martes, 14 de febrero de 2012

JAULAS


                                                                               JAULAS  

  
Entro a las diez de la noche en el portal de mi casa, alumbrado por una bombilla de treinta vatios encerrada en un fanal de vidrio opaco por el polvo y las cagadas de mosca, sin pintar desde la posguerra. Antes de llegar a la puerta de cristales, ya se escucha el bisbiseo, inquietante, venenoso, de la serpiente asomada a la puerta de su madriguera, destilando como cada día desde hace un año, la ponzoña que fabrica por las noches, en el oído de la vecina ociosa, o la maledicente, o simplemente la bondadosa sin fuerzas para escapar de la atracción de su mirada y su lengua bífida. De su trampa. El ruido de los cristales desencajados del marco al abrirse la puerta, hace que se calle y me mire inexpresiva.

—Hola —digo, mientras Remedios, la portera, y su confidente me contestan con un gruñido.

Como siempre, paso lo más rápido que puedo, economizando al máximo el saludo. Podría decir “Buenas tardes”, “Buenas”, o “¿Qué tal?”, pero serían unas letras de más que me resisto a gastar. Sólo quiero escabullirme saltando los escalones de dos en dos, tratando en vano de que la crujiente madera centenaria me deje llegar desapercibido a mi casa, en el primer piso.

 —¿Sabe?, ahora anda con otro. El sábado les oí llegar de madrugada, riéndose y armando escándalo. Como no duermo… ¡A mí me la va a dar esa mosquita muerta!

—Y ¿qué hace con el niño? ¿Lo deja sólo? —pregunta interesada la vecina cómplice.

—Se lo cuida otra perdida como ella. Canguro, la llama. A veces, cuando el querido no se queda  a dormir con ella, la tal Canguro se marcha en el coche con él. Yo creo que lo comparten.

—¿El coche?

— ¡Ay, mujer!, parece usted tonta. El coche no: el querido.

—¡Ah, claro! La de cosas que tendrá que ver la criatura con esa golfa de madre, ¡pobre!...

    …bsss…bsss…bsss… estoy segura de que esa es… bsss…bsss…bsss… le digo que esa se acuesta con el primero que… bsss…bsss…bsss… Si yo le contara… bsss…bsss…bsss…

   Entro en casa y me tumbo un rato en la cama. Me duele la cabeza. A estas horas Marga, la perdida del segundo, estará durmiendo con Jaime, su hijo de tres años acurrucado a su lado. Jaime tiene su propia habitación, pero siempre acaba en la cama de su madre. Esa “golfa” que tiene que levantarse a las seis, llevarlo a la guardería y después trabajar ocho horas, o algo más si hace falta —que casi siempre hace—, en la caja de un Mercadona.

A Reme nunca le oigo decir esos chismes, porque siempre calla al verme, aunque a veces creo percibir su inquietante siseo desde mi cama. También, cuando entro de noche en el portal después de ir de copas con los amigos, me lo cuentan como mudos testigos, los chasquidos metálicos de la cerradura, las sucias paredes, los cristales ruidosos y las cucarachas que huyen en desbandada a sus nidos, algunos de ellos en los rincones de su propio chiscón, al que entran apresuradas agachándose por la rendija de debajo de la puerta.  

  Después, en la madrugada, sólo se oye el silencio, porque la amargura no hace ruido. No más que el de unas lágrimas tragadas con esfuerzo y una glándula que segrega veneno nuevo. No me hace falta escuchar nada para verla, sola, indefensa, cuando tras haber abierto las dos mitades de la puerta de su cubil —la superior para mirar; la inferior para entrar—, pasa al antro, mira la mesa de camilla sobre la que están dos botellas de vino barato vacías y en el estante, el marco de plata renegrida en el que, junto a la de su boda en blanco y negro, hay otra foto en color desvaído de ella misma con una chica joven, pálida y de ojos tan tristes que se diría que están muertos y que, vaya donde vaya, parecen seguirla implacables. Finalmente, entra en el escaso dormitorio sin ventana donde, sobre la antigua cama metálica, Paco, su marido, el hombre de la eterna camiseta sucia, que no habla y sólo fuma y bebe, abotargado y sudoroso, ronca como un cerdo mostrando la indecencia de su incompleta y amarillenta dentadura. Junto a la cama, una cortina a medio descorrer tras la que, en el rincón, se adivina en la penumbra la silueta de un somier con un colchón de lana arrollado, frío y vacío desde hace un año.

Pobre Remedios, Reme. Te conozco hace muchos años y te compadezco porque tú no tienes la culpa de ser como eres. También fuiste joven, hermosa y tenías sueños allá en tu tierra. Tal vez la culpa sea de este Demonio de Madrid, que os atrajo con cantos de sirena a la construcción y al servicio doméstico, haciéndoos abandonar vuestro  pueblo de cielo claro y aire limpio en el Alto Aragón. O del samaritano que un mal día os ofreció la portería cuando aún erais jóvenes; aquel agujero inmundo, en el que los tres os enterrasteis en vida. O simplemente la tuvo la propia vida. Perra vida.

Aunque si te lo preguntan a ti, Reme, dirás que la tengo yo. Y quizá lleves razón. Yo abrí la puerta de la jaula a aquel pajarillo acobardado que nunca hubiera pensado que fuera de ella, la gente vivía, reía y amaba. Sobre todo amaba. Y le hice perder el miedo a la libertad a la que tanto temía, empujándola a que volara muy lejos. Tanto, que no volverás a verla más. Y lo sabes.

 Lo siento Reme. O no, no lo siento. No sé. Tal vez una noche se te acabe el veneno y dejes de odiarnos. A mí, a Marga, a ella, especialmente a ella, y a todos los pajarillos que un día deciden escapar de sus jaulas.

  

                                                                                                                                  José Miguel Bel

     6 de febrero de 2012

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