viernes, 25 de mayo de 2012

Volver a empezar



Aunque me esté mal el decirlo, creo que soy uno de los mejores ejemplares de mi especie. Construido en acero inoxidable, con una capacidad de 180 litros, puedo soportar un peso de 300 kgs sin que se me doblen las barras y mis ruedas pueden girar independientemente para mejorar mi maniobrabilidad.

Hace cinco años comencé a trabajar en un hipermercado de una renombrada cadena. Los clientes se convertían en mis dueños temporales liberándome, mediante un óbolo reemborsable, de la cuerda de presos a la cual estaba unido y al instante parecían poseídos por una fiebre que les hacía desear todo lo que veían. Parecía como si les escandalizara la desnudez de mi esqueleto de acero, sin nada de piel alrededor, y quisieran taparla con los productos del lineal.

Los clientes que menos me cansaban eran los recién casados. Sólo recorrían el pasillo central, donde estaban las ofertas, y aunque hacían amago de coger muchas cosas, casi nunca las cargaban. Los ancianos hacían largas paradas en la sección de embutidos y pescados, por lo que el recorrido era muy descansado. A mí lo que más me gustaba era que me tomara un matrimonio con un niño pequeño. En ese caso, desplegaban la pequeña plataforma que tengo junto a la agarradera y le sentaban allí. Entonces el niño se transformaba en un pequeño Colón, señalando con su manita los objetos de su deseo que se despertaba apasionado, casi violento, al atravesar la sección de juguetes.     

En todo ese tiempo no sufrí ningún percance digno de mención ni avería que me impidiera trabajar un solo día. Cada mes me hacían una revisión general seguida de limpieza. ¡Cómo me gustaba sentir el frío chorro de agua y el cosquilleo del cepillo que eliminaba los restos que pudiera tener, dejándome resplandeciente! Después de eso me sentía como nuevo.

El mes pasado no hubo revisión. Un día, sin razón aparente, nos sustituyeron por unos carritos de plástico más ligeros y más baratos, según decía uno de los empleados, aunque a mí me parecieron unos blandengues. Nos subieron a un camión sucio y viejo y nos llevaron a una chatarrería en el extrarradio donde nos arrojaron junto a un montón de viejas lavadoras y frigoríficos. Allí he estado expuesto a las inclemencias del tiempo, viendo como mis vecinos iban desapareciendo poco a poco y escuchando sus gemidos cuando eran engullidos y aplastados por la gran máquina que hay delante del horno.

Hoy ha venido a la chatarrería un hombre mayor de aspecto alegre y bonachón. Me ha parecido entender que se llama Vicente. Le ha dicho al encargado que está pre-jubilado y tiene un nieto. Para sentirse útil, dedica parte de su tiempo libre a colaborar con un banco de alimentos de su barrio.  Con la crisis han tenido un aumento del número de personas a las que atender y necesitan un carro grande y fuerte para transportar los productos desde las estanterías hasta los mostradores donde hacen el reparto. Me ha visto, se ha acercado para examinarme y ha comprobado que mi estado todavía es bueno. Inmediatamente le ha indicado al encargado que me cargaran en su furgoneta. Ahora estamos llegando al almacén. Espero que tenga un largo pasillo para correr por él y que Vicente lleve algún día a su nieto y le suba en mi silla. Siento que voy a volver a empezar.

miércoles, 23 de mayo de 2012

ALEGRIA


¡ Lo que me he podido reír !.
Realmente Kiko, es muy divertido, pero no se queda corta Susi, que tiene cada ocurrencia.
¡ Anda que bien !.
Ha quedado un pedazo de tarta, de la que trajo Dori !. Ahora que todos se han marchado, me la comeré relajadamente, y sin atragantarme por la risa.
Dori, es una gran repostera. Y sabe que es de las tartas que más me gustan.
¡ Que rica, ummm, está en su punto !.
De pronto, suena el timbre del telefonillo de la puerta.
Charo, soltando la cuchara, y con un trocito de tarta aún en la boca, se levantó del butacón de rayas naranja, en el que estaba sentada, para abrir la puesta, a la vez que se decía así misma…
¡ Eso es que, se les ha olvidado algo !… ¿Quién es?.  Preguntó Charo.
Anda abre, que soy yo, dijo Kiko. Vale, vale, ya te abro.
Al abrir la puerta… Charo exclamó: ¿Pero que es esto?
Un montón de globos de colores, y las risas de todos sus amigos en la puerta, le cantaban…Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos,  cumpleaños feliz. ¡Es que se nos había olvidado !
Y entregándole los globos a Charo, se marcharon todos por las escaleras riéndose, y jugueteando.
Charo se quedó sorprendida, y partiéndose de risa, con los globos de colores en la mano, mientras les decía. ¡ Gracias chicos !.
¡¡¡ Es que tienen cada cosa !!!.
Cerrando la puerta de su casa. Charo con los globos agarrados, sin dejar de mirar los bonitos colores, se dirigió al butacón de rayas naranja, se dejó caer sobre el, y sin soltar los globos, cogió la cuchara, y con una gran sonrisa, siguió degustando  la rica tarta, mientras se decía.
¡ Que día tan bonito, y que rica, que está la tarta…ummm !.

sábado, 12 de mayo de 2012

Resurrección


Acabo de volver del tanatorio y todavía resuenan en mis oídos los lamentos desgarrados de María, la mujer de Alfonso.  He estado poco rato. Cuando he pasado a ver su cadáver se me ha hecho un nudo en la garganta y mis ojos se han empañado. Con mi mano izquierda he retirado dos lágrimas que amenazaban con escaparse y he ocultado mi rostro durante un rato porque en mi interior, aparte del lógico pesar por la muerte inesperada de un compañero, casi un amigo, no he podido reprimir una alegría salvaje, ya que era yo el que tenía que estar allí, era yo el que tenía que haber tomado aquel avión y a última hora le pedí a Alfonso que fuera en mi lugar a presentar el proyecto. Creo que su mujer lo notó y también su madre que me echó una mirada severa y se limitó a decirme “Gracias” cuando le di el pésame.

En la antesala del tanatorio se había formado un corrillo con varios compañeros de trabajo. Al acercarme al grupo han cesado las conversaciones y todos se han dirigido a mí para preguntarme por mi estado de ánimo.  Imagino que estarían hablando de mi suerte. Alguno seguro que habría preferido que hubiera sido yo el que viajara en el avión siniestrado. Les he dejado enseguida con la excusa de que me sentía fatal y me he ido a recoger el coche para venir a casa.

Al llegar al aparcamiento he visto que las recientes lluvias habían formado un charco. Podía haberlo vadeado fácilmente pero he sentido unas ganas irrefrenables de saltar sobre él, así que he retrocedido un par de pasos, he abierto el paraguas y tomando carrerilla lo he cruzado y después he seguido corriendo, girando sobre mi mismo y cantando. Un par de señoras se han vuelto a mirarme y yo he hecho el gesto de saludarlas con un inexistente sombrero. Entonces se han vuelto sonriendo y han seguido su camino.  
     
Mañana en el entierro no se si podré mostrarme suficientemente compungido. Me imagino que todos los de la oficina me mirarán de reojo para ver mi reacción. Sobre todo, me da miedo enfrentarme otra vez a María y no saber que decirle. Me asusta su mirada y estoy seguro que no podré mirarla a los ojos si se quita las gafas negras que se ha puesto para ocultar sus lágrimas. No es que no sienta empatía, pero creo que mis frases de consuelo sonarán falsas. Nunca he sabido qué decir en estas situaciones, más allá de “Esta vida es una mierda” o “Siempre se van los mejores”, pero esta vez ni siquiera me atrevo a pronunciarlas. 

Sólo se me ocurre ofrecerme por si necesitan algo y hablar con la chica de personal, para que tramite lo antes posible la indemnización con la compañía de seguros. He mirado la póliza y es increíble, valemos más muertos que vivos. No sé si me estaré volviendo paranoico pero cuando le he comentado a Maite lo que iba a cobrar la mujer de Alfonso, me ha parecido ver una mirada de envidia.