lunes, 20 de febrero de 2012

M A N U E L


                                                  MANUEL


No sé cómo empezar. Podría decirles cómo me llamo, pero eso no hace al caso, pues la historia que tengo que relatarles no es mía, sino el encargo de alguien que ya no está aquí para contarla. Como novia suya que era, y creo que para mi desgracia, siempre seré, me duele tener que decir que lo perdí por una rival a la que amaba más que a mí y únicamente me consuela pensar, que aquella loca pasión lo dominaba aún más que el aprecio a su propia vida.
Todo comenzó la mañana de un día tranquilo. Demasiado tal vez pues extrañamente, ni los pájaros cantaban. El hotel de Ensenada en el que trabajábamos ambos; él, de mozo en la recepción y yo de tortillera en la cocina, estaba como siempre lleno de turistas gringos. El ladrido de las sirenas de coches de policía y camiones  militares rompió para siempre, al menos en mí, aquella paz. Por los altavoces, nerviosamente, advertían que ya venía y en menos de una hora llegaría aquí. Nos apremiaban a todos a que buscáramos resguardo en las colinas más elevadas y alejadas del mar, o los que no pudieran, subiesen a los pisos más altos de los edificios donde, aseguraban, no había nada que temer. Tan sólo una hora antes, se había producido en medio del Pacífico un fuerte seísmo que había formado un tsunami, que a ochocientos kilómetros por hora, la velocidad de un reactor, venía derechito a la costa oeste de México donde nos encontrábamos.
Fui corriendo a la recepción, donde estaba mi Manuel ayudando a los turistas más viejos a entrar en los ascensores. En cuanto me vio, me agarró del brazo, me hizo subir a uno de ellos y fuimos hasta el último piso. Allá, me llevó al cuarto de la plancha, sin ventanas y situado en la fachada posterior al mar.
Lupita, acá no te pasará nada. Oigas lo que oigas y pase lo que pase, no salgas de aquí. Quiero que me lo prometas.
Yo asentí con la cabeza y lo miré preocupada.
—Pero Manuel. ¿Es que no te vas a quedar conmigo? Este lugar es seguro ¿no?
—Lo es, pero yo he de marcharme. Ya casi no queda tiempo. Esa ola gigante es un regalo que Dios me envía. Llevo muchos años pidiéndosela día y noche y me la ha concedido. Es un regalo muy caro pues va a costar miles de vidas y sería pecado despreciarlo. He de marcharme ya: cuando la ola esté próxima a la costa, se levantará como una pared dos veces más alta que este hotel. Ahí será imposible surfearla. Tengo que alejarme hasta donde el fondo es más profundo, donde la pendiente de la ola será más suave y si ando listo podré montarla. Sólo tendré una oportunidad.
—¿Y si  no la agarras? ¿Qué será de ti?
—Que habré fracasado. La ola me pasará por debajo y la perderé para siempre. Podré volver a la costa en la tabla y habré salvado la vida, pero seré por siempre el más desgraciado de los hombres. Por eso te dejo ahorita mismo. Si hay suerte y todo sale como espero, no volveremos a vernos.
Mi mirada de pena lo conmovió pero no le hizo cambiar de opinión.
—Cuando todo haya pasado, escribe lo que he hecho para que el mundo conozca mi hazaña. Lupita, ahí te dejo: sé feliz. Vendrás conmigo en mi tabla y en mi corazón. Adiós.
Eso dijo exactamente y después se marchó sin más. Me asomé a una ventana que daba al mar y pude verlo subir en la zodiac del hotel con su tabla bajo el brazo. Arrancó el motor y partió a toda velocidad trazando tras de sí  una línea blanca  que se adentraba rápidamente en el azul del mar.

No volví a verlo más y por eso sé que lo consiguió y pasó montado en su ola por encima de las veinte plantas del Hotel. Cumplo su última voluntad dando fe de que Manuel Zapata Chávez, ha sido el primer hombre en surfear un Tsunami de sesenta metros de altura, si es que tal hazaña sirve para algo, que lo dudo.
José Miguel Bel
                                                                                                                                                    
       20/02/12

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