viernes, 16 de marzo de 2012

Faraday o el ángel de la guarda



Aquel 11 de marzo, el tren nº 21.435 con destino Alcobendas se detuvo apenas un minuto en la estación de Alcalá de Henares. Los usuarios situados en el andén,  conocedores de la brevedad de la parada, apenas esperaron a que se apearan unos cuantos estudiantes procedentes de Guadalajara y se apresuraron a subir rápidamente, mientras sonaba el silbato que advertía de la próxima partida del convoy.  

Son las 7:10 de la mañana cuando el tren reinicia su marcha. Los viajeros que acaban de subir buscan el mejor acomodo posible. Los que han logrado sentarse podrán  aprovechar el viaje para leer una novela o revisar los apuntes del último día. La mayoría sin embargo va de pie en la plataforma y sólo podrán entretenerse observando el tráfico de la carretera que circula paralela a las vías o mirando por encima del hombro el periódico de algún viajero más afortunado.

Entre los pasajeros que subieron en Alcalá hay un joven de unos 25 años que se ha situado en el espacio entre dos asientos, agarrándose a la barra con una mano. A sus pies tiene una mochila que parece comprada recientemente. Escudriña con la mirada todo el vagón y mira el reloj repetidamente. En la inspección, su mirada se cruza con una mujer tocada con un velo que tiene acurrucado sobre su pecho un niño de unos dos años.

En las siguientes cuatro estaciones se incorporan nuevos viajeros. Casi nadie desciende en ellas. Cuando el tren se aproxima a Vicálvaro, los pasajeros que van a bajar en esa estación comienzan a prepararse, tomando sus pertenencias y el joven aprovecha para subir la mochila al portaequipajes que hay sobre los asientos. Después, sin apresurarse, se aproxima a la puerta para bajarse en la siguiente estación. Vuelve la cabeza con la esperanza de ver a la mujer del velo preparase para bajar, pero sigue en su asiento, con el niño en la misma postura. -¡Es una pena!- piensa, pero destierra inmediatamente el sentimiento de piedad y se abrocha la cremallera de la sudadera. En cuanto el tren se para y se abren las puertas baja con rapidez los dos escalones y se dirige hacia los torniquetes del Metro.

Cuando llegó a su casa, en el centro de Madrid, lo primero que hizo fue encender la televisión. Esperaba que en los noticiarios de la mañana informaran del suceso. Sin embargo, la presentadora siguió relatando los actos de la campaña electoral que el viernes tocaba a su fin. Estaba confuso. Él sólo tenía que colocar la mochila que le habían entregado y otro se encargaría de hacer la llamada que activaría el mortífero mecanismo. Pasó toda la mañana pegado al televisor. En el Telediario del mediodía dijeron que se habían encontrado en cuatro trenes de cercanías trece mochilas conteniendo un potente explosivo que sería activado mediante la llamada de un teléfono móvil. Seguramente para proteger la macabra carga de la humedad, la habían envuelto en papel de aluminio.



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