Aunque me esté mal el decirlo, creo que soy uno de los
mejores ejemplares de mi especie. Construido en acero inoxidable, con una
capacidad de 180 litros,
puedo soportar un peso de 300 kgs sin que se me doblen las barras y mis ruedas
pueden girar independientemente para mejorar mi maniobrabilidad.
Hace cinco años comencé a trabajar en un hipermercado de una
renombrada cadena. Los clientes se convertían en mis dueños temporales
liberándome, mediante un óbolo reemborsable, de la cuerda de presos a la cual
estaba unido y al instante parecían poseídos por una fiebre que les hacía
desear todo lo que veían. Parecía como si les escandalizara la desnudez de mi
esqueleto de acero, sin nada de piel alrededor, y quisieran taparla con los
productos del lineal.
Los clientes que menos me cansaban eran los recién casados.
Sólo recorrían el pasillo central, donde estaban las ofertas, y aunque hacían
amago de coger muchas cosas, casi nunca las cargaban. Los ancianos hacían
largas paradas en la sección de embutidos y pescados, por lo que el recorrido
era muy descansado. A mí lo que más me gustaba era que me tomara un matrimonio con
un niño pequeño. En ese caso, desplegaban la pequeña plataforma que tengo junto
a la agarradera y le sentaban allí. Entonces el niño se transformaba en un
pequeño Colón, señalando con su manita los objetos de su deseo que se despertaba
apasionado, casi violento, al atravesar la sección de juguetes.
En todo ese tiempo no sufrí ningún percance digno de mención
ni avería que me impidiera trabajar un solo día. Cada mes me hacían una
revisión general seguida de limpieza. ¡Cómo me gustaba sentir el frío chorro de
agua y el cosquilleo del cepillo que eliminaba los restos que pudiera tener,
dejándome resplandeciente! Después de eso me sentía como nuevo.
El mes pasado no hubo revisión. Un día, sin razón aparente,
nos sustituyeron por unos carritos de plástico más ligeros y más baratos, según
decía uno de los empleados, aunque a mí me parecieron unos blandengues. Nos
subieron a un camión sucio y viejo y nos llevaron a una chatarrería en el
extrarradio donde nos arrojaron junto a un montón de viejas lavadoras y
frigoríficos. Allí he estado expuesto a las inclemencias del tiempo, viendo
como mis vecinos iban desapareciendo poco a poco y escuchando sus gemidos
cuando eran engullidos y aplastados por la gran máquina que hay delante del
horno.