Héctor Giroux envuelto en su gabán negro y con un sombrero de copa sobre su cabeza penetra en el edificio, sube hasta el apartamento de Gastón y llama al timbre. Le abre el propio Gastón ya que ese día su criado tiene la tarde libre.
- Bienvenido Mr. Giroux- dice mientras le invita a pasar con un gesto de su mano.
- Muchas gracias por haberme recibido Mr. Leroux- responde el visitante.
Héctor es un hombre de mediana edad, alto y fornido. Su cara ancha, cruzada por una cicatriz, las pobladas cejas y el fuerte mentón le dan un aspecto fiero. Aunque va vestido elegantemente, no puede ocultar que ha tenido una vida agitada. Su anfitrión es bastante mayor que él y camina con dificultad apoyándose en un bastón. Un largo pasillo les conduce hasta una biblioteca decorada con muy buen gusto. Una de las paredes está cubierta por una estantería con puertas de cristal. Enfrente hay una chimenea en la que arde un vivo fuego y en su lateral cuelga un pesado atizador. En una de las esquinas hay un reloj de pared. En el centro de la sala hay una mesa y cuatro sillas estilo Imperio.
- ¡Qué vista más extraordinaria tiene desde aquí!- dice Héctor señalando el ventanal.
- ¡Es verdad! Mi dormitorio también da a este lado, así que desde hace tres años, lo primero que veo cuando me levanto es la torre Eiffel.
Tras unos minutos de charla insustancial, Héctor aborda el asunto que le ha llevado allí.
- Me hubiera gustado estar en la subasta en la que Ud. se hizo con los Misioneros Hawaianos, pero desgraciadamente estaba de viaje y cuando me enteré ya había tenido lugar.
- Ya llevaba algún tiempo tras esos sellos- responde Gastón esbozando una sonrisa.
- Yo los persigo desde hace más de dos años, aunque en realidad sólo me interesa el de 2 centavos. ¿Podría verlo?
- ¡Cómo no!
Gastón se dirige a la estantería, abre una de las puertas y toma un clasificador encuadernado en piel verde. Lo pone sobre la mesa, se sienta y comienza a pasar las hojas lentamente, deteniéndose en cada una de ellas para observar los sellos con deleite, como si recordara una conquista con cada uno.
Héctor está de pie, al lado de Gastón. Observa impaciente mientras este último pasa las hojas.
- Aquí está- dice el anciano mostrando orgulloso la hoja en la que se encuentra el famoso sello de 2 centavos.
Héctor se inclina y toma la hoja. Su mirada se ilumina. El corazón se le acelera y comienza a salivar.
- ¡Qué maravilla!- exclama.
- Quiero comprárselo. ¡Pídame lo que quiera! – insiste. El tono de su voz es casi de súplica.
- No se lo vendería por nada del mundo- contesta Gastón e intenta recuperar la hoja, pero Héctor la aparta con un rápido movimiento.
El anciano se levanta y se vuelve hacia Héctor con el semblante enfadado.
- Haga el favor de devolvérmelo- le dice
- No pienso hacerlo. Este sello debió ser mío y lo será, por las buenas o por las malas- responde Héctor con tono amenazador. Toda su cara ha enrojecido destacando más la siniestra cicatriz.
- ¡Sinvergüenza, ladrón!- grita el anciano mientras alza su bastón. Héctor retrocede para esquivar al viejo y se acerca a la chimenea. Toma el atizador y golpea con fuerza la cabeza del anciano que cae fulminado.
El asesino, parsimoniosamente, guarda la hoja con el sello de 2 centavos en su chaqueta. Después devuelve el clasificador a la estantería, se pone su sombrero y su gabán y abandona el apartamento. En el momento de cerrar la puerta suenan las campanadas en el reloj de pared y el campanario de una iglesia cercana le da la réplica.
José L. Cereceda

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