viernes, 2 de marzo de 2012

El despertador



El despertador se lo había regalado Fermín cuando eran novios. Era uno de los primeros modelos de radio-despertador, bajito y de ancha base, con una pantalla digital de leds verdes y mandos a los lados.  Al principio a Tonia le parecía maravilloso eso de despertarse suavemente con música en lugar de sobresaltarse cuando sonaba la estridente campanilla de su antiguo reloj. Por la noche, al acostarse, activaba el despertador si tenía que madrugar al día siguiente y sintonizaba su emisora favorita, programando la radio para que se apagara a los veinte minutos. Decía que la arrullaba y se quedaba dormida aunque en la tertulia radiofónica estuvieran discutiendo tirios y troyanos.

Durante treinta años, aquel aparato había marcado el ritmo de sus vidas. Había sido la voz que les había recordado sus obligaciones cada mañana y el encargado de que no perdieran el avión aquel año que fueron a Disneyland. Gracias a él sus hijos llegaron a tiempo al examen de selectividad y Tonia había logrado todos los años el complemento de puntualidad que daban en su empresa.

Y hoy había fallado. Esta mañana, en lugar de encenderse a las 6:40 como estaba programado, permaneció mudo. Los minutos fueron corriendo en su pantalla sin que nada rompiera el silencio en el dormitorio, hasta que Fermín entreabrió un ojo y le llamó la atención la claridad que entraba por la ventana. Entonces se incorporó y miró al reloj. Cuando vió la hora que señalaba dio un brinco y exclamó:
- ¡Coño! ¡Son las siete y veinte! ¡Voy a llegar tarde!- Y mientras decía esto se levantaba, se ponía su batín y se dirigía apresuradamente al baño.

Tonia más pausada, se fue a la cocina, puso la cafetera y se sentó en una silla. Estaba en actitud pensativa, sujetándose la cabeza con el brazo que tenía apoyado en la mesa. Cuando el café estuvo listo, se levantó y preparó dos tazas. Tomó una de ellas y se volvió a sentar. Fermín apareció ajustándose el nudo de la corbata con la habilidad que da la práctica continuada.

-          ¿Qué haces ahí sentada?- le dijo a su mujer y continuó sin esperar respuesta:
-          ¿Seguro que pusiste anoche el despertador?
-          Pues claro- contestó ella.

Fermín fue al dormitorio para terminar de vestirse y de paso, comprobó que efectivamente, el despertador estaba programado para que la radio se encendiera a la hora de costumbre. Cuando volvió a la cocina tomó la taza de café que le había preparado Tonia y le dijo a su mujer:

-          Ese maldito trasto nos la ha jugado. Habrá que jubilarlo.
-          ¡Ni hablar! - contesta ella.
-          ¿No pensarás que lo voy a llevar a arreglar? Ya no habrá piezas para ese equipo.
-          No quiero arreglarlo, ni quiero cambiarlo por uno nuevo- respondió Tonia.
-          ¿Entonces que quieres?
-          No lo sé. Bueno sí, quiero despertarme cada día cuando me lo pida el cuerpo.

Se levantó, fue al dormitorio y volvió con el despertador apagado.
-          A partir de ahora estará en la cocina- dijo conectándolo a un enchufe que había sobre la encimera. En la radio empezó a sonar una canción de Withney Houston.   
-          ¡Tú estás loca! ¿A qué hora nos despertaremos mañana? ¿A las 8? ¿Y pasado, a las 6? Ya te puedes ir olvidando del premio de puntualidad este mes- dijo Fermín
-          Me importa un bledo- le contestó ella
-          Y yo, ¿qué le voy a decir a mi jefe cuando llegue cada día a una hora?
-          !Dile lo que quieras!¡Dile que te suba el sueldo! De momento, yo hoy me tomo el día libre.


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