En un islote de Oceanía, un islote mezquino, pedregoso, dos náufragos caminan por la playa como dos cormoranes heridos.
Desde lo alto de unas rocas alguien los observa escondido. Mailin, un niño maorí de catorce años, viene a jugar a este islote desde que era pequeño y nunca había visto a dos personas con ese aspecto por allí. Intrigado, sigue con atención sus movimientos. Se pregunta quiénes serán esos hombres y qué haran en su islote. Parecen cansados, tristes y perdidos. El también está triste. Ultimamente las cosas con su padre no van bien y por eso le gusta venir a la isla, para pensar y estar tranquilo.
Durante un buen rato los hombres no se mueven. Mailin decide volver a su pequeño barco y regresar a casa. Se ha hecho tarde y no quiere discutir con su padre otra vez. Cuando está a punto de marcharse, uno de los hombres se pone de pie y comienza a gritar algo que no comprende. Parece deseperado, levanta los brazos al cielo y llora. Mailin se siente muy apenado y también un poco asustado. Tal vez aquellos hombres eran peligrosos, tal vez era un imprudente quedándose allí. ¿ Y si le veían ?. Mejor era esconderse bien y esperar a que volvieran a dormirse.
Entonces los náufragos empezaron a andar de nuevo : habían decidido inspeccionar la isla. Probablemente estarían hambrientos y sedientos. Caminaban por la playa y pronto llegarían a donde estaba su barquito. ¿ Y si se llevaban su barca ?. Mailin no sabía qué hacer y solo podía pensar en lo enfadado que estaría su padre. Decidió bajar de su escondite a ir a buscar su barco. Si se daba prisa llegaría antes que ellos. Corrió por la ladera cuanto pudo, casi estaba llegando cuando se dio cuenta de que los dos hombres habían visto la barca y también a él. Ellos también intentaban correr pero estaban tan malheridos que apenas podían hacerlo. Mailin subió al bote y remó con fuerza mar adentro. De repente sentía pánico, aquellos hombres le gritaban, le imploraban, se metían en el agua siguiéndolo. Por un momento pensó que lo alcanzarían.
Mientras remaba se iba sintiendo aliviado pero no podía dejar de pensar en la mirada de aquellos hombres, entre furiosa y suplicante, como si todo su destino dependiera de aquel humilde barco. Los remordimientos iban aumentando y pasado el susto, solo quedaba el pesar. Se sintió cobarde y mezquino. Entonces, en un arrebato de temeridad, dio media vuelta y se puso a remar en sentido contrario, rumbo al islote otra vez.
Cuando avistó la playa, los hombres estaban sentados, sin reaccionar ante su presencia. Parece que no creían lo que veían. Mailin les hizo un gesto invitandoles a subir a la barca y ellos, sin pensarselo dos veces, subieron a bordo, llorando de alivio y de alegría, al sentirse salvados por aquel ángel maorí.
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