Habíamos llegado por la mañana. La agencia nos
había preparado una visita turística para conocer los principales lugares de la
ciudad. Subimos al autobús y me coloqué, como siempre, al lado de la ventanilla.
Pasamos por varias calles antes de llegar a una ancha avenida. Las aceras
estaban cubiertas de basura porque, según nos indicó la guía, el personal de
limpieza llevaba una semana en huelga.
De repente la ví. Su figura se erguía
majestuosa en medio de una plaza. Reconocí a Afrodita por el tocado que
adornaba su cabeza. A decir verdad, no estoy seguro si fue eso, o el letrero que
había al pie de la estatua. Cuando el autobús giró, enfilando hacia el
aparcamiento, me pareció que la diosa hacía un mohín con la nariz. Por eso,
cuando paramos y la guía nos indicó que teníamos media hora para callejear
libremente, fuí corriendo a la plaza para comprobarlo.
El olor en los alrededores de la estatua era muy desagradable. Me acerqué despacio, tapándome la nariz. Al llegar a su altura alcé la mirada. Allí estaba Afrodita mirándome. No había ningún gesto extraño en su cara. Todo había sido imaginación mía. Decidí volver con el grupo pero no me parecía bien dejar a la diosa en medio de aquella inmundicia. Miré alrededor y ví una escalera de mano. En la misma plaza había un supermercado. No me lo pensé dos veces.
Al día siguiente, cuando camino de la siguiente ciudad del circuito, pasábamos en el autobús por la misma plaza, uno de mis compañeros de viaje comentó: "¡Que barbaridad!. Algún gamberro le ha puesto una pinza en la nariz a esa estatua". Todos se giraron para ver la "hazaña". Yo también miré: me pareció que Afrodita me sonreía, dándome las gracias.
José L. Cereceda
El olor en los alrededores de la estatua era muy desagradable. Me acerqué despacio, tapándome la nariz. Al llegar a su altura alcé la mirada. Allí estaba Afrodita mirándome. No había ningún gesto extraño en su cara. Todo había sido imaginación mía. Decidí volver con el grupo pero no me parecía bien dejar a la diosa en medio de aquella inmundicia. Miré alrededor y ví una escalera de mano. En la misma plaza había un supermercado. No me lo pensé dos veces.
Al día siguiente, cuando camino de la siguiente ciudad del circuito, pasábamos en el autobús por la misma plaza, uno de mis compañeros de viaje comentó: "¡Que barbaridad!. Algún gamberro le ha puesto una pinza en la nariz a esa estatua". Todos se giraron para ver la "hazaña". Yo también miré: me pareció que Afrodita me sonreía, dándome las gracias.
José L. Cereceda

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