sábado, 6 de octubre de 2012

Las alas del albatros

La obra 'Las alas del albatros' del madrileño José Miguel Bel Martínez ha sido finalista del IV Certamen de Novela Ciudad de Almería


 



Aquí vemos al autor


 

viernes, 15 de junio de 2012

Un hombre de suerte


Jordi se consideraba un hombre de suerte. Había nacido en una familia acomodada que le había proporcionado cariño, una exquisita educación y un apellido ilustre. Antes de terminar sus estudios había empezado a trabajar en la empresa familiar como adjunto a la Dirección. En la Escuela de Negocios había conocido a Mercedes y, casi de inmediato,  se enamoraron. Cuando ella se graduó se casaron y se fueron a vivir a un piso que la familia de Mercedes tenía en Pedralbes.
Al venir los gemelos decidieron, de común acuerdo, que era preferible que ella dejara su trabajo en el banco y se dedicara a cuidarlos. Al año, Mercedes le dijo a su marido que sentía que se estaba consumiendo  y necesitaba volver a trabajar por lo que tomaron una niñera para que se hiciera cargo de los niños mientras ellos estaban fuera.   
Por motivos de trabajo, Jordi tiene que viajar con frecuencia a Madrid. Siempre que le es posible, prefiere ir y volver en el día. Aunque la capital le gusta, odia las noches solitarias en el impersonal hotel en el que a veces ha tenido que alojarse, porque una reunión se ha alargado más de la cuenta. Por eso, hoy se siente particularmente afortunado. Para la hora de la comida ha conseguido cerrar el contrato en el Ministerio y dispone de dos horas hasta tomar el AVE que le devuelva a casa.
A la salida del Ministerio ve un anuncio de una exposición sobre Rafael que se celebra en el Museo del Prado. Rafael es uno de sus pintores favoritos. Quedó prendado de él cuando estuvo con Mercedes en Roma. Consulta el horario y comprueba que puede hacer una visita rápida. La verdad es que le apetece muchísimo, pero también le gustaría llegar pronto a casa y poder jugar un rato con los gemelos, antes de bañarlos. Podría cambiar el billete y llegar a casa una hora u hora y media antes de lo previsto. Jordi duda.
Opción A
La visita a la exposición de Rafael ha merecido la pena. Aunque ha sido necesariamente rápida y no ha podido dedicar a cada cuadro más de medio minuto, a Jordi le ha producido una extraordinaria impresión. Tiene que comentárselo a Mercedes para que, aprovechando uno de sus viajes, venga a verla.
El tren llega con puntualidad a la estación de Sants. Luce un sol brillante. El suelo está mojado y el aire se siente limpio tras la tormenta. Jordi toma un taxi y le indica al conductor la dirección de su casa. En el camino pasan por delante de un hotel a cuyas puertas hay una aglomeración. Al parecer, se hospeda un grupo musical famoso y sus fans llevan horas esperando que salgan para pedirles un autógrafo.
Cuando Jordi llega a su casa encuentra a su mujer, todavía con ropa de calle, que está en la habitación de los niños, sentada en el suelo con ellos, sonriente, cantando una canción infantil.  Mercedes tiene el pelo ligeramente húmedo. La luz que entra por la ventana, tamizada por los visillos, realza el tono dorado de sus cabellos. Jordi se agacha para besar a su esposa. Después se quita la chaqueta, se desabrocha el nudo de la corbata y sentándose en el suelo se une al coro:
-        “Una babosa. ¿Será peligrosa? ¿La piso o no la piso? Uy, la pise. ¡Pobre babosa!”



Opción B
Jordi está contento porque ha podido cambiar el billete para salir una hora antes. Ha tenido que pagar un extra porque ese tren es directo pero así llegará todavía con más antelación. Piensa que podía llamar a Mercedes para avisarla, pero prefiere darle la sorpresa. Le comentará lo de la exposición de Rafael por si a ella le apetece ir a verla. Tal vez podrían aprovechar uno de sus viajes o hacer una escapada romántica de fin de semana.
El tren llega con puntualidad a la estación de Sants. El cielo está encapotado y el ambiente es bochornoso, presagiando tormenta. Jordi toma un taxi y le indica al conductor la dirección de su casa. En el camino pasan por delante de un hotel a cuyas puertas hay una aglomeración. Al parecer, se hospeda un grupo musical famoso y sus fans están esperando que salgan para pedirles un autógrafo. El taxi tiene que aminorar la velocidad hasta casi pararse. Jordi mira hacia la entrada del hotel y ve una pareja que sale, abrazados por la cintura y comiéndose a besos. Jordi se fija en el culo de la mujer. Su vestido le recuerda uno que se estrenó Mercedes hace poco y el peinado es como el de Mercedes. La pareja deja de besarse para tomar aliento y entonces pueden verse sus rostros. El taxista se sobresalta cuando ve que Jordi abre violentamente la puerta y sale mascullando:  ¡La moto, yo la mato!.

viernes, 1 de junio de 2012

La fiera


El último curso de primaria fue un calvario. Mi padre era militar y le habían destinado a aquella ciudad en octubre por lo que empecé en el colegio dos meses después de que hubieran comenzado las clases. A pesar de este retraso, no me costó mucho coger el ritmo del grupo. El nivel no era demasiado alto y yo había superado el curso anterior con muy buenas notas.  Los profesores, en general, eran agradables y el colegio tenía un patio grande con soportales y un gran campo de deportes.
Podía haber sido un buen sitio sino hubiera sido por los tres matones que había en la clase de al lado. El primer día que fui al colegio, durante el recreo, me rodearon y empezaron a burlarse de mi pelo:
-          Panocha, panochita- dijo el que parecía el jefe, un gigante que medía diez centímetros más que yo.
-          ¿Qué traes de desayuno?- preguntó otro más pequeño, mientras me empujaba contra la pared.
-          A ver, danos eso- dijo el tercero, tomando el bocadillo que yo asustado les mostré.
-          No se te ocurra chivarte o te damos una paliza- me advirtió el mayor.
Se fueron a un extremo del patio a repartirse el botín y yo me quedé hambriento y humillado, ante la mirada furtiva de los demás compañeros.
El resto del curso se repitió la escena casi todos los días. Yo comencé a comportarme mal en clase para ser castigado sin recreo y poder así evitar el suplicio. Al terminar las clases procuraba salir de los primeros para esquivarlos en el camino de regreso a casa, pero no siempre lo conseguía y en ese caso tenía que soportar sus empujones, zancadillas y tirones de pelo. Algún día tuve que salir corriendo, huyendo de ellos y llegué a casa acalorado por la carrera y por la impotencia. Mi madre me preguntó la causa y yo le conté que había echado una carrera con uno de mis compañeros que vivía en una casa cercana.
El final de curso lo viví como el preso al que se le termina la condena. Mi madre y mis hermanos pequeños se fueron a la playa nada más terminar las clases. Yo tuve que quedarme con mi padre todo el mes de julio porque tenía que recuperar las matemáticas y el inglés. Mis padres contrataron un profesor particular que me daba dos horas de clase diaria. Vivía en un barrio cercano y yo iba a su casa a primera hora de la mañana.        
Un día de mediados de julio, al salir de clase, iba caminando abstraído, preocupado en buscar la sombra de los árboles cuando oí un grito burlón:
-          ¡Panochita!
Era el más pequeño de mis verdugos que venía de frente por la misma acera. Intenté esquivarle pero se puso frente a mí y me impidió el paso, comenzando a empujarme mientras seguía con sus insultos. Traté de dar la vuelta, pero el maldito Polichinela fue más rápido y me cortó el paso. Me volví a girar y el enano empezó a saltar para darme collejas. Al sentir el golpe de su mano en la cabeza, me asaltó una furia asesina. Me revolví, solté los libros que llevaba y le agarré por el cuello apretando con fuerza. Sorprendido y asustado, empezó a mover sus cortos brazos como las aspas de un molino y a patalear, intentando zafarse, sin conseguirlo. En ese momento yo era insensible al dolor y sus patadas y arañazos no me hacían más efecto que las picaduras de un mosquito.
Su cara se iba poniendo cada vez más roja. Pasó una mujer con un niño a nuestro lado y se apartó mirándome con miedo mientras murmuraba:
-          Sinverguenza. Gamberro.
Quise gritar que no era lo que parecía, que yo era la víctima, que sólo me estaba defendiendo e inconscientemente aflojé la presión de mis manos, momento que aprovechó mi presa para salir corriendo, boqueando para tomar aire.
Me quedé paralizado, mirando mis manos con horror. Me agaché a recoger los libros y un temblor recorrió todo mi cuerpo. Tuve que sentarme en el suelo porque no estaba seguro de poder mantener el equilibrio. Estaba embriagado de victoria y de asco, de poder y de miedo. Estuve así un buen rato, hasta que recuperé el control. Cuando me levanté, dos lágrimas corrían por mis mejillas.

viernes, 25 de mayo de 2012

Volver a empezar



Aunque me esté mal el decirlo, creo que soy uno de los mejores ejemplares de mi especie. Construido en acero inoxidable, con una capacidad de 180 litros, puedo soportar un peso de 300 kgs sin que se me doblen las barras y mis ruedas pueden girar independientemente para mejorar mi maniobrabilidad.

Hace cinco años comencé a trabajar en un hipermercado de una renombrada cadena. Los clientes se convertían en mis dueños temporales liberándome, mediante un óbolo reemborsable, de la cuerda de presos a la cual estaba unido y al instante parecían poseídos por una fiebre que les hacía desear todo lo que veían. Parecía como si les escandalizara la desnudez de mi esqueleto de acero, sin nada de piel alrededor, y quisieran taparla con los productos del lineal.

Los clientes que menos me cansaban eran los recién casados. Sólo recorrían el pasillo central, donde estaban las ofertas, y aunque hacían amago de coger muchas cosas, casi nunca las cargaban. Los ancianos hacían largas paradas en la sección de embutidos y pescados, por lo que el recorrido era muy descansado. A mí lo que más me gustaba era que me tomara un matrimonio con un niño pequeño. En ese caso, desplegaban la pequeña plataforma que tengo junto a la agarradera y le sentaban allí. Entonces el niño se transformaba en un pequeño Colón, señalando con su manita los objetos de su deseo que se despertaba apasionado, casi violento, al atravesar la sección de juguetes.     

En todo ese tiempo no sufrí ningún percance digno de mención ni avería que me impidiera trabajar un solo día. Cada mes me hacían una revisión general seguida de limpieza. ¡Cómo me gustaba sentir el frío chorro de agua y el cosquilleo del cepillo que eliminaba los restos que pudiera tener, dejándome resplandeciente! Después de eso me sentía como nuevo.

El mes pasado no hubo revisión. Un día, sin razón aparente, nos sustituyeron por unos carritos de plástico más ligeros y más baratos, según decía uno de los empleados, aunque a mí me parecieron unos blandengues. Nos subieron a un camión sucio y viejo y nos llevaron a una chatarrería en el extrarradio donde nos arrojaron junto a un montón de viejas lavadoras y frigoríficos. Allí he estado expuesto a las inclemencias del tiempo, viendo como mis vecinos iban desapareciendo poco a poco y escuchando sus gemidos cuando eran engullidos y aplastados por la gran máquina que hay delante del horno.

Hoy ha venido a la chatarrería un hombre mayor de aspecto alegre y bonachón. Me ha parecido entender que se llama Vicente. Le ha dicho al encargado que está pre-jubilado y tiene un nieto. Para sentirse útil, dedica parte de su tiempo libre a colaborar con un banco de alimentos de su barrio.  Con la crisis han tenido un aumento del número de personas a las que atender y necesitan un carro grande y fuerte para transportar los productos desde las estanterías hasta los mostradores donde hacen el reparto. Me ha visto, se ha acercado para examinarme y ha comprobado que mi estado todavía es bueno. Inmediatamente le ha indicado al encargado que me cargaran en su furgoneta. Ahora estamos llegando al almacén. Espero que tenga un largo pasillo para correr por él y que Vicente lleve algún día a su nieto y le suba en mi silla. Siento que voy a volver a empezar.

miércoles, 23 de mayo de 2012

ALEGRIA


¡ Lo que me he podido reír !.
Realmente Kiko, es muy divertido, pero no se queda corta Susi, que tiene cada ocurrencia.
¡ Anda que bien !.
Ha quedado un pedazo de tarta, de la que trajo Dori !. Ahora que todos se han marchado, me la comeré relajadamente, y sin atragantarme por la risa.
Dori, es una gran repostera. Y sabe que es de las tartas que más me gustan.
¡ Que rica, ummm, está en su punto !.
De pronto, suena el timbre del telefonillo de la puerta.
Charo, soltando la cuchara, y con un trocito de tarta aún en la boca, se levantó del butacón de rayas naranja, en el que estaba sentada, para abrir la puesta, a la vez que se decía así misma…
¡ Eso es que, se les ha olvidado algo !… ¿Quién es?.  Preguntó Charo.
Anda abre, que soy yo, dijo Kiko. Vale, vale, ya te abro.
Al abrir la puerta… Charo exclamó: ¿Pero que es esto?
Un montón de globos de colores, y las risas de todos sus amigos en la puerta, le cantaban…Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos,  cumpleaños feliz. ¡Es que se nos había olvidado !
Y entregándole los globos a Charo, se marcharon todos por las escaleras riéndose, y jugueteando.
Charo se quedó sorprendida, y partiéndose de risa, con los globos de colores en la mano, mientras les decía. ¡ Gracias chicos !.
¡¡¡ Es que tienen cada cosa !!!.
Cerrando la puerta de su casa. Charo con los globos agarrados, sin dejar de mirar los bonitos colores, se dirigió al butacón de rayas naranja, se dejó caer sobre el, y sin soltar los globos, cogió la cuchara, y con una gran sonrisa, siguió degustando  la rica tarta, mientras se decía.
¡ Que día tan bonito, y que rica, que está la tarta…ummm !.

sábado, 12 de mayo de 2012

Resurrección


Acabo de volver del tanatorio y todavía resuenan en mis oídos los lamentos desgarrados de María, la mujer de Alfonso.  He estado poco rato. Cuando he pasado a ver su cadáver se me ha hecho un nudo en la garganta y mis ojos se han empañado. Con mi mano izquierda he retirado dos lágrimas que amenazaban con escaparse y he ocultado mi rostro durante un rato porque en mi interior, aparte del lógico pesar por la muerte inesperada de un compañero, casi un amigo, no he podido reprimir una alegría salvaje, ya que era yo el que tenía que estar allí, era yo el que tenía que haber tomado aquel avión y a última hora le pedí a Alfonso que fuera en mi lugar a presentar el proyecto. Creo que su mujer lo notó y también su madre que me echó una mirada severa y se limitó a decirme “Gracias” cuando le di el pésame.

En la antesala del tanatorio se había formado un corrillo con varios compañeros de trabajo. Al acercarme al grupo han cesado las conversaciones y todos se han dirigido a mí para preguntarme por mi estado de ánimo.  Imagino que estarían hablando de mi suerte. Alguno seguro que habría preferido que hubiera sido yo el que viajara en el avión siniestrado. Les he dejado enseguida con la excusa de que me sentía fatal y me he ido a recoger el coche para venir a casa.

Al llegar al aparcamiento he visto que las recientes lluvias habían formado un charco. Podía haberlo vadeado fácilmente pero he sentido unas ganas irrefrenables de saltar sobre él, así que he retrocedido un par de pasos, he abierto el paraguas y tomando carrerilla lo he cruzado y después he seguido corriendo, girando sobre mi mismo y cantando. Un par de señoras se han vuelto a mirarme y yo he hecho el gesto de saludarlas con un inexistente sombrero. Entonces se han vuelto sonriendo y han seguido su camino.  
     
Mañana en el entierro no se si podré mostrarme suficientemente compungido. Me imagino que todos los de la oficina me mirarán de reojo para ver mi reacción. Sobre todo, me da miedo enfrentarme otra vez a María y no saber que decirle. Me asusta su mirada y estoy seguro que no podré mirarla a los ojos si se quita las gafas negras que se ha puesto para ocultar sus lágrimas. No es que no sienta empatía, pero creo que mis frases de consuelo sonarán falsas. Nunca he sabido qué decir en estas situaciones, más allá de “Esta vida es una mierda” o “Siempre se van los mejores”, pero esta vez ni siquiera me atrevo a pronunciarlas. 

Sólo se me ocurre ofrecerme por si necesitan algo y hablar con la chica de personal, para que tramite lo antes posible la indemnización con la compañía de seguros. He mirado la póliza y es increíble, valemos más muertos que vivos. No sé si me estaré volviendo paranoico pero cuando le he comentado a Maite lo que iba a cobrar la mujer de Alfonso, me ha parecido ver una mirada de envidia.

jueves, 19 de abril de 2012

LA ENVIDIA


Eran las ocho de la tarde cuando, Juana y Luis, llegaron a la puerta de su casa. Estaban satisfechos, con todos los preparativos que durante varios días habían estado organizando.

--Este año parece que si lo hemos conseguido, comentó Luis.
--Si, pienso que si, respondió Juana, estoy deseando que llegue mañana sábado, para ver sus caras. Seguro que en esta ocasión, no sospechan nada.
--¿Que opinas?. Luis, asintió con la cabeza, y dijo antes de meter la llave, en la cerradura, de la puerta. --¡ Ahora, a seguir disimulando !. Abrieron la puerta, y saludaron. -- ¡ Hola, somos nosotros !. De repente escucharon por el pasillo, un ruido, como de potrillos galopando, eran Jorge y Kiko, que venían a su encuentro. --¡ Hola mamá, hola papá !. Abalanzándose los dos niños, sobre ellos. El abuelo también venía corriendo tras los dos nietos, exclamando:
--¡ Me alegro, de que ya estéis de vuelta !.
Se han portado muy bien. Y comenzó a dar su informe de todas las cosas que habían hecho los tres juntos esa tarde.
--Los recogí del colegio, les llevé al parque, han merendado, y hasta han terminado, todos los deberes que les mandaron en el colegio.
--Ahora comenzaba yo, a contarles un cuento.
--Si, si, un cuento muy divertido. De cuando el abuelo era pequeño, dijo Jorge.
Juana intervino: --eso está bien, y prosiguió. Gracias abuelo, por cuidarlos.
--Gracias a vosotros, por confiar en mí. Respondió muy satisfecho el abuelo.
--Ahora me voy, que la abuela estará a punto de llegar a casa, de sus clases.
--¿Abuelo, vienes mañana, a jugar con nosotros?. Preguntó Jorge. --Si, mañana vengo un ratito, y la abuela también.
--Vale, vale, saltaban de alegría los dos niños,dándole un abrazo a su abuelo, mientras este comenzaba a ponerse su chaqueta, para marcharse.
Kiko de pronto, salió corriendo dirección a la cocina. --¿Dónde vas?.
Le preguntó su papá. --Por el dibujo, que le he pintado a mi abuela, contestó según venía ya, con el dibujo en la mano. --Toma, abuelo, dáselo a la abuela.
--En cuanto llegue a casa, se lo daré de tu parte, dijo el abuelo. Hasta mañana a todos. Y se fue, bajando por las escaleras, con el dibujo en la mano. (No le gustaba bajar en el ascensor)
El resto de la noche, trascurrió con la rutina de cada día.

A la mañana siguiente, Juana, después de preparar el desayuno para todos, fue a despertar a los niños.
Al entrar en la habitación, se sorprendió al ver que Jorge no estaba en su cama. Y pensó que estaría en el baño. Fue a buscarle, pero…tampoco estaba allí, ¡ Que raro ! ¿Dónde se habrá escondido?.
--¿Jorge, donde estás ?. Pero Jorge no contestaba. ¡ Que raro es esto !.
Juana, agudizando el oído, le pareció escuchar, hip, hip…el sonido, venía del cuarto de estar, se acercó y encontró a Jorge, en un rincón llorando.
--¿Qué te pasa hijo ? --Nada, hip. --¿Como que nada?. Cuéntame que pasa, a ver si tiene solución. Jorge se abrazó a su mamá, y comenzó a llorar más fuerte.
--¿Te duele algo?. --No hip, no me duele nada. --¿No quieres contarle a mamá, lo que te hace llorar?. hip, hip, seguía llorando Jorge, sin soltarse de su mamá. --Tranquilo hijo, vamos a ver tu problema. Lentamente Jorge, comenzó a decir entre sollozos: --He visto una bicicleta roja, en el salón, con un lazo, y el nombre de Kiko. Pero Kiko, es más pequeño que yo. Y a él le queréis más que a mí, por eso a Kiko, le compráis bicicleta, y a mí, que soy más grande, no. Hip, hip…Y comenzó a llorar, con más fuerza.
Juana comprendiendo los sentimientos de su hijo, le susurró al oído: --Jorge, has mirado en el pasillo?. --No, hip. ¿Que hay en el pasillo, hip, hip?.
--Ve a mirarlo, luego vienes, y me lo cuentas. Jorge se soltó lentamente del cuello de su madre, limpiándose con el brazo las lágrimas, mientras seguía, hip, hip según caminaba al pasillo. De pronto, se escuchó a Jorge gritar.
--¡ Mamá, papá ! y dando saltos, llegó hasta donde se encontraba su mamá.
--¡ Hay una bicicleta azul, en el pasillo, y en el lazo, tiene mi nombre !. Venid, venid. Su papá acudió corriendo a la llamada de su hijo.
kiko, con tantos gritos se despertó, y saltando de la cama, fue a ver que pasaba. Todos estaban contentos, y sin saber por qué, él también se puso contento. --¿Qué pasa Jorge? La preguntó Kiko, a su hermano. Jorge le respondió. --Tengo una bici, tengo una bici. --¡Que bien Jorge, que bien !. ¿Me llevarás de paquete un ratito, cuando vallamos al parque?.
Que bien, lo pasaremos con tu bici, y que bonita es.
Jorge, sin parar de mirar, y acariciar su bicicleta azul, le dijo a su hermano:
--Ve al cuarto de estar, mira lo que tienes allí. --Voy Jorge. Respondió Kiko.
Juana en ese momento, abrazó a su hijo Jorge, y acercándose a su oído le dijo: --La envidia no es buena, los envidiosos, pocas veces están contentos.
HIJO, RECUERDA. ¡ LA ENVIDIA, ES UNA PERDIDA DE TIEMPO !.
Esa tarde, se reunieron toda la familia, para celebrar el cumpleaños de los dos niños. Jorge y Kiko, soplaron las velas de la rica tarta, que su mamá había preparado. Y colorín colorado, este cuento con un feliz cumpleaños, ha terminado.

jueves, 29 de marzo de 2012

Y volveré



Recuerdo Eniesta. Por sus calles empinadas paseé mi juventud y en la escalinata de su catedral, un domingo de junio a la salida de misa, conocí a Martín. Hace veintitrés años que vine a Madrid y desde entonces sólo he vuelto en una ocasión, al poco de nacer mi hijo. Fue el viaje más triste de mi vida. Llegué a Eniesta con el niño en el tren correo, de madrugada. Evitando a las pocas personas que circulaban a esas horas fui hasta la inclusa y allí le dejé, sin nada que pudiera permitir su identificación y averiguar su origen. Desde aquel día he lamentado mi cobardía.
No debía haber huido cuando tuve las primeras señales de que la relación con Martín había dado fruto. Al fin y al cabo, nosotros éramos una pareja que, como tantas otras, había decidido vivir al día. La guerra había trastocado nuestra existencia, instalándonos en la incertidumbre permanente e impulsándonos a tomar la vida a borbotones. Al empezar la contienda, sus estancias en el frente eran cortas y nuestros reencuentros fugaces y apasionados. Luego, su batallón fue destinado cerca de Madrid y sus visitas se espaciaron. Cuando me dijeron que Martín había muerto durante un contraataque de los moros en el cerro Garabitas me desmayé. Al día siguente empezaron los vómitos. Todos pensaron que era el impacto de la noticia pero yo sabía la verdad. Me faltó valor para afrontarlo y escapé con unos cómicos, antes de que los síntomas de mi embarazo fueran evidentes.
En Madrid busqué alguna ocupación. No era fácil, en mi estado,  encontrar trabajo en una ciudad que estaba prácticamente sitiada. Fui camarera, escribiente y auxiliar en un despacho de pan. Incluso estuve un tiempo, después del parto,  como ama de cría. Al acabar la guerra, no había muchas oportunidades para los que no podíamos acreditar nuestra fidelidad al bando vencedor.  Y así empecé a ir a los locales que frecuentaban los soldados y cambié mi nombre cien veces, ayer Rocío, hoy Lola, mañana quién sabe. En Pasapoga, donde he atendido a la clientela durante los últimos ocho años, me conocen por Charo, la pelirroja.
Aunque no he vuelto a Eniesta en todo este tiempo, nunca he dejado de interesarme por mi hijo. Supe que con tres años tuvo unas fiebres que estuvieron a punto de llevárselo de este mundo. También me enteré cuando hizo la primera comunión y cuando aprobó el bachillerato. Sólo tengo una foto suya con el equipo de fútbol del instituto. Apareció en el periódico local cuando ganaron el campeonato juvenil, en el 56.
Desde hace unos meses no dejo de pensar en volver. Ya no tengo familia allí, pero está él. Me he enterado que va a casarse con una hija de los Barahona. ¡Lo que no daría yo por ser la madrina en su boda! Seguramente, dentro de un año tendrán un crío que sacarán a pasear por la alameda. Sueño con conocer a ese niño, con ver como crece, con acariciar su pelo y besar su mejilla. He pensado retirarme y con el dinero que tengo ahorrado montar una tienda de modas o de lencería en Eniesta, cerca de la casa de mi hijo. Así podría coincidir con él de forma natural, incluso podría llegar a entablar relación con su mujer. No quiero perder esta oportunidad, pero tengo miedo de que alguien me reconozca. A veces me despierto agitada porque sueño que mi hijo descubre avergonzado que soy su madre. Hay algo peor que ser hijo de nadie y es ser hijo de puta.
Hoy, al fin, me he decidido. Me haré un corte de pelo sencillo y me lo teñiré de castaño. Y volveré. El equipaje ya lo tengo preparado. Casi todo lo que voy a llevar está guardado en el pequeño baúl que me traje cuando vine a Madrid. El resto de mis cosas, los vestidos, la bisutería y las otras herramientas de trabajo, como esa pitillera plateada que siempre llevo vacía, voy a dejárselo a las chicas. En Eniesta llamarían demasiado la atención. He decidido irme el próximo domingo, coincidiendo con el comienzo de las fiestas de la Patrona. Entre tanto forastero, mi llegada pasará desapercibida. Ahora sólo me queda encontrar quién nos lleve de vuelta a mi baúl y a mí.

viernes, 16 de marzo de 2012

Faraday o el ángel de la guarda



Aquel 11 de marzo, el tren nº 21.435 con destino Alcobendas se detuvo apenas un minuto en la estación de Alcalá de Henares. Los usuarios situados en el andén,  conocedores de la brevedad de la parada, apenas esperaron a que se apearan unos cuantos estudiantes procedentes de Guadalajara y se apresuraron a subir rápidamente, mientras sonaba el silbato que advertía de la próxima partida del convoy.  

Son las 7:10 de la mañana cuando el tren reinicia su marcha. Los viajeros que acaban de subir buscan el mejor acomodo posible. Los que han logrado sentarse podrán  aprovechar el viaje para leer una novela o revisar los apuntes del último día. La mayoría sin embargo va de pie en la plataforma y sólo podrán entretenerse observando el tráfico de la carretera que circula paralela a las vías o mirando por encima del hombro el periódico de algún viajero más afortunado.

Entre los pasajeros que subieron en Alcalá hay un joven de unos 25 años que se ha situado en el espacio entre dos asientos, agarrándose a la barra con una mano. A sus pies tiene una mochila que parece comprada recientemente. Escudriña con la mirada todo el vagón y mira el reloj repetidamente. En la inspección, su mirada se cruza con una mujer tocada con un velo que tiene acurrucado sobre su pecho un niño de unos dos años.

En las siguientes cuatro estaciones se incorporan nuevos viajeros. Casi nadie desciende en ellas. Cuando el tren se aproxima a Vicálvaro, los pasajeros que van a bajar en esa estación comienzan a prepararse, tomando sus pertenencias y el joven aprovecha para subir la mochila al portaequipajes que hay sobre los asientos. Después, sin apresurarse, se aproxima a la puerta para bajarse en la siguiente estación. Vuelve la cabeza con la esperanza de ver a la mujer del velo preparase para bajar, pero sigue en su asiento, con el niño en la misma postura. -¡Es una pena!- piensa, pero destierra inmediatamente el sentimiento de piedad y se abrocha la cremallera de la sudadera. En cuanto el tren se para y se abren las puertas baja con rapidez los dos escalones y se dirige hacia los torniquetes del Metro.

Cuando llegó a su casa, en el centro de Madrid, lo primero que hizo fue encender la televisión. Esperaba que en los noticiarios de la mañana informaran del suceso. Sin embargo, la presentadora siguió relatando los actos de la campaña electoral que el viernes tocaba a su fin. Estaba confuso. Él sólo tenía que colocar la mochila que le habían entregado y otro se encargaría de hacer la llamada que activaría el mortífero mecanismo. Pasó toda la mañana pegado al televisor. En el Telediario del mediodía dijeron que se habían encontrado en cuatro trenes de cercanías trece mochilas conteniendo un potente explosivo que sería activado mediante la llamada de un teléfono móvil. Seguramente para proteger la macabra carga de la humedad, la habían envuelto en papel de aluminio.



sábado, 10 de marzo de 2012

Aquí hay muchos noveles


Magia potagia. El grupo creció!


EL NIÑO QUE JUGABA CON MUÑECAS

Después de la cena, nos levantamos los tres de la mesa, y nos dirigimos a la salita de estar. Para degustar unas exóticas infusiones de: Jazmín, manzanilla, menta, melisa, y un toque de canela, endulzadas con azúcar morena.
La acogedora salita de estar, en donde nos acomodamos, las paredes eran de color salmón, que hacían reasaltar las cortinas de raso, en diferentes tonos pastel, que a su vez hacia resaltar, el color fresa de los grandes y cómodos butacones, con sus reposa-pies, situados sobre la pequeña alfombra bordada con rosas, sobre un fondo fresa muy pálido, realizada en la Real Fabrica de Tapices de la Granja en Segovia, y que estaban frente a la encendida chimenea francesa, que hacía cambiar los colores de la lámpara situada en el techo de cristales de diferentes tonalidades, haciendo bonitos juego de luces conjuntando con las cortinas y los candelabros que bien situados sobre la chimenea permanecían encendidos. La suave música del concierto de Aranjuez envolvía la cálida salita de estar.
Teresa fue la primera en romper el silencio. ¡Quién nos iba a decir cuando éramos pequeños y los tres jugábamos con muñecas, lo que hoy tenemos y que estaríamos aquí!.
Jacinta añadió, aún recuerdo cuando venían nuestros primos y amigas a casa y en más de una ocasión que a veces no me gustaría recordad, se burlaban de ti Juanjo, por que jugabas con muñecas, pero fueron pasando los años, y ahora nadie se burla, incluso hay quienes nos tiene algo de pelusilla…
No penséis en eso, replicó Juanjo. Lo importante es que hemos ayudado a personas con grandes valías, y mañana será un día esplendido y espectacular, cuando anunciemos en la pasarela Fashion Week Madrid ,nuestra despedida en el diseño dando paso a nuevas generaciones en las que hay personas muy preparadas para ocupar importantes puestos dentro de la moda, el diseño, la costura y el ámbito de la alta costura, nuestros objetivos están más que cumplidos. Ahora es tiempo de seguir ayudando .Teresa puntualizó… Este hermano pequeño nuestro, siempre pensando en ayudar a los demás, como si durante toda su vida no lo hubiese hecho de diferentes formas como dando clases, instruyendo a nuevos aprendices, capacitando a modelos, diseñando ropa para la familia que solo cuando llegamos donde llegamos se acordaron de nosotros… ¡Vale Ya !. interrumpió Jacinta . Juanjo siempre ha tenido un gran corazón al igual que una gran visión de futuro, y nosotras siempre le hemos apoyado, contribuyendo también con nuestros diseños y sugerencias que siempre aceptó, valoró y como buen relaciones publicas realizamos un buen equipo entre los tres hermanos, siendo lo que somos hoy.
Juanjo con voz suave y cariñosa dijo: Gracias Teresa y gracias Jacinta, sin vuestra ayuda cuando éramos pequeños, y me enseñasteis a jugar con las muñecas defendiéndome cuando me tachaban de lo que no soy. Haciéndome ver grandes valores como el de ser sensible ante el arte, el diseño, la costura, y sobre todo de la importancia y sensibilidad de la mujer para captar cosas, que a veces no se valoran.
Mañana será otra vez, un gran día para la moda en España. Sí y también para ti, dijeron las dos hermanas al unísono…después de esta coincidencia, les dio la risa a los tres hermanos y siguieron disfrutando de su exótica infusión en una relajante velada familiar.

viernes, 2 de marzo de 2012

El despertador



El despertador se lo había regalado Fermín cuando eran novios. Era uno de los primeros modelos de radio-despertador, bajito y de ancha base, con una pantalla digital de leds verdes y mandos a los lados.  Al principio a Tonia le parecía maravilloso eso de despertarse suavemente con música en lugar de sobresaltarse cuando sonaba la estridente campanilla de su antiguo reloj. Por la noche, al acostarse, activaba el despertador si tenía que madrugar al día siguiente y sintonizaba su emisora favorita, programando la radio para que se apagara a los veinte minutos. Decía que la arrullaba y se quedaba dormida aunque en la tertulia radiofónica estuvieran discutiendo tirios y troyanos.

Durante treinta años, aquel aparato había marcado el ritmo de sus vidas. Había sido la voz que les había recordado sus obligaciones cada mañana y el encargado de que no perdieran el avión aquel año que fueron a Disneyland. Gracias a él sus hijos llegaron a tiempo al examen de selectividad y Tonia había logrado todos los años el complemento de puntualidad que daban en su empresa.

Y hoy había fallado. Esta mañana, en lugar de encenderse a las 6:40 como estaba programado, permaneció mudo. Los minutos fueron corriendo en su pantalla sin que nada rompiera el silencio en el dormitorio, hasta que Fermín entreabrió un ojo y le llamó la atención la claridad que entraba por la ventana. Entonces se incorporó y miró al reloj. Cuando vió la hora que señalaba dio un brinco y exclamó:
- ¡Coño! ¡Son las siete y veinte! ¡Voy a llegar tarde!- Y mientras decía esto se levantaba, se ponía su batín y se dirigía apresuradamente al baño.

Tonia más pausada, se fue a la cocina, puso la cafetera y se sentó en una silla. Estaba en actitud pensativa, sujetándose la cabeza con el brazo que tenía apoyado en la mesa. Cuando el café estuvo listo, se levantó y preparó dos tazas. Tomó una de ellas y se volvió a sentar. Fermín apareció ajustándose el nudo de la corbata con la habilidad que da la práctica continuada.

-          ¿Qué haces ahí sentada?- le dijo a su mujer y continuó sin esperar respuesta:
-          ¿Seguro que pusiste anoche el despertador?
-          Pues claro- contestó ella.

Fermín fue al dormitorio para terminar de vestirse y de paso, comprobó que efectivamente, el despertador estaba programado para que la radio se encendiera a la hora de costumbre. Cuando volvió a la cocina tomó la taza de café que le había preparado Tonia y le dijo a su mujer:

-          Ese maldito trasto nos la ha jugado. Habrá que jubilarlo.
-          ¡Ni hablar! - contesta ella.
-          ¿No pensarás que lo voy a llevar a arreglar? Ya no habrá piezas para ese equipo.
-          No quiero arreglarlo, ni quiero cambiarlo por uno nuevo- respondió Tonia.
-          ¿Entonces que quieres?
-          No lo sé. Bueno sí, quiero despertarme cada día cuando me lo pida el cuerpo.

Se levantó, fue al dormitorio y volvió con el despertador apagado.
-          A partir de ahora estará en la cocina- dijo conectándolo a un enchufe que había sobre la encimera. En la radio empezó a sonar una canción de Withney Houston.   
-          ¡Tú estás loca! ¿A qué hora nos despertaremos mañana? ¿A las 8? ¿Y pasado, a las 6? Ya te puedes ir olvidando del premio de puntualidad este mes- dijo Fermín
-          Me importa un bledo- le contestó ella
-          Y yo, ¿qué le voy a decir a mi jefe cuando llegue cada día a una hora?
-          !Dile lo que quieras!¡Dile que te suba el sueldo! De momento, yo hoy me tomo el día libre.


jueves, 23 de febrero de 2012

Dos centavos



El apartamento de Gastón Leroux está en uno de los típicos edificios burgueses del VIII arrondissement. Este distrito, uno de los más elegantes de Paris, está habitado por gente rica e influyente y no tiene apenas comercios por lo que es muy tranquilo. En las frías noches de invierno, es difícil encontrar a alguien caminando por sus calles y sólo de vez en cuando pasa algún carruaje. 

Héctor Giroux envuelto en su gabán negro y con un sombrero de copa sobre su cabeza penetra en el edificio, sube hasta el apartamento de Gastón y llama al timbre. Le abre el propio Gastón ya que ese día su criado tiene la tarde libre.

-  Bienvenido Mr. Giroux- dice mientras le invita a pasar con un gesto de su mano.
-  Muchas gracias por haberme recibido Mr. Leroux- responde el visitante.

Héctor es un hombre de mediana edad, alto y fornido. Su cara ancha, cruzada por una cicatriz, las pobladas cejas y el fuerte mentón le dan un aspecto fiero. Aunque va vestido elegantemente, no puede ocultar que ha tenido una vida agitada. Su anfitrión es bastante mayor que él y camina con dificultad apoyándose en un bastón. Un largo pasillo les conduce hasta una biblioteca decorada con muy buen gusto. Una de las paredes está cubierta por una estantería con puertas de cristal. Enfrente hay una chimenea en la que arde un vivo fuego y en su lateral cuelga un pesado atizador. En una de las esquinas hay un reloj de pared. En el centro de la sala hay una mesa y cuatro sillas estilo Imperio.

-  ¡Qué vista más extraordinaria tiene desde aquí!- dice Héctor señalando el ventanal.
- ¡Es verdad! Mi dormitorio también da a este lado, así que desde hace tres años, lo primero que veo cuando me levanto es la torre Eiffel.

Tras unos minutos de charla insustancial, Héctor aborda el asunto que le ha llevado allí.

- Me hubiera gustado estar en la subasta en la que Ud. se hizo con los Misioneros Hawaianos, pero desgraciadamente estaba de viaje y cuando me enteré ya había tenido lugar. 
-  Ya llevaba algún tiempo tras esos sellos- responde Gastón esbozando una sonrisa.
- Yo los persigo desde hace más de dos años, aunque en realidad sólo me interesa el de 2 centavos. ¿Podría verlo?
-  ¡Cómo no!

Gastón se dirige a la estantería, abre una de las puertas y toma un clasificador encuadernado en piel verde. Lo pone sobre la mesa, se sienta y comienza a pasar las hojas lentamente, deteniéndose en cada una de ellas para observar los sellos con deleite, como si recordara una conquista con cada uno.

Héctor está de pie, al lado de Gastón. Observa impaciente mientras este último pasa las hojas.

- Aquí está- dice el anciano mostrando orgulloso la hoja en la que se encuentra el famoso sello de 2 centavos.

Héctor se inclina y toma la hoja. Su mirada se ilumina. El corazón se le acelera y comienza a salivar.

-  ¡Qué maravilla!- exclama.
-  Quiero comprárselo. ¡Pídame lo que quiera! – insiste. El tono de su voz es casi de súplica.
-  No se lo vendería por nada del mundo- contesta Gastón e intenta recuperar la hoja, pero Héctor la aparta con un rápido movimiento.

El anciano se levanta y se vuelve hacia Héctor con el semblante enfadado.

- Haga el favor de devolvérmelo- le dice
- No pienso hacerlo. Este sello debió ser mío y lo será, por las buenas o por las malas- responde Héctor con tono amenazador. Toda su cara ha enrojecido destacando más la siniestra cicatriz.  
- ¡Sinvergüenza, ladrón!- grita el anciano mientras alza su bastón. Héctor retrocede para esquivar al viejo y se acerca a la chimenea. Toma el atizador y golpea con fuerza la cabeza del anciano que cae fulminado.

El asesino, parsimoniosamente, guarda la hoja con el sello de 2 centavos en su chaqueta. Después devuelve el clasificador a la estantería, se pone su sombrero y su gabán y abandona el apartamento. En el momento de cerrar la puerta suenan las campanadas en el reloj de pared y el campanario de una iglesia cercana le da la réplica. 

José L. Cereceda

lunes, 20 de febrero de 2012

M A N U E L


                                                  MANUEL


No sé cómo empezar. Podría decirles cómo me llamo, pero eso no hace al caso, pues la historia que tengo que relatarles no es mía, sino el encargo de alguien que ya no está aquí para contarla. Como novia suya que era, y creo que para mi desgracia, siempre seré, me duele tener que decir que lo perdí por una rival a la que amaba más que a mí y únicamente me consuela pensar, que aquella loca pasión lo dominaba aún más que el aprecio a su propia vida.
Todo comenzó la mañana de un día tranquilo. Demasiado tal vez pues extrañamente, ni los pájaros cantaban. El hotel de Ensenada en el que trabajábamos ambos; él, de mozo en la recepción y yo de tortillera en la cocina, estaba como siempre lleno de turistas gringos. El ladrido de las sirenas de coches de policía y camiones  militares rompió para siempre, al menos en mí, aquella paz. Por los altavoces, nerviosamente, advertían que ya venía y en menos de una hora llegaría aquí. Nos apremiaban a todos a que buscáramos resguardo en las colinas más elevadas y alejadas del mar, o los que no pudieran, subiesen a los pisos más altos de los edificios donde, aseguraban, no había nada que temer. Tan sólo una hora antes, se había producido en medio del Pacífico un fuerte seísmo que había formado un tsunami, que a ochocientos kilómetros por hora, la velocidad de un reactor, venía derechito a la costa oeste de México donde nos encontrábamos.
Fui corriendo a la recepción, donde estaba mi Manuel ayudando a los turistas más viejos a entrar en los ascensores. En cuanto me vio, me agarró del brazo, me hizo subir a uno de ellos y fuimos hasta el último piso. Allá, me llevó al cuarto de la plancha, sin ventanas y situado en la fachada posterior al mar.
Lupita, acá no te pasará nada. Oigas lo que oigas y pase lo que pase, no salgas de aquí. Quiero que me lo prometas.
Yo asentí con la cabeza y lo miré preocupada.
—Pero Manuel. ¿Es que no te vas a quedar conmigo? Este lugar es seguro ¿no?
—Lo es, pero yo he de marcharme. Ya casi no queda tiempo. Esa ola gigante es un regalo que Dios me envía. Llevo muchos años pidiéndosela día y noche y me la ha concedido. Es un regalo muy caro pues va a costar miles de vidas y sería pecado despreciarlo. He de marcharme ya: cuando la ola esté próxima a la costa, se levantará como una pared dos veces más alta que este hotel. Ahí será imposible surfearla. Tengo que alejarme hasta donde el fondo es más profundo, donde la pendiente de la ola será más suave y si ando listo podré montarla. Sólo tendré una oportunidad.
—¿Y si  no la agarras? ¿Qué será de ti?
—Que habré fracasado. La ola me pasará por debajo y la perderé para siempre. Podré volver a la costa en la tabla y habré salvado la vida, pero seré por siempre el más desgraciado de los hombres. Por eso te dejo ahorita mismo. Si hay suerte y todo sale como espero, no volveremos a vernos.
Mi mirada de pena lo conmovió pero no le hizo cambiar de opinión.
—Cuando todo haya pasado, escribe lo que he hecho para que el mundo conozca mi hazaña. Lupita, ahí te dejo: sé feliz. Vendrás conmigo en mi tabla y en mi corazón. Adiós.
Eso dijo exactamente y después se marchó sin más. Me asomé a una ventana que daba al mar y pude verlo subir en la zodiac del hotel con su tabla bajo el brazo. Arrancó el motor y partió a toda velocidad trazando tras de sí  una línea blanca  que se adentraba rápidamente en el azul del mar.

No volví a verlo más y por eso sé que lo consiguió y pasó montado en su ola por encima de las veinte plantas del Hotel. Cumplo su última voluntad dando fe de que Manuel Zapata Chávez, ha sido el primer hombre en surfear un Tsunami de sesenta metros de altura, si es que tal hazaña sirve para algo, que lo dudo.
José Miguel Bel
                                                                                                                                                    
       20/02/12

Nosotros



Joao había nacido en Pelotas. Entendámonos, no es sólo que, como es natural, había venido desnudo a este mundo, sino que vió la luz en la ciudad brasileña que lleva ese nombre.  Al poco de nacer, su familia se trasladó a Río y allí ha vivido desde entonces.
Su primer recuerdo es de una tarde soleada de domingo, el día en que cumplió cinco años, yendo de la mano de su padre a ver jugar al Flamengo, el equipo de fútbol local. Después ha habido muchos domingos de fútbol, algunos dichosos, otros tristes, pero ninguno como aquel.
Hoy también va a ser un domingo inolvidable. Se juega en Maracaná la final de la Copa del Mundo que enfrenta a Brasil y Uruguay y Joao está seguro que su equipo va a ganar el Mundial. Ha quedado con su pandilla para ir juntos a ver el partido. Son todos jóvenes, entre los dieciocho y veinte años. Van riendo, cantando y agitando pequeños banderines. Por el camino se les van uniendo gente de todas las edades, formando una marea humana ruidosa y multicolor que avanza hacia el estadio.
Conseguir la entrada no ha sido fácil. Joao ha tenido que ahorrar durante todo un año, privándose de ir al cine o al baile. Pero ha merecido la pena. Cualquier sacrificio vale la pena para ver al capitán de tu selección alzar la copa. Y eso es lo que esperan él y los miles de aficionados que se agolpan en las puertas de entrada.
Al fin se abren las puertas. Joao y sus amigos suben los escalones de dos en dos hasta que alcanzan sus localidades. Están ansiosos porque comience el partido. Sobre el césped una escuela de samba está realizando una exhibición. La música de la banda que acompaña a los danzantes no logra sobreponerse al ruido de las conversaciones y los cánticos que salen de la grada.
Cuando saltan los equipos al terreno de juego, el estadio retumba. Los jugadores brasileños son recibidos con fuertes aplausos y sus rivales con una sonora pitada. Después, como por milagro, se hace el silencio para oír los respectivos himnos nacionales.
En la primera parte, Brasil tiene varias ocasiones de gol, pero el portero uruguayo consigue mantener imbatida su portería. La cara de Joao refleja la tensión vivida y también una ligera desilusión. Poco después de reanudarse el encuentro el brasileño Friaca logra el primer gol y el estadio se viene abajo. Ciento cincuenta mil gargantas gritan ¡Gol! , los tambores retumban y estallan multitud de petardos.
Los aficionados brasileños comienzan a celebrar anticipadamente el triunfo. Joao, abrazado a sus amigos da saltos de alegría mientras la banda de música ataca Brasil campeao. Ya sólo queda esperar a que termine el partido. Sin embargo, pasados unos minutos Uruguay empata el partido y cuando faltan pocos minutos para el final logra el segundo gol que supone ganar el torneo.
La sorpresa ha hecho callar a Joao. Calla Maracaná y calla Brasil entero. Sólo se oye el ruido de un helicóptero que sobrevuela el estadio y que hasta entonces había pasado inadvertido. Joao está cabizbajo, con la cabeza entre las manos. Parece noqueado y no es capaz de articular ninguna palabra. En silencio, sigue las evoluciones del juego con la esperanza de que su equipo consiga remontar el resultado.
Cuando el árbitro pita el final del partido las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas. Sin esperar a la ceremonia de entrega de trofeos Joao y sus amigos se disponen a abandonar el estadio. En la salida se cruzan con un hombre que también llora. Le acompaña un niño de nueve años y tez morena que le dice:
-No llores papá. Te prometo que algún día nosotros ganaremos el Mundial.

José L. Cereceda