse a las 6:40 como estaba programado, permaneció mudo. Los minutos fueron corriendo en su pantalla sin que nada rompiera el silencio en el dormitorio, hasta que Fermín entreabrió un ojo y le llamó la atención la claridad que entraba por la ventana. Entonces se incorporó y miró al reloj. Cuando vió la hora que señalaba dio un brinco y exclamó:
- ¡Coño! ¡Son las siete y veinte! ¡Voy a llegar tarde!- Y mientras decía esto se levantaba, se ponía su batín y se dirigía apresuradamente al baño.

Tonia más pausada, se fue a la cocina, puso la cafetera y se sentó en una silla. Estaba en actitud pensativa, sujetándose la cabeza con el brazo que tenía apoyado en la mesa. Cuando el café estuvo listo, se levantó y preparó dos tazas. Tomó una de ellas y se volvió a sentar. Fermín apareció ajustándose el nudo de la corbata con la habilidad que da la práctica continuada.

-          ¿Qué haces ahí sentada?- le dijo a su mujer y continuó sin esperar respuesta:
-          ¿Seguro que pusiste anoche el despertador?
-          Pues claro- contestó ella.

Fermín fue al dormitorio para terminar de vestirse y de paso, comprobó que efectivamente, el despertador estaba programado para que la radio se encendiera a la hora de costumbre. Cuando volvió a la cocina tomó la taza de café que le había preparado Tonia y le dijo a su mujer:

-          Ese maldito trasto nos la ha jugado. Habrá que jubilarlo.
-          ¡Ni hablar! - contesta ella.
-          ¿No pensarás que lo voy a llevar a arreglar? Ya no habrá piezas para ese equipo.
-          No quiero arreglarlo, ni quiero cambiarlo por uno nuevo- respondió Tonia.
-          ¿Entonces que quieres?
-          No lo sé. Bueno sí, quiero despertarme cada día cuando me lo pida el cuerpo.

Se levantó, fue al dormitorio y volvió con el despertador apagado.
-          A partir de ahora estará en la cocina- dijo conectándolo a un enchufe que había sobre la encimera. En la radio empezó a sonar una canción de Withney Houston.   
-          ¡Tú estás loca! ¿A qué hora nos despertaremos mañana? ¿A las 8? ¿Y pasado, a las 6? Ya te puedes ir olvidando del premio de puntualidad este mes- dijo Fermín
-          Me importa un bledo- le contestó ella
-          Y yo, ¿qué le voy a decir a mi jefe cuando llegue cada día a una hora?
-          !Dile lo que quieras!¡Dile que te suba el sueldo! De momento, yo hoy me tomo el día libre.