jueves, 2 de febrero de 2012

Náufragos


En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminaban por la playa como dos cormoranes heridos. Ambos procedían de un crucero que naufragó y cuando intentaron sobrevivir nadando con todas sus fuerzas, lo hicieron en dirección contraria a los equipos de rescate. Cuando estaban al borde del agotamiento, un pez los transportó sobre su lomo, hasta depositarlos en el islote donde ahora se encuentran.
Nuestros dos protagonistas, uno llamado John ( ejecutivo de Walt Street ) y el otro Eduard (conserje de un edificio de oficinas, también en Manhatan ), tienen un carácter muy distinto uno de otro. John es impetuoso, impaciente e hiperactivo, mientras que Eduard es pura calma y reflexión.
Pasados varios días tras el naufragio, las posibilidades de ser rescatados son cada vez menores, debido a la distancia que se encuentran del lugar del suceso. John está continuamente irritable y desesperado, lamentando no disponer de su móvil, su portátil o su e-pad para poder comunicarse y pedir auxilio. Eduard soporta al compañero con tranquilidad y confía que de algún lado surgirá la ayuda que necesitan.
¡! EUREKA ¡! De pronto en el horizonte divisan un barco, que puede suponer su salvación. John, dando saltos de júbilo, comienza a gritar y a agitar los brazos para llamar la atención del susodicho barco. Viendo que sus llamadas no dan resultado y el barco sigue su rumbo, sin dirigirse a la isla, incrimina a su compañero por no unirse a sus gritos de auxilio. Eduard mientras tanto ha estado pacientemente buscando ramas secas en aquel islote tan inhóspito y cuando ha conseguido una cantidad suficiente, recurre a dos pedruscos (que si son abundantes allí) y los frota con todas sus fuerzas hasta conseguir una pequeña llamita que prende las ramas. Poco a poco, se va formando una hoguera, la cual genera un humo que cada vez asciende con más fuerza y se hace visible desde el barco. Alertada la tripulación, cambian el rumbo del barco y por fin termina el infortunio de los náufragos.


Magdalena Blanco - Febrero 2012

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