viernes, 1 de junio de 2012

La fiera


El último curso de primaria fue un calvario. Mi padre era militar y le habían destinado a aquella ciudad en octubre por lo que empecé en el colegio dos meses después de que hubieran comenzado las clases. A pesar de este retraso, no me costó mucho coger el ritmo del grupo. El nivel no era demasiado alto y yo había superado el curso anterior con muy buenas notas.  Los profesores, en general, eran agradables y el colegio tenía un patio grande con soportales y un gran campo de deportes.
Podía haber sido un buen sitio sino hubiera sido por los tres matones que había en la clase de al lado. El primer día que fui al colegio, durante el recreo, me rodearon y empezaron a burlarse de mi pelo:
-          Panocha, panochita- dijo el que parecía el jefe, un gigante que medía diez centímetros más que yo.
-          ¿Qué traes de desayuno?- preguntó otro más pequeño, mientras me empujaba contra la pared.
-          A ver, danos eso- dijo el tercero, tomando el bocadillo que yo asustado les mostré.
-          No se te ocurra chivarte o te damos una paliza- me advirtió el mayor.
Se fueron a un extremo del patio a repartirse el botín y yo me quedé hambriento y humillado, ante la mirada furtiva de los demás compañeros.
El resto del curso se repitió la escena casi todos los días. Yo comencé a comportarme mal en clase para ser castigado sin recreo y poder así evitar el suplicio. Al terminar las clases procuraba salir de los primeros para esquivarlos en el camino de regreso a casa, pero no siempre lo conseguía y en ese caso tenía que soportar sus empujones, zancadillas y tirones de pelo. Algún día tuve que salir corriendo, huyendo de ellos y llegué a casa acalorado por la carrera y por la impotencia. Mi madre me preguntó la causa y yo le conté que había echado una carrera con uno de mis compañeros que vivía en una casa cercana.
El final de curso lo viví como el preso al que se le termina la condena. Mi madre y mis hermanos pequeños se fueron a la playa nada más terminar las clases. Yo tuve que quedarme con mi padre todo el mes de julio porque tenía que recuperar las matemáticas y el inglés. Mis padres contrataron un profesor particular que me daba dos horas de clase diaria. Vivía en un barrio cercano y yo iba a su casa a primera hora de la mañana.        
Un día de mediados de julio, al salir de clase, iba caminando abstraído, preocupado en buscar la sombra de los árboles cuando oí un grito burlón:
-          ¡Panochita!
Era el más pequeño de mis verdugos que venía de frente por la misma acera. Intenté esquivarle pero se puso frente a mí y me impidió el paso, comenzando a empujarme mientras seguía con sus insultos. Traté de dar la vuelta, pero el maldito Polichinela fue más rápido y me cortó el paso. Me volví a girar y el enano empezó a saltar para darme collejas. Al sentir el golpe de su mano en la cabeza, me asaltó una furia asesina. Me revolví, solté los libros que llevaba y le agarré por el cuello apretando con fuerza. Sorprendido y asustado, empezó a mover sus cortos brazos como las aspas de un molino y a patalear, intentando zafarse, sin conseguirlo. En ese momento yo era insensible al dolor y sus patadas y arañazos no me hacían más efecto que las picaduras de un mosquito.
Su cara se iba poniendo cada vez más roja. Pasó una mujer con un niño a nuestro lado y se apartó mirándome con miedo mientras murmuraba:
-          Sinverguenza. Gamberro.
Quise gritar que no era lo que parecía, que yo era la víctima, que sólo me estaba defendiendo e inconscientemente aflojé la presión de mis manos, momento que aprovechó mi presa para salir corriendo, boqueando para tomar aire.
Me quedé paralizado, mirando mis manos con horror. Me agaché a recoger los libros y un temblor recorrió todo mi cuerpo. Tuve que sentarme en el suelo porque no estaba seguro de poder mantener el equilibrio. Estaba embriagado de victoria y de asco, de poder y de miedo. Estuve así un buen rato, hasta que recuperé el control. Cuando me levanté, dos lágrimas corrían por mis mejillas.

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