Acabo de volver del
tanatorio y todavía resuenan en mis oídos los lamentos desgarrados de María, la
mujer de Alfonso. He estado poco rato.
Cuando he pasado a ver su cadáver se me ha hecho un nudo en la garganta y mis
ojos se han empañado. Con mi mano izquierda he retirado dos lágrimas que
amenazaban con escaparse y he ocultado mi rostro durante un rato porque en mi
interior, aparte del lógico pesar por la muerte inesperada de un compañero,
casi un amigo, no he podido reprimir una alegría salvaje, ya que era yo el que
tenía que estar allí, era yo el que tenía que haber tomado aquel avión y a
última hora le pedí a Alfonso que fuera en mi lugar a presentar el proyecto.
Creo que su mujer lo notó y también su madre que me echó una mirada severa y se
limitó a decirme “Gracias” cuando le di el pésame.
En la antesala del
tanatorio se había formado un corrillo con varios compañeros de trabajo. Al acercarme
al grupo han cesado las conversaciones y todos se han dirigido a mí para
preguntarme por mi estado de ánimo. Imagino
que estarían hablando de mi suerte. Alguno seguro que habría preferido que
hubiera sido yo el que viajara en el avión siniestrado. Les he dejado enseguida
con la excusa de que me sentía fatal y me he ido a recoger el coche para venir
a casa.
Al llegar al aparcamiento he
visto que las recientes lluvias habían formado un charco. Podía haberlo vadeado
fácilmente pero he sentido unas ganas irrefrenables de saltar sobre él, así que
he retrocedido un par de pasos, he abierto el paraguas y tomando carrerilla lo
he cruzado y después he seguido corriendo, girando sobre mi mismo y cantando.
Un par de señoras se han vuelto a mirarme y yo he hecho el gesto de saludarlas
con un inexistente sombrero. Entonces se han vuelto sonriendo y han seguido su
camino.
Mañana en el entierro no
se si podré mostrarme suficientemente compungido. Me imagino que todos los de
la oficina me mirarán de reojo para ver mi reacción. Sobre todo, me da miedo
enfrentarme otra vez a María y no saber que decirle. Me asusta su mirada y estoy
seguro que no podré mirarla a los ojos si se quita las gafas negras que se ha
puesto para ocultar sus lágrimas. No es que no sienta empatía, pero creo que
mis frases de consuelo sonarán falsas. Nunca he sabido qué decir en estas
situaciones, más allá de “Esta vida es una mierda” o “Siempre se van los
mejores”, pero esta vez ni siquiera me atrevo a pronunciarlas.
Sólo se me ocurre
ofrecerme por si necesitan algo y hablar con la chica de personal, para que
tramite lo antes posible la indemnización con la compañía de seguros. He mirado
la póliza y es increíble, valemos más muertos que vivos. No sé si me estaré
volviendo paranoico pero cuando le he comentado a Maite lo que iba a cobrar la
mujer de Alfonso, me ha parecido ver una mirada de envidia.
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