Su
primer recuerdo es de una tarde soleada de domingo, el día en que cumplió cinco
años, yendo de la mano de su padre a ver jugar al Flamengo, el equipo de fútbol
local. Después ha habido muchos domingos de fútbol, algunos dichosos, otros
tristes, pero ninguno como aquel.
Hoy
también va a ser un domingo inolvidable. Se juega en Maracaná la final de la Copa del Mundo que enfrenta a
Brasil y Uruguay y Joao está seguro que su equipo va a ganar el Mundial. Ha
quedado con su pandilla para ir juntos a ver el partido. Son todos jóvenes,
entre los dieciocho y veinte años. Van riendo, cantando y agitando pequeños
banderines. Por el camino se les van uniendo gente de todas las edades, formando
una marea humana ruidosa y multicolor que avanza hacia el estadio.
Conseguir
la entrada no ha sido fácil. Joao ha tenido que ahorrar durante todo un año,
privándose de ir al cine o al baile. Pero ha merecido la pena. Cualquier
sacrificio vale la pena para ver al capitán de tu selección alzar la copa. Y
eso es lo que esperan él y los miles de aficionados que se agolpan en las
puertas de entrada.
Al fin
se abren las puertas. Joao y sus amigos suben los escalones de dos en dos hasta
que alcanzan sus localidades. Están ansiosos porque comience el partido. Sobre
el césped una escuela de samba está realizando una exhibición. La música de la
banda que acompaña a los danzantes no logra sobreponerse al ruido de las
conversaciones y los cánticos que salen de la grada.
Cuando
saltan los equipos al terreno de juego, el estadio retumba. Los jugadores
brasileños son recibidos con fuertes aplausos y sus rivales con una sonora
pitada. Después, como por milagro, se hace el silencio para oír los respectivos
himnos nacionales.
En la
primera parte, Brasil tiene varias ocasiones de gol, pero el portero uruguayo
consigue mantener imbatida su portería. La cara de Joao refleja la tensión
vivida y también una ligera desilusión. Poco después de reanudarse el encuentro
el brasileño Friaca logra el primer gol y el estadio se viene abajo. Ciento
cincuenta mil gargantas gritan ¡Gol! , los tambores retumban y estallan
multitud de petardos.
Los
aficionados brasileños comienzan a celebrar anticipadamente el triunfo. Joao, abrazado
a sus amigos da saltos de alegría mientras la banda de música ataca Brasil campeao. Ya sólo queda esperar a
que termine el partido. Sin embargo, pasados unos minutos Uruguay empata el
partido y cuando faltan pocos minutos para el final logra el segundo gol que
supone ganar el torneo.
La
sorpresa ha hecho callar a Joao. Calla Maracaná y calla Brasil entero. Sólo se
oye el ruido de un helicóptero que sobrevuela el estadio y que hasta entonces
había pasado inadvertido. Joao está cabizbajo, con la cabeza entre las manos. Parece
noqueado y no es capaz de articular ninguna palabra. En silencio, sigue las
evoluciones del juego con la esperanza de que su equipo consiga remontar el
resultado.
Cuando
el árbitro pita el final del partido las lágrimas comienzan a correr por sus
mejillas. Sin esperar a la ceremonia de entrega de trofeos Joao y sus amigos se
disponen a abandonar el estadio. En la salida se cruzan con un hombre que
también llora. Le acompaña un niño de nueve años y tez morena que le dice:
-No
llores papá. Te prometo que algún día nosotros ganaremos el Mundial.
José L. Cereceda

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