El último curso de primaria
fue un calvario. Mi padre era militar y le habían destinado a aquella ciudad en
octubre por lo que empecé en el colegio dos meses después de que hubieran
comenzado las clases. A pesar de este retraso, no me costó mucho coger el ritmo
del grupo. El nivel no era demasiado alto y yo había superado el curso anterior
con muy buenas notas. Los profesores, en
general, eran agradables y el colegio tenía un patio grande con soportales y un
gran campo de deportes.
Podía haber sido un buen
sitio sino hubiera sido por los tres matones que había en la clase de al lado.
El primer día que fui al colegio, durante el recreo, me rodearon y empezaron a
burlarse de mi pelo:
-
Panocha,
panochita- dijo el que parecía el jefe, un gigante que medía diez centímetros
más que yo.
-
¿Qué traes de
desayuno?- preguntó otro más pequeño, mientras me empujaba contra la pared.
-
A ver, danos
eso- dijo el tercero, tomando el bocadillo que yo asustado les mostré.
-
No se te ocurra
chivarte o te damos una paliza- me advirtió el mayor.
Se fueron a un extremo del
patio a repartirse el botín y yo me quedé hambriento y humillado, ante la
mirada furtiva de los demás compañeros.
El resto del curso se
repitió la escena casi todos los días. Yo comencé a comportarme mal en clase
para ser castigado sin recreo y poder así evitar el suplicio. Al terminar las
clases procuraba salir de los primeros para esquivarlos en el camino de regreso
a casa, pero no siempre lo conseguía y en ese caso tenía que soportar sus
empujones, zancadillas y tirones de pelo. Algún día tuve que salir corriendo,
huyendo de ellos y llegué a casa acalorado por la carrera y por la impotencia.
Mi madre me preguntó la causa y yo le conté que había echado una carrera con uno
de mis compañeros que vivía en una casa cercana.
El final de curso lo viví
como el preso al que se le termina la condena. Mi madre y mis hermanos pequeños
se fueron a la playa nada más terminar las clases. Yo tuve que quedarme con mi
padre todo el mes de julio porque tenía que recuperar las matemáticas y el
inglés. Mis padres contrataron un profesor particular que me daba dos horas de
clase diaria. Vivía en un barrio cercano y yo iba a su casa a primera hora de
la mañana.
Un día de mediados de julio,
al salir de clase, iba caminando abstraído, preocupado en buscar la sombra de
los árboles cuando oí un grito burlón:
-
¡Panochita!
Era el más pequeño de mis
verdugos que venía de frente por la misma acera. Intenté esquivarle pero se
puso frente a mí y me impidió el paso, comenzando a empujarme mientras seguía
con sus insultos. Traté de dar la vuelta, pero el maldito Polichinela fue más
rápido y me cortó el paso. Me volví a girar y el enano empezó a saltar para
darme collejas. Al sentir el golpe de su mano en la cabeza, me asaltó una furia
asesina. Me revolví, solté los libros que llevaba y le agarré por el cuello apretando
con fuerza. Sorprendido y asustado, empezó a mover sus cortos brazos como las
aspas de un molino y a patalear, intentando zafarse, sin conseguirlo. En ese
momento yo era insensible al dolor y sus patadas y arañazos no me hacían más
efecto que las picaduras de un mosquito.
Su cara se iba poniendo cada
vez más roja. Pasó una mujer con un niño a nuestro lado y se apartó mirándome
con miedo mientras murmuraba:
-
Sinverguenza.
Gamberro.
Quise gritar que no era lo
que parecía, que yo era la víctima, que sólo me estaba defendiendo e inconscientemente
aflojé la presión de mis manos, momento que aprovechó mi presa para salir
corriendo, boqueando para tomar aire.
Me quedé paralizado, mirando
mis manos con horror. Me agaché a recoger los libros y un temblor recorrió todo
mi cuerpo. Tuve que sentarme en el suelo porque no estaba seguro de poder mantener
el equilibrio. Estaba embriagado de victoria y de asco, de poder y de miedo.
Estuve así un buen rato, hasta que recuperé el control. Cuando me levanté, dos
lágrimas corrían por mis mejillas.
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