En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos
náufragos caminan por la playa como dos cormoranes heridos. Va delante una mujer
joven que a cada pocos pasos vuelve atrás su mirada para comprobar que la sigue un hombre algo mayor que ella.
La isla, de origen coralino, es una de las miles que forman Micronesia. No hay rastro de vegetación ni por supuesto de pájaros o animales de cualquier especie. Una fina lluvia azota persistentemente sus cuerpos haciendo más difícil, si cabe, la marcha.
La isla, de origen coralino, es una de las miles que forman Micronesia. No hay rastro de vegetación ni por supuesto de pájaros o animales de cualquier especie. Una fina lluvia azota persistentemente sus cuerpos haciendo más difícil, si cabe, la marcha.
- Venga. Tenemos que ver que es eso- dice la mujer señalando
una pequeña construcción de hormigón que se levanta sobre un promontorio.
- No puedo más- responde el hombre con voz entrecortada.
- Hay que hacer un esfuerzo. Es nuestra única esperanza.
Tras un penoso vía crucis, consiguen llegar a lo que parece
un viejo puesto de observación, de los que construyeron los japoneses en la
segunda guerra mundial. La entrada está franqueada por una pequeña puerta medio
podrida por la lluvia. Aunque están exhaustos, ambos se precipitan al interior.
A primera vista podría pensarse que acaban de abandonarlo
sus inquilinos. La tronera está orientada hacia el mar. A un lado hay una mesa
de escritorio sobre la que se amontonan varias cuartillas enmohecidas. En una
esquina, bajo una repisa que debió ser la despensa, hay un plato de aluminio.
El suelo tiene una ligera pendiente con un orificio que sirve de desagüe.
La mujer intenta abrir el cajón de la mesa, pero la humedad
ha hinchado la madera haciendo de la mesa y el cajón un bloque.
- Mira a ver si puedes tú- dice ella.
El hombre sale al exterior y vuelve con una piedra de tamaño
mediano con la que golpea el frente del escritorio mientras sujeta el cajón. Al fin, consigue abrirlo. En su interior hay
un lápiz, una foto amarillenta de una joven japonesa y una pistola de señales
náuticas.
- Estamos salvados- grita el hombre y se abraza a la mujer.
- No estoy segura de que funcione. Han pasado muchos años.
- Sólo hay un cartucho, así que no podemos probarlo.
La incertidumbre junto al cansancio y al hambre hacen mella en ellos que se dejan caer en el suelo. Ambos saben que no
tienen posibilidad de sobrevivir en aquel islote inhóspito y sólo se salvarán
si les localizan las patrullas de rescate. Aquella noche hacen turnos para dormir. El primer turno de guardia le
corresponde al hombre que sale de la casamata para poder vigilar mejor. La
lluvia ha cesado aunque el cielo está cubierto de nubes que impiden ver la luna.
Mientras vela se pregunta si les estarán buscando y si funcionará la pistola.
En el silencio de la noche, sólo interrumpido por el batir
de las olas contra las rocas, se oye un lejano rumor.
- ¡Un avión!, ¡un avión! grita mientras se abalanza al
interior de la casamata en busca de la pistola que había dejado sobre la mesa.
Tropieza con la mujer que se ha levantado sobresaltada por
sus gritos. A tientas la mujer logra encontrar el arma.
- Ya la tengo- dice y se dirige rápidamente hacia la puerta
seguida del hombre.
El ruido proviene efectivamente de un avión de salvamento
marítimo que ha salido de Guam en su búsqueda. Se oye cada vez más próximo y de pronto surge entre las nubes, casi en
la vertical de la isla,. La mujer levanta la pistola hacia el cielo. Luego, con un rápido movimiento, apunta a la cabeza del hombre y aprieta con fuerza el
gatillo.
¡Pum!
¡Pum!
Alberto da un brinco en la cama. Está empapado en sudor. A su lado Concha duerme encogida sobre sí misma.
- Ha sido sólo un sueño. Voy a volver a dormirme. ¡Pero de
mañana no pasa que aclare lo del chupetón!
José L. Cereceda
José L. Cereceda
