Recuerdo Eniesta. Por sus calles
empinadas paseé mi juventud y en la escalinata de su catedral, un domingo de
junio a la salida de misa, conocí a Martín. Hace veintitrés años que vine a
Madrid y desde entonces sólo he vuelto en una ocasión, al poco de nacer mi
hijo. Fue el viaje más triste de mi vida. Llegué a Eniesta con el niño en el tren correo, de madrugada. Evitando a las pocas personas que circulaban a esas horas fui hasta la inclusa y allí le dejé, sin nada que
pudiera permitir su identificación y averiguar su origen. Desde aquel día he
lamentado mi cobardía.
No debía haber huido cuando tuve
las primeras señales de que la relación con Martín había dado fruto. Al fin y
al cabo, nosotros éramos una pareja que, como tantas otras, había decidido
vivir al día. La guerra había trastocado nuestra existencia, instalándonos en
la incertidumbre permanente e impulsándonos a tomar la vida a borbotones. Al empezar la contienda, sus estancias en el frente eran cortas y nuestros reencuentros fugaces y apasionados. Luego, su batallón fue destinado cerca de Madrid y sus visitas se espaciaron. Cuando me dijeron que Martín había muerto durante un contraataque de los moros
en el cerro Garabitas me desmayé. Al día siguente empezaron los vómitos. Todos
pensaron que era el impacto de la noticia pero yo sabía la verdad. Me faltó
valor para afrontarlo y escapé con unos cómicos, antes de que los síntomas de
mi embarazo fueran evidentes.
En Madrid busqué alguna
ocupación. No era fácil, en mi estado,
encontrar trabajo en una ciudad que estaba prácticamente sitiada. Fui
camarera, escribiente y auxiliar en un despacho de pan. Incluso estuve un
tiempo, después del parto, como ama de
cría. Al acabar la guerra, no había muchas oportunidades para los que no
podíamos acreditar nuestra fidelidad al bando vencedor. Y así empecé a ir a los locales que frecuentaban
los soldados y cambié mi nombre cien veces, ayer Rocío, hoy Lola, mañana quién
sabe. En Pasapoga, donde he atendido a la clientela durante los últimos ocho
años, me conocen por Charo, la pelirroja.
Aunque no he vuelto a Eniesta en
todo este tiempo, nunca he dejado de interesarme por mi hijo. Supe que con tres
años tuvo unas fiebres que estuvieron a punto de llevárselo de este mundo.
También me enteré cuando hizo la primera comunión y cuando aprobó el
bachillerato. Sólo tengo una foto suya con el equipo de fútbol del instituto.
Apareció en el periódico local cuando ganaron el campeonato juvenil, en el 56.
Desde hace unos meses no dejo de
pensar en volver. Ya no tengo familia allí, pero está él. Me he enterado que va
a casarse con una hija de los Barahona. ¡Lo que no daría yo por ser la madrina en su boda! Seguramente, dentro de un año tendrán
un crío que sacarán a pasear por la alameda. Sueño con conocer a ese niño, con
ver como crece, con acariciar su pelo y besar su mejilla. He pensado retirarme
y con el dinero que tengo ahorrado montar una tienda de modas o de lencería en
Eniesta, cerca de la casa de mi hijo. Así podría coincidir con él de forma
natural, incluso podría llegar a entablar relación con su mujer. No quiero
perder esta oportunidad, pero tengo miedo de que alguien me reconozca. A veces
me despierto agitada porque sueño que mi hijo descubre avergonzado que soy su
madre. Hay algo peor que ser hijo de nadie y es ser hijo de puta.
Hoy, al fin, me he decidido. Me haré un corte de pelo sencillo y me lo teñiré de castaño. Y volveré. El equipaje ya lo tengo preparado. Casi todo lo que voy a llevar está guardado en el
pequeño baúl que me traje cuando vine a Madrid. El resto de mis cosas, los
vestidos, la bisutería y las otras herramientas de trabajo, como esa
pitillera plateada que siempre llevo vacía, voy a dejárselo a las chicas. En
Eniesta llamarían demasiado la atención. He decidido irme el próximo domingo,
coincidiendo con el comienzo de las fiestas de la Patrona. Entre tanto
forastero, mi llegada pasará desapercibida. Ahora sólo me queda encontrar quién
nos lleve de vuelta a mi baúl y a mí.
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