JAULAS
Entro a las diez de la noche en el portal de mi casa, alumbrado
por una bombilla de treinta vatios encerrada en un fanal de vidrio opaco por el
polvo y las cagadas de mosca, sin pintar desde la posguerra. Antes de llegar a
la puerta de cristales, ya se escucha el bisbiseo, inquietante, venenoso, de la
serpiente asomada a la puerta de su madriguera, destilando como cada día desde
hace un año, la ponzoña que fabrica por las noches, en el oído de la vecina
ociosa, o la maledicente, o simplemente la bondadosa sin fuerzas para escapar
de la atracción de su mirada y su lengua bífida. De su trampa. El ruido de los
cristales desencajados del marco al abrirse la puerta, hace que se calle y me mire
inexpresiva.
—Hola —digo, mientras Remedios, la portera, y su
confidente me contestan con un gruñido.
Como siempre, paso lo más rápido que puedo, economizando al
máximo el saludo. Podría decir “Buenas tardes”, “Buenas”, o “¿Qué tal?”, pero
serían unas letras de más que me resisto a gastar. Sólo quiero escabullirme saltando
los escalones de dos en dos, tratando en vano de que la crujiente madera
centenaria me deje llegar desapercibido a mi casa, en el primer piso.
—Y ¿qué hace con el niño? ¿Lo deja sólo? —pregunta interesada
la vecina cómplice.
—Se lo cuida otra perdida como ella. Canguro, la llama. A veces,
cuando el querido no se queda a dormir
con ella, la tal Canguro se marcha en el coche con él. Yo creo que lo
comparten.
—¿El coche?
— ¡Ay, mujer!, parece usted tonta. El coche no: el querido.
—¡Ah, claro! La de cosas que tendrá que ver la criatura con
esa golfa de madre, ¡pobre!...
…bsss…bsss…bsss… estoy segura de que esa
es… bsss…bsss…bsss… le digo que esa
se acuesta con el primero que… bsss…bsss…bsss…
Si yo le contara… bsss…bsss…bsss…
Entro en casa y me tumbo un rato en la cama. Me duele la
cabeza. A estas horas Marga, la perdida del segundo, estará durmiendo con
Jaime, su hijo de tres años acurrucado a su lado. Jaime tiene su propia habitación,
pero siempre acaba en la cama de su madre. Esa “golfa” que tiene que levantarse
a las seis, llevarlo a la guardería y después trabajar ocho horas, o algo más
si hace falta —que casi
siempre hace—, en la caja de un
Mercadona.
A Reme nunca le oigo decir esos chismes, porque siempre calla
al verme, aunque a veces creo percibir su inquietante siseo desde mi cama. También,
cuando entro de noche en el portal después de ir de copas con los amigos, me lo
cuentan como mudos testigos, los chasquidos metálicos de la cerradura, las sucias
paredes, los cristales ruidosos y las cucarachas que huyen en desbandada a sus
nidos, algunos de ellos en los rincones de su propio chiscón, al que entran apresuradas
agachándose por la rendija de debajo de la puerta.
Después, en la madrugada,
sólo se oye el silencio, porque la amargura no hace ruido. No más que el de
unas lágrimas tragadas con esfuerzo y una glándula que segrega veneno nuevo. No
me hace falta escuchar nada para verla, sola, indefensa, cuando tras haber
abierto las dos mitades de la puerta de su cubil —la superior para mirar; la
inferior para entrar—, pasa al antro, mira la mesa de camilla sobre la que están
dos botellas de vino barato vacías y en el estante, el marco de plata renegrida
en el que, junto a la de su boda en blanco y negro, hay otra foto en color
desvaído de ella misma con una chica joven, pálida y de ojos tan tristes que se
diría que están muertos y que, vaya donde vaya, parecen seguirla implacables. Finalmente,
entra en el escaso dormitorio sin ventana donde, sobre la antigua cama
metálica, Paco, su marido, el hombre de la eterna camiseta sucia, que no habla
y sólo fuma y bebe, abotargado y sudoroso, ronca como un cerdo mostrando la
indecencia de su incompleta y amarillenta dentadura. Junto a la cama, una
cortina a medio descorrer tras la que, en el rincón, se adivina en la penumbra la
silueta de un somier con un colchón de lana arrollado, frío y vacío desde hace
un año.
Pobre Remedios, Reme. Te conozco hace muchos años y te
compadezco porque tú no tienes la culpa de ser como eres. También fuiste joven,
hermosa y tenías sueños allá en tu tierra. Tal vez la culpa sea de este Demonio
de Madrid, que os atrajo con cantos de sirena a la construcción y al servicio
doméstico, haciéndoos abandonar vuestro pueblo de cielo claro y aire limpio en el Alto
Aragón. O del samaritano que un mal día os ofreció la portería cuando aún erais
jóvenes; aquel agujero inmundo, en el que los tres os enterrasteis en vida. O simplemente
la tuvo la propia vida. Perra vida.
Aunque si te lo preguntan a ti, Reme, dirás que la tengo yo.
Y quizá lleves razón. Yo abrí la puerta de la jaula a aquel pajarillo
acobardado que nunca hubiera pensado que fuera de ella, la gente vivía, reía y
amaba. Sobre todo amaba. Y le hice perder el miedo a la libertad a la que tanto
temía, empujándola a que volara muy lejos. Tanto, que no volverás a verla más.
Y lo sabes.
Lo siento Reme. O no,
no lo siento. No sé. Tal vez una noche se te acabe el veneno y dejes de
odiarnos. A mí, a Marga, a ella, especialmente a ella, y a todos los pajarillos
que un día deciden escapar de sus jaulas.
José
Miguel Bel
6 de febrero
de 2012
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